La máscara del héroe

La novela corta es un formato maravilloso, con una larga tradición dentro de la literatura fantástica. Por desgracia, su longitud característica (entre 17.500 y 40.000 palabras según la clasificación de la mayor parte de los premios, o entre unas 50 y 120 páginas estándar), la convierten en una ficción problemática desde un punto de vista comercial. Ni carne ni pescado. Así que es la primera sacrificada a poco que el panorama se muestra adverso.

Con “La máscar del héroe” AJEC nos ofreció una muestra de la ficción de José Luis Zárate, uno de los principales autores de ciencia ficción mexicanos, a través de tres novelas cortas temáticamente entrelazadas en lo que el propio autor bautizó como “Las fases del mito”. Tres miradas a sendos iconos culturales: Supermán, Drácula y el Santo. Cada una con un estilo y una intencionalidad diferente, pero que en conjunto ofrecen una disección de lo que son y lo que representan las figuras míticas.

La ordenación en el volumen es inversa a su antigüedad. Así pues, se abre con “Del cielo profundo y del abismo”, un texto ya publicado en España como parte del volumen recopilatorio del X premio UPC (2000), certamen en el que obtuvo la mención especial del jurado (que a su vez se tradujo en una nominación a los premios Ignotus del 2002). La historia examina con ironía la figura del superhéroe, acercándonos a uno de ellos, que nunca es identificado inequívocamente aunque de realizar una encuesta el primer (si no único) nombre que saldría sería el de Superman.

Nuestro súper está en horas bajas. Tras un homicidio accidental, sobrevive como investigador privado, despreciado por casi todos y abandonada toda pretensión de salvar al mundo. Pero aún puede caer más bajo. Su último caso le obliga a indagar en el mayor misterio de todos, su propia existencia, y las verdades que va sacando a la luz le obligan a replantearse (y a replantearnos) todo lo que cree saber sobre sus orígenes.

La historia juega a exponer las contradicciones intrínsecas del personaje y su mitología (algo que se hace extensivo a un detective enmascarado que NO se identifica como Batman). Zárate no fue el primero en apuntar en esa dirección. Quizás el ensayo cómico más famoso al respecto sea “Hombre de Acero, Mujer de Kleenex“, acerca de las dificultades sexuales del kriptoniano, publicado por Larry Niven en 1971. En esta novela corta, el autor hace uso del cinismo del género negro para ofrecer una explicación alternativa y coherente a todas sus contradicciones, en un entretenido ejercicio iconoclasta, que quizás no termina de funcionar en un texto tan largo.

Por un lado, se aprecia cierto ensañamiento en descubrir las vergüenzas lógicas de un personaje nacido en 1938 en un medio que por entonces carecía de toda sofisticación. El Superman actual sigue siendo eminentemente ridículo, pero es heredero de aquella figura ingenua, lo cual sin duda le concede cierta patente de corso para hacernos creer que un hombre puede volar… llevando los calzoncillos por fuera del pantalón. Aceptado el juego, sin embargo, su transformación en detective privado (conservando intactos sus poderes) no deja de resultar paradójicamente ilógica. Al fin y al cabo, parece ser un héroe que exije y logra que por él suspendamos nuestra incredulidad, ya sea para tomarlo por el huérfano salvado de la hecatombe de Kripton, o por un transuto de Philip Marlowe.

Aunque también he de precisar que una característica del estilo me ha impedido abandonarme a la historia. La narración es excesivamente sentenciosa. Párrafos cortos, de una o dos frases, a cual más rotunda, como si cada oración reclamara la atención en exclusiva, y el problema no hace sino acentuarse en el segundo componente del libro: “La ruta del hielo y la sal” (publicado originalmente en México en 1998 y finalista también de los premios Ignotus en el 2010).

En esta ocasión nos encontramos a bordo del Demeter, el velero que transporta al Conde Drácula desde orillas del Mar Negro a Inglaterra. En la piel de su capitán, somos testigos de los terribles sucesos, escamoteados por Bram Stoker, que conducen a su llegada, desarbolado y con la tripulación desaparecida salvo por un cadáver atado al timón, a las costas de Whitby.

Zárate explicita una de las sublecturas atribuidas a la obra literaria original, los traumas originados por la consideración pecaminosa de la sexualidad. En la novela hace referencia al papel reprimido de la mujer en la sociedad victoriana, aquí nos encontramos con un capitán de navío que se autocastiga por su homosexualidad, que se considera a sí mismo monstruoso (en el sentido de antinatural). La sed de sangre y el hambre sexual, las acciones que impulsan y la voluntad tras ellas son examinadas en un entorno alucinatorio, con una narración fuertemente atmosférica, en el entorno claustrofóbico de un pequeño barco en medio del océano.

Por desgracia, la sentenciosidad, en particular en la primera parte del relato (de tres) es extrema. Páginas enteras de oraciones aisladas que demandan para sí los focos, que trituran cualquier pretensión de ritmo. Un ejercicio de virtuosismo que, a mi modo de entender la literatura, traiciona la esencia del relato, donde el todo siempre debe brillar más que las partes. El último segmento, donde se narra por fin el enfrentamiento entre Drácula y el capitán, y donde este último se enfrenta a sí mismo y a su “monstruosidad”, fluye con mucha mayor facilidad, componiendo imágenes poderosas, pero no termina de compensar el arranque.

Cierra el libro “Xanto, novelucha libre”, el texto más largo, publicado originalmente