Mañana será tierra

En su huida hacia Francia, escapando de las previsibles represalias por parte del bando nacional en las postrimerías de la Guerra Civil, Jaume el Comunista es tiroteado y dejado por muerto en una cuneta. Sin embargo, al contrario que sus acompañantes, no muere, sino que consigue llegar, con sus convicciones tan estragadas como su cuerpo, al campo de refugiados de Argelers. Allí, por su aspecto y comportamiento, deviene en Jaume el Aparecido, languideciendo en ese limbo de apátridas, mal acogidos por una sociedad más preocupada por los nubarrones acechantes de las ambiciones imperialistas nazis que por miles de incómodos refugiados con los que no se sabía (ni se quería saber) qué hacer.

Su pasado, por el que siente un completo desapego, le persigue, y acaba enredado a su pesar en las maniobras del Partido en el exilio, reclamado por sus conocimientos lingüísticos. Paradójicamente, aquello que más le repele acaba proporcionándole una vía de escape, aunque se trate de una huida hacia ninguna parte, que acaba en una fortaleza aislada de la Línea Maginot, en los Alpes, a centenares de kilómetros de las Ardenas y la ofensiva alemana. Sin embargo, los ejércitos no constituyen el único peligro que amenaza la integridad de soldados franceses y “voluntarios” españoles. En las oscuras profundidades de los sistemas cavernarios alpinos aguarda paciente un mal ancestral… o quizás sean los hombres los que lo han llevado consigo, agazapado en sus almas, listo para manifestarse bajo la presión de los acontecimientos y la masa inconmensurable de la montaña.

Alfredo Álamo nos propone con “Mañana será tierra” una novela de ambientación ante todo histórica. En la que el horror no nace tanto de lo sobrenatural (podría incluso argumentarse, dado que el narrador es el propio Jaume, que los fenómenos no naturales sólo tienen lugar en su mente) como del contexto, de una Europa desgarrada por el odio y la ambición, huyendo del preludio salvaje que fue la Guerra Civil Española para acabar atrapados en un conflicto igual de inconcebible.

Jaume es un personaje roto. El Comunista yace muerto en la cuneta de un paso de montaña pirenaico. Lo que llega a Argelers es una carcasa vacía, acosada por los recuerdos, por los remordimientos, por la futilidad. No hay, además, sanación posible. El campo de refugiados es un enclave aislado, un receptáculo sin sumideros del horror de una guerra considerada ajena por los franceses, concebido más para salvaguardar el exterior que con intención humanitaria. Pese a todo, la guerra acecha, y no es posible matenerla apartada.

Ése es precisamente el propósito de la Línea Maginot, una cadena de fortificaciones a lo largo de la frontera franco-alemana, cuya construcción, promovida tras el final de la Primera Guerra Mundial, se aceleró en los años precedentes al estallido de la Segunda, cuando su inevitabilidad se fue haciendo patente. A la postre, sin embargo, esta titánica estructura defensiva ha pasado la historia de uno de los mayores errores estratégicos. Los ejércitos nazis penetraron sin apenas oposición a través de la pobremente fortificada frontera con Bélgica y sobrepasaron sin problemas la línea por donde fue necesario gracias al concurso de la Luftwaffe.

Todo lo cual no atañe a Petit Chatel, una pequeña fortaleza, diseñada para albergar a un centenar de soldados, que se cierne sobre los valles que conducen a Suiza. Aislada incluso de su propio ejército, Petit Chatel es otro receptáculo de sufrimiento, sólo que en apariencia más amable, cómodo incluso. En realidad, el horror le llega como bagaje irrenunciable de quienes acaban alojados entre sus muros de hormigón, ya sean exiliados españoles o soldados. Y una vez más, sin sumideros, se acumula, aguardando paciente las primeras grietas para filtrarse al exterior y reclamar lo que es suyo.

En la historia nos encontramos con elementos arquetípicos, de los que destacaría las cavernas como reflejo de la introspección. Ante la carencia de estímulos externos, una gruta potencia el viaje interior, facilita que emerjan los sentimientos más profundamente enterrados, aquellos que el propio sujeto niega. En ese sentido, la experiencia que viven Jaume y sus compañeros, es casi catártica. Dolorosa, sí, pero en cierto sentido necesaria, como drenar un abceso.

En cualquier caso, el proceso poco tiene de terapéutico. El objetivo no es la curación, pues hay traumas de los que no es posible sanar. Jaume el Aparecido precisa un exorcismo de sí mismo; enfrentarse a sus demonios, a su culpa, para avanzar, para poder abandonar su limbo particular. Y lo mismo puede decirse del resto de personajes, todos ellos víctimas de la guerra, del horror que el hombre es capaz de desatar sobre el hombre. Todos ellos supervivientes forzosos, cuando la supervivencia no tiene por qué ser un premio.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en noviembre 22, 2011.

Una respuesta to “Mañana será tierra”

  1. Muchas gracias por la reseña, Sergio.

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