La caza del nigromante

Dentro del fantástico, aunque se cuentan ocasionales expediciones en los terrenos del terror y la ciencia ficción, si hay un género bien predispuesto a incursionar en la literatura juvenil es la fantasía. Se trata, además, de una relación que puede ajustarse sin problemas a diversos rangos de edades, subiendo aquí o allá el tono de la narración, adecuando el subtexto y controlando la complejidad de las tramas y del lenguaje. Entre las muchas posibilidades se cuenta la opción de abordar esta empresa desde el campo de la espada y brujería.

Es éste un subgénero que se desarrolló entre finales de los años veinte y principios de los treinta del siglo pasado, en las páginas amarillentas de revistas pulp como Weird Tales. Fue una evolución de las narraciones de aventuras exóticas, que a su vez provenían de la novela de exploración victoriana, con la peculiaridad de incluir elementos sobrenaturales (generalmente como antagonistas) y, en los ejemplos más exitosos, estar ambientadas en un mundo diferente al nuestro (aunque hasta bien entrados los 60, bajo el influjo de “El señor de los anillos”, no se impuso la creación de mundos secundarios, optándose en vez de ello por planos mágicos ocultos o por ambientes pre o post cataclísmicos).

En sus orígenes, la espada y brujería se dirigió hacia el segmento poblacional del adulto joven(20-40), contando para atraerlo, además de con el exotismo de la trama, con estratégicas pinceladas de sangre y sexo (evidentemente, siendo el primero más explícito que lo segundo). La evolución del género, sin embargo, fue alterando este planteamiento, pues con el advenimiento de la high fantasy (lo que por estos lares conocemos, de modo un tanto ambiguo, como fantasía épica), la espada y brujería fue adquiriendo una consideración más juvenil (a veces de forma injustificada, pero se impuso la idea de que la ausencia de lenguas inventadas, decenas de personajes y sociedades descritas hasta el más nímio detalle denotaba una menor madurez narrativa).

Curiosamente, en el mundo editorial la clasificación de adulto joven suele aplicarse hoy en día (en el mercado estadounidense) al segmento entre 14 y 21 años (más o menos, que tampoco hay acuerdo unánime al respecto). Y justo ahí parece encajar a la perfección la espada y brujería (aunque ocasionalmente aún se escriban obras adscritas a este subgénero con otras orientaciones).

Antonio Martín Morales y la editorial Everest iniciaron en 2010 una saga, la de “La Horda del Diablo”, con esta orientación, siendo el primer título de la misma “La caza del nigromante”.

Toda saga precisa de un héroe como pieza central, y el de la Horda del Diablo es Remo, antiguo capitán de los cuchilleros de la Horda, caído en desgracia por culpa de intrigas entre los mandos y obsesionado por recuperar lo que le fue arrebatado junto con sus bienes y su honor. Es un personaje adusto, preso de la rabia y la melancolía, con un único objetivo en mente, en pro del cual es capaz de sacrificarlo todo. Para ayudarlo en su empeño cuenta con una pequeña ventaja de origen mágico, una joya que, alimentándose en la muerte, le proporciona energías sobrehumanas por un breve período, antes de reclamar una nueva vida.

En la más pura tradición del género, sin embargo, esta “ventaja” lejos de ser determinante se muestra como un arma de doble filo, una muleta engañosa donde apoyarse, inútil de por sí sin el concurso de un espíritu decidido y una capacidad natural a la altura de los mejores guerreros (al menos en lo que concierne al manejo de la espada). La necesidad de alimentar la piedra con el hálito prostero de los moribundos hace que no siempre esté disponible en los momentos más necesarios  (máxime cuando Remo no se toma la muerte a la ligera), de modo que ahí tenemos el binomio realmente característico del subgénero. Porque  “espada y brujería” no implica tanto conjunción como oposición entre ambos términos. Cualquier alianza entre ambos no puede sino ser inestable y poco de fiar. A la postre, el héroe, si quiere triunfar, debe depositar sus esperanzas en la fuerza de su brazo y en la agudeza de su cerebro, con la magia como recurso desesperado a lo sumo.

El antagonismo también queda de manifiesto con la elección de los adversarios, dos, uno en el campo de la espada (cuchillos en realidad) y otro, el nigromante del título, como campeón de la brujería. Entremedias, Remo debe prevalecer en ese enfrentamiento que no es sino la exteriorización de la contradicción que hace de él un personaje especial, la unión forzada (por imperativo de su búsqueda) de dos elementos inmiscibles.

La novela arranca de forma un tanto tópica, con la reunión de cuatro asesinos (uno de ellos Remo) que descubren, contrariados, que les ha sido marcado el mismo objetivo: Moga, el nigromante de Pozo de Luna. El desarrollo de los acontecimientos, sin embargo, demuestra que tal redundancia no era ni mucho menos gratuita, y lo que es peor, a un nivel más personal Remo descubre que su elección como integrante de aquella empresa poco menos que suicida nada tiene de casual.

A partir de ese punto, la acción en presente se intercala con fragmentos de su vida pasada como integrante de la Horda del Diablo, desde su ingreso como recluta a su expulsión deshonrosa, dibujando el sustrato de alianzas, triunfos, traiciones y fracasos que han moldeado al Remo actual. La trama se complica, extendiendo sus tentáculos y ofreciendo atisbos de un panorama global convulso, con la nación hegemónica, Vestigia, al borde del abismo, acosada tanto por enemigos externos (el enemigo tradicional, Nuralia), como por la propia debilidad de su rey, Tendón, y los ánimos sediciosos que medran entre determinados sectores del ejército.

Pasando a un análisis más profundo, si bien Remo se presenta bien dibujado, el resto de personajes pecan de cierta indefinición, algo que afecta en particular a Sala, compañera forzosa del protagonista durante buena parte de la novela, que nunca llega a resultar creíble, ni en su papel de asesina ni en su relación (básicamente unidireccional) con Remo. Contrincantes (tanto los principales como algún que otro antagonista circunstancial), compañeros y secundarios varios se encuentran mejor integrados, aunque no llegan en ningún caso a trascender el papel asignado.

Quizás en ese punto se aprecie una orientación más hacia el extremo inferior del rango de edades propuesto, con una prosa (no demasiado pulida a veces) que tampoco intenta ir mucho más allá de la mera descripción de los acontecimientos, pero con buen sentido del dinamismo en las escenas de acción (en las que, por cierto, no se ahorran elementos violentos, aunque sin entrar en detalles escabrosos).

El volumen se complementa con un relato a modo de preludio, “El tesoro de la isla de Lorna”, que narra un hecho relevante del pasado de Remo y donde se aprecia mejor que nunca la influencia del principal referente del género: Robert E. Howard. Este fragmento presenta un estilo quizás más firme, acorde con la evolución del mismo durante el transcurso del texto principal.

Las ilustraciones que acompañan a esta reseña son del ilustrador oficial de “La Horda del Diablo”, Miguel Navia.

Agradezco a Everest el envío de un ejemplar para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en octubre 12, 2011.

2 comentarios to “La caza del nigromante”

  1. Las ilustraciones que acompañan a tu crítica son geniales (el texto también está muy bien, claro).

  2. Tengo además que precisar que pertenecen la saga de la Horda del Diablo. Aparece, por ejemplo, la Ciénaga Nublada (con un mugrón) y Venteria, la capital de Vestigia. Para ver más muestras de su trabajo, aquí está su blog.

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