Postura oficial (revisable) respecto al libro electrónico

Hará cosa de un par de semanas me vi en la tesitura de rechazar una propuesta de reseña (bueno, no exactamente rechazar, pero sí abstenerme de cerrar un compromiso de lectura y publicación de crítica). Hasta entonces, ni había pedido (salvo que me lo hubieran propuesto primero) ni había rechazado ningún libro. Si el editor (y en contadas ocasiones el autor) tenía a bien mandarme un ejemplar para reseña, lo incluía en la lista y, según las circunstancias, me comprometía a realizar la reseña en un plazo que ha ido oscilando entre dos y tres semanas (para autores españoles, que siempre tienen prioridad, y siempre para el primer título de cada envío, que intento ir alternando editoriales y géneros, con un plazo equivalente para los subsiguientes). Por supuesto, los imponderables han echado a perder de tanto en tanto esta planificación teórica tan bonita, pero en general (con alguna que otra excepción que he lamentado mucho) he podido cumplir con este principio.

Desde que empecé a recibir material de prensa, hará cosa de un año, su volumen ha ido creciendo, hasta el punto que estoy cerquita del punto de saturación (cada vez me cuesta más intercalar lecturas “privadas”, y eso es algo a lo que no quiero renunciar). Así pues, ha surgido la necesidad de instaurar filtros de entrada, lo cual me plantea un dilema, pues interferir en el proceso, bien sea de forma “positiva” (pidiendo títulos concretos), bien negativa (rechazando otros por cualquier otro motivo que no sea su no adscripción al género fantástico), va en contra de los principios bajo los cuales abordo la crítica.

La necesidad, sin embargo, obliga, así que llegó el momento. Lo hice. No me comprometí a realizar una crítica (aunque no descarto hacerla).

El chivo expiatorio, como ya habréis adivinado por el título de esta entrada, fue el libro electrónico… y quisiera exponer las razones:

Ante todo, vaya por delante que estoy convencido de que es el formato del futuro. De aquí a no demasiados años superará en volumen de unidades vendidas al libro físico. Sus ventajas (accesibilidad a los puntos de venta, facilidad de uso y almacenamiento, precio…) son demasiado patentes como para que nada ni nadie pueda retrasar por mucho tiempo su predominio (aunque a los viciosos como yo no podrán separarnos de nuestras anticuadas, engorrosas, polvorientas e inflamables bibliotecas ni con salfumán y rasqueta). Por tanto, cuanto antes nos subamos al carro del progreso mejor, ¿no?

Sí, pero.

El “pero” es importante. El “pero” hace referencia a los modos.

Antes de pasar a las razones de auténtico peso, he de reconocer que parte de mi decisión se basa en pura y simple comodidad. Carezco todavía de lector de libros electrónicos y ya me paso bastante horas al día sentado delante del ordenador, por lo que se me hace muy cuesta arriba leer en pantalla (aunque ahora, con el TFT, la vista se cansa mucho menos que con los viejos monitores de tubo). En cualquier caso, es un estado transitorio, pues estas navidades caerá casi con total seguridad un cacharro de esos, así que cabe exponer motivos de mayor enjundia.

En ésas, toca recalcar un detalle importante. En contra de lo que indican las apariencias (e incluso, me temo, en contra de la más innegable evidencia), prefiero considerarme primero escritor y en segundo término, como mucho, crítico. Así que la decisión de marginar al libro (exclusivamente) electrónico debe entenderse desde esa perspectiva.

Me explico:

No me gusta, como autor y potencial editado, el modo en que se está enfocando mayoritarimente el campo de la edición electrónica. Hay dos extremos, en concreto, que me repelen.

