Jitanjáfora

La reciente salida al mercado de su secuela me ha dado la excusa perfecta para ponerme al día con esta novela de 2006 de Sergio Parra. Una historia de magos, aunque la magia no exista. Una obra que pese a ir disfrazada de fantasía, si tuviera que clasificarla, la describiría como ciencia ficción, porque lo que enseñan en el castillo de Ramingstein es magia racional (o laica).

El protagonista es Conrado Marchale, un heroinómano derrengado, a paso y medio del desahucio definitivo, quien cierto día recibe una propuesta para cumplimentar unos extraños tests de hábitos de consumo. Unas cosas llevan a otras, y sin saber bien cómo acaba encerrado en una cochiquera bajo la férula de un Granjero maniaco, y de ahí recluido en un castillo austríaco, aprendiendo magia. Eso sí, magia de verdad. Nada de sortilegios chungos.

En clase de pociones aprenden a realizar mixturas paralizantes, estimulantes, ponzoñosas, nutritivas, deletéreas, euforizantes, anafrodisíacas, cosméticas…; en cinesiología aprenden a ejercer un control absoluto  sobre los 206 huesos y 650 músculos esqueléticos del cuerpo humano; en mnemótica ensayan estrategias de memorización y desmemorización voluntaria; en control de hilos… En fin, todo ello sin recurrir al más insignificante poder ultratérreno (aunque sí, si las circunstancias lo requieren, a los más desvergonzados trucos de salón; ejecutados, por supuesto, con magnificientésima maestría).

Todo ello con el propósito de temperar. Es decir, avanzar en la hélice de hechicería, ganando espira tras espira, hasta alcanzar el grado suficiente (seis espiras) para ser considerado magos de pleno derecho y participar en una ignota contienda contra un no menos sibilino el Enemigo.

“Jitanjáfora” (vocablo cuya única acepción es: enunciado carente de sentido que pretende conseguir resultados eufónicos), como resulta fácil colegir, es una sátira de las historias de aprendices de mago (con Harry Potter a la cabeza por mor de simple relevancia sincrónica). Eso sí, no asume un postura burda como podría ser la simple ridiculización. Sus intenciones son más retorcidas.

El viaje iniciático de Conrado es tan fascinante o más que el de tantos niños/adolescentes magos que le precedieron. Las clases constituyen pequeñas maravillas de mixtura entre erudición y charlatanería (muy convincente, eso sí), ante la cual el lector no puede sino dejarse llevar y entrar en el juego de la magia racional. Por añadidura, de forma subrepticia, está entrando en otro juego, arropado en la misma despreocupación que el protagonista, pese a que los indicios son patentes y notorios desde el principio y la postura de los hechiceros se expone con todo lujo de detalles por activa (enunciada por los profesores con claridad meridiana) y por pasiva (a través de fábulas edificantes).

Es ahí donde la sátira alcanza su cenit. Enroscada sobre sí misma como una espiral de temperación para atrapar al lector inconsciente entre sus lazos (aunque sea éste a la postre el que acabe ajustando el nudo corredizo en torno a su propio gañote). Y me temo que ya he comentado demasiado, así que lo dejo antes de revelar más de la cuenta (y me ahorro incluso la comparación que tenía prevista, no sea que ello dé pistas que le frusten a alguien la experiencia de alcanzar la iluminación por el camino duro).

Para concluir, unas palabras sobre el estilo.

Como no podía ser de otra forma, el fondo mediatiza la forma, y “Jitanjáfora” se muestra tan provocativa literaria como intelectualmente. La prosa, al servicio de la historia, se alambica, se eriza de términos abstrusos, auténticos remedos de jitanjáfora (dotados, sin embargo, de un significado preciso y pertinente). Bien sea insertos en las parrafadas rimbombantes de Figueredo, el compañero de iniciación de Conrado (un personaje falstaffiano, cercano al Ignatius J. Reilly de “La conjura de los necios”), la misoginia de su prepúber compañero de habitación o la pedanteria culterana de las lecciones.

Ya lo previenen, sin embargo, los propios preceptos de la magia racional: todo intento de llamar la atención es una impostura, huera y patética si es impremeditada, pero deviniendo en burla sofisticada, espectáculo de grand guignol, cuando es fruto de la voluntad. La mayor ironía de la novela es que no oculta nada. Si te dejas cegar por la pirotecnia verbal es culpa tuya. Haber temperado más.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en octubre 28, 2011.

Una respuesta to “Jitanjáfora”

  1. Una (otra) novela a la que le tengo ganas…

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