Cuando Susanah llora

Las modas literarias son un fenómeno interesante. La obsesión generalizada por un tema permite una exhaustividad, una especialización, que habitualmente está fuera de cuestión. Es un arma de doble filo. Ofrece la posibilidad de explorar, pero también lleva implicada la exigencia de aportar algo novedoso que permita diferenciar la obra en cuestión. Desde hace unos meses, pocos escenarios han sido más explotados que el apocalipsis zombi. Así pues, cuando aparece un nuevo título en esa línea cabe preguntarle: ¿qué tienes para ofrecer? Paso pues a analizar desde esa perspectiva “Cuando Susanah llora”, el nuevo volumen de la Línea Z de Dolmen, obra de Juan José Castillo.

La contraportada nos cuenta de un bebé, Susanah, en un pueblo, Rotten, asediado por los muertos vivientes. La niña presenta una particularidad, cuando hay zombis cerca los detecta por algún procedimiento misterioso y llora. También nos ofrece atisbos de otras vidas: un policía jubilado, un soldado, un cura… Pero esto es sólo una muestra de las vidas atrapadas en el microcosmos de una pequeña población aislada de un mundo donde los muertos se han alzado de sus tumbas y reina el caos. Hay más, cada una con su propia historia y con sus propias conexiones con el resto, cada una con sus propios sueños y pesadillas, cada una dierente del resto. Pero todas comparten algo, un trauma reciente (identificado para los habitantes de Rotten con los acontecimientos de lo que han dado en llamar “El Día del Cementerio”).

Los personajes de “Cuando Susanah llora” no son heroicos supervivientes. Tampoco constituyen con exactitud una resistencia organizada contra la entropía, ni la semilla de la civilización futura (aunque todos esos papeles podrían serles adjudicados). En realidad, los pobladores (y visitantes circunstanciales) de Rotten son seres humanos en estado de shock, que siguen adelante con sus vidas casi por inercia, sin ser plenamente conscientes (o sin atreverse a serlo) de las consecuencias últimas del cataclismo que ha terminado de un plumazo con su estilo de vida.

La novela no se centra en autoproclamados líderes; e incluso cuando aparece alguno próximo al ideal, la carga de su humanidad lo rebaja (o engrandece) al rango de producto secundario de la reestructuración social. Sólo nos encontramos con personas confundidas, a las que se ha privado de un solo golpe de futuro, esperanzas y objetivos, pero que pese a todo intentan salir adelante, aunque sea recurriendo al autoengaño.

Tampoco hay villanos, no al menos en el sentido clásico del contricante, la fuerza negativa que se opone al héroe. A no ser que consideremos como tales el núcleo egoísta que cada ser humano lleva en su interior. O las tendencias autodestructivas. O la inclinación a supeditar la razón al impulso del momento.

Rotten, tras el alzamiento de los muertos, es una comunidad disgregada, con cada miembro tan ensimismado en su propia situación que sólo las circunstancias la proveen de una apariencia de unidad. Basta una grieta en el muro, un pequeño escape, para que todo se desmorone; y no de forma necesariamente espectacular, sino pieza a pieza, sin que la ruina sea evidente hasta que es demasiado tarde para que incluso quienes quizás hubieran estado dispuestos a ello hagan nada por remediarlo.

¿Al final qué queda? Tal vez una trémula llama de esperanza. Pálida y frágil, pero al menos viva.

Desde una perspectiva técnica, “Cuando Susanah llora” se esfuerza por desmarcarse a través de la minuciosidad en la descripción de lo cotidiano y de el universo interior de los personajes. No siempre termina de explotar todo el potencial de los mismo, pero ese detalle, junto con el trenzado de microtramas (con una planificación temporal que juega con la simultaneidad y con pequeños saltos adelante y atrás en el tiempo), contribuyen a dotar a la novela de esa unicidad que comentaba al principio.

Tal vez, cojea un poco en la conclusión, pues tengo la impresión de que hubiera sido preferible un final cerrado por completo, en vez del semiabierto (aunque he de precisar que se me ha acusado, con razón, de que lo mío no son los pequeños repuntes de esperanza finales). En cualquier caso, los capítulos finales quedan un poco descolgados del resto de la obra.

También existiría algún que otro fallo de coherencia. En especial, existen desarrollos que tienen sentido en español pero no lo tendrían en el inglés, que se supone es el lenguaje que emplean los personajes (en particular, el nombre del pueblo, que resulta muy metafórico pero muy poco probable; sobre todo cuando se aplica a… bueno, en otro contexto), pero también hay ciertos acontecimientos (que se verifican “fuera de cámara” o, lo que es lo mismo, más allá del alcance manipulativo del autor, librados a su suerte ante el juicio del lector), que fuerzan un tanto la verosimilitud (por ejemplo, la supervivencia de un personaje a un accidente ferroviario con unos rasguños a lo sumo). Asimismo, me veo en la obligación de recalcar un error recurrente en el uso de la tilde diacrítica en pronombres interrogativos, que no debería haber pasado por alto la corrección ortotipográfica.

“Cuando Susanah llora” ofrece un mosaico mórbido, que pone de manifiesto (a través del apocalipsis zombi) las deficiencias de nuestra sociedad, tomando además por bandera la plausibilidad y huyendo de la espectacularidad hueca. Todo ello le confiere un ritmo particular, sosegado, adecuado a la realidad fragmentaria de una comunidad en estado de shock postraumático. Para introducirse en Rotten hay que aceptar convivir en parte con ese vacío existencial, con la confusión de sus vecinos y con la idea de que el peor enemigo lo llevamos dentro (de cada uno de nosotros, todos podemos comportarnos en un momento dado con mezquindad, estupidez o egoísmo… y a menudo lo hacemos; suerte que aún no se han levantado los muertos).

Agradezco a Dolmen Editorial el envío de un ejemplar de “Cuando Susanah llora” para su crítica en Rescepto.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en septiembre 30, 2011.

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