Por un lado está la estrategia de los grandes grupos editoriales, que se puede resumir en un “no tengo ningún interés en que esto funcione y reduzca a un tercio mis beneficios” (por si alguien no está al tanto, los grandes se embolsan porcentajes como editores, distribuidores y en ocasiones incluso libreros y suministradores de materias primas… un negocio redondo, vamos, que se les va al garete con el traslado del negocio al universo digital). El resultado son ediciones electrónicas que apenas suponen un 20% de ahorro sobre las físicas… si llega (eliminan los gastos puros de gestión que se ahorran, sumando los márgenes de beneficio de cada paso). Pero bueno, no es un caso aplicable. Primero porque Rescepto por ahora no ha recibido nunca material de prensa de esas fuentes y segundo porque su modelo comercial sigue centrado en el libro físico, y cuando reparten ejemplares de prensa lo hacen al modo tradicional.

En el extremo opuesto están los e-editores exclusivos (o alternantes). Los que, ante la supresión de la práctica totalidad de los gastos se han lanzado con alegría a la e-edición, como negocio que requiere una inversión inicial mínima. Sólo que las cosas no funcionan así. Si no inviertes, ya sea con un modelo de negocio u otro, no recoges beneficios, salvo por pura potra… y para depender de la potra bien puede montárselo por su cuenta el autor y quedarse con todo el pastel (poco o mucho) que se cueza.

Si el editor no trabaja el texto (a conciencia, nada de un par de revisiones ortográficas o como mucho de estilo; con input que suponga de verdad un incremento sustancial de la calidad del producto), ni emplea recursos en publicitarlo (comprando anuncios, pagando al autor presentaciones, con algunos ejemplares físicos de punta de lanza…), ni siquiera se preocupa luego de buscar reseñas (en mi limitada experiencia, han sido los autores los que han tenido que mover baza para contactar conmigo), ¿cuál es su función?

Poner un PDF (o un EPUB) a la venta en internet es fácil. Si os quedan dudas, os recomiendo leer la serie “Epublicar o ePerecer“, de Rodolfo Martínez, en Literatura Prospectiva. Para ganarse de verdad su porcentaje, un e-editor debería proporcionar un valor añadido, algo que no esté al alcance de cualquier autor con un poquito de interés. Ahí podríamos entrar en una discusión un tanto metafísica sobre el valor real del filtro editorial, pero lo cierto es que a estos niveles, y sabiendo que los costes son insignificantes, el lector potencial tenderá a considerar que ese filtro no vale un pimiento (ya se piensa a menudo cuando el editor pone sus cuartos en el proyecto, así que…). ¿Cómo inspirar confianza en un producto en el que no están dispuesto a invertir más que un poco de tiempo (insignificante, por cierto, comparado con el que se ha tirado el autor creando la historia)?

Sin embargo, los ejemplos abundan, y el panorama no puede ser más deprimente desde la perspectiva del que espera verse publicado en condiciones. Si la inversión sólo se realiza cuando (si) ya no se necesita (para explotar, por ejemplo, un bombazo sorpresa transmitido boca-oreja), que alguien me explique cuál es el truco, porque desde el punto de vista del autor no veo más que desventajas.

De ahí que a la hora de sacrificar potenciales libros para reseña le haya caído el sambenito al libro electrónico (más específicamente, a los libros publicados de salida sólo en formato electrónico). Dicho en pocas palabras: como autor no puedo apoyar (a través de la realización de reseñas, una actividad que se me lleva su tiempo, tanto en la lectura previa como luego en la redacción) un modelo de negocio en el que prácticamente todos los riesgos corren de cuenta del escritor.

¿Estaré equivocado?

Es posible (además, generalizar siempre es peligroso), por eso lo dejo como un tema sujeto a posible revisión.

Para terminar, no quisiera dejar la impresión de estar diamentralmente en contra del libro electrónico. De hecho, tanto “El precio del barquero” como “Cuarenta siglos os contemplan”, la novela corta incluida en “El rayo verde en el ocaso”, están a la venta en formato electrónico (ya daré más detalles un día de estos, que estoy a la espera de que se implementen unas correcciones adicionales a la misma). Claro que antes los editores han arriesgado la posibilidad de pringar dinero con una edición física, no muy grande, bien es cierto, pero suficiente para echar a rodar la pelota (y para repartir unos pocos ejemplares de prensa). La suerte sigue siendo necesaria, pero al menos se han comprado unos cuantos boletos, que lo difícil es que te toque la lotería sin poner.

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~ por Sergio en octubre 16, 2011.

11 comentarios to “Postura oficial (revisable) respecto al libro electrónico”

  1. Artículo verdaderamente interesante e ilustrativo, Sergio. Aquí en España el ebook todavía está en pañales, pero es cierto que el negocio está ya tomando un cariz poco alentador (para los escritores, al menos).
    Personalmente el libro impreso me encanta tanto como a ti; el progreso, no obstante, está llamado a imponerse. En un futuro, el comprador de libros no digitales adquirirá el papel (nostágico, purista, whatever) del actual consumidor de LPs.
    Y hablando de LP (pero con otro significado), da la casualidad de que este próximo lunes aparece un efímero mío en Literatura Prospectiva sobre el tema. Sin ser la leche de original (ni mucho menos), te invito a que le eches un vistazo.

  2. No creas, Fernando. Yo pienso que a medio, largo plazo las cosas no pintan mal para los autores. Son los editores los que tienen que mover ficha y redefinir su papel dentro del nuevo paradigma editorial. Todos tenemos que adaptarnos a las condiciones cambiantes, pero hay nichos donde el peligro de extinción es mayor (y si no, que se lo digan a las distribuidoras).

  3. Sí, la evolución de las distribuidoras va a ser digna de estudio las próximas décadas…

  4. Siento contradecirte Sergio, pero para los raritos como yo el epub ha sido toda una revelación. Lo dices de pasada, cuando destacas que, puestos a confiar en la suerte, el autor puede distribuir por sí mismo sus obras. Yo las regalo, ya que no me pagan por ellas y encima tengo que asistir por obligación a autopromociones que, quizá a alguno le gusten, pero que a mí me darían auténtica grima.
    El fandom está lleno de narcisismo. Claro que si gracias a él te ganas la vida, el egocentrismo y la vanidad pueden ser las mayores fuentes de inspiración. Pero si no ganas un duro con ello, ciertas luchas cainitas solo sirven para alimentar egos, como sucede demasiado a menudo en internet.

  5. En realidad no me contradices, que yo estoy tratando la faceta comercial de la edición electrónica (y, más concretamente, el reparto de riesgos, responsabilidades y beneficios). La autoedición en ese formato, y más si es gratuita, es otra historia.

  6. Yo no estoy demasiado contento con la experiencia electrónica de Duende, la verdad. Ya me estoy planteando el buscar la forma de sacarlo en papel…

  7. Muy interesante opinión… esperemos que lo lea alguien del mundo editorial y tome nota.

  8. Hola

    Hacía tiempo que no me pasaba por aquí.

    Interesante reflexión. El caso es que yo he intentado meterme profesionalmente en eso de la edición digital, y he llegado a la misma conclusión que tú. No tiene sentido que le publique nada a nadie puesto que no tengo nada que ofrecerles mejor que abrise una cuenta en amazon (cosa que pueden hacer fácilmente ellos solitos) o en lulu o similares (que también lo pueden hacer ellos solos). Por eso no acepto originales y lo que estoy haciendo es autoeditarme, para aprender un poco y recibir comentarios.

    Estoy con un proyecto editorial que tiene que ver con la ciencia, pero en ese sí puedo aportar algo, porque lo que planteo no existe por ahí y se trata de promover la escritura de artículos, no a publicar lo que ya se ha escrito. Pero eso de crear un PDF o un ePub y ponerlo a la venta por ahí… Sólo tendría algún sentido hacérselo a un tercero si tuviera algo que ofrecer, como una web con decenas de miles de visitas al mes. Pero como eso aún no lo tengo, pues nada.

    En tu análisis sólo encuentro un punto discutible. Y es el hecho de gastar “sólo tiempo”. En una empresa, dedicarle horas a algo, restándoselas necesariamente a otras, supone costes económicos. Hay impuestos que hay que pagarlos ganes algo o no. Y no te digo nada si tienes un alquiler de miles de euros que pagar, etc… (afortunadamente no es mi caso, pero sólo con la Seguridad Social cada hora me supone un gasto de 4 o 5 euros; es un coste anormalmente bajo, te advierto). Se menosprecia bastante el trabajo intelectual (la programación se cotiza por los suelos) o el de gestión, cuando el programador o el gestor no pueden vivir del aire. Y el trabajo intelectual consiste en gastar “tiempo”.

    Y, por ejemplo, maquetar una obra en PDF o ePub, si quieres hacerlo bien, no es tan sencillo como tomar un word e imprimir en PDF. Por supuesto, si quieres hacerlo “mal” lo tienes muy fácil y barato: Word más PDFCreator, o Word más Calibre y te pones a vender los resultados de la operación, sin revisar. Si quieres crear buenos ePub, por ejemplo, lo suyo es manipular el código, usar emuladores o, aún mejor, diferentes dispositivos de lectura, etc, etc, etc… Calibre es un buen programa, pero su función es facilitarte el trabajo bruto de conversión. Debes, luego, revisar el ePub generado. Por supuesto, los gastos de distribución son bastante mayores que el 20% de rebaja que hacen las editoriales que se “pasan” al libro electrónico, y esa “política” de precios busca desanimar la compra en digital (está clarísimo), pero el trabajo de maquetación sigue siendo necesario. Si quieres publicar con calidad, claro.

    Un saludo.

    Juan.

  9. Se me pasaba… Sabiendo que eres escritor no hace falta la puntualización, pero por si algún otro salta por ello… Evidentemente, no sugiero que tú desprecies el trabajo intelectual, cosa que sería absurda siendo escritor. Pero, en general, lo intelectual y lo artístico se menosprecia mucho. Parece que estar horas y horas delante de un ordenador no es trabajar. Lo vivo día a día.

    Un saludo.

    Juan.

  10. Por supuesto que la maquetación supone un trabajo, pero es un trabajo puntual, un servicio que merece una remuneración. Ahora bien, ¿como porcentaje de las ventas totales o como cantidad fija? No he maquetado ningún libro electrónico, pero sí libros físicos, en los que supone, según la complejidad de la tarea, entre ocho y dieciséis horas de trabajo. La escritura del mismo ejemplar se puede ir sin problemas hasta las doscientas cincuenta o quinientas horas de curro (sin contar documentación, si la hubiera, ni revisión). ¿Tal disparidad justifica un reparto de los beneficios al 50%? Y no entro siquiera a valorar la diferencia cualitativa entre una labor creativa y otra artesanal (al fin y al cabo, maquetar consiste en seguir un procedimiento ya establecido… con mayor o menor gusto, eso sí).

    Vamos que no era tanto minusvalorar esa labor como ponerla en perspectiva, ver qué aporta, en comparación con lo que aporta el autor, para justificar su porcentaje.

    Lo cierto es que es un tema complejo, y durante los próximos años vamos a asistir a una redefinición en toda regla de la labor editorial. La pelota, en estos momentos, anda un poco perdida, pero no tardará mucho en situarse sobre el tejado de los editores. En cuanto los autores consagrados descubran que pueden limitarse a contratar servicios (de maquetación, corrección o incluso traducción) y explotar personalmente o a través de intermediarios directos su obra, el negocio dará un vuelco y las editoriales (y librerías) tendrán que reinventarse.

    Lo que trataba de expresar es que la estrategia de bajo riesgo de invertir muy poco en muchos palos, a ver si uno suena por casualidad, no tiene futuro, pues no añade auténtico valor a la propuesta comercial (y desde la perspectiva del autor, no le aporta nada que no pueda obtener por sí mismo o tratando directamente con Amazon, Lulu o alguna empresa similar).

    De todas formas, recalco que no estoy en contra de la edición electrónica per se. De hecho, en breve estarán disponibles los ebooks de “La mirada de Pegaso” e “Historia de un watson” a través de AJEC (que ya ha arriesgado con una edición física que, cuanto menos, ha generado reconocimiento y un par de premios que avalan el producto).

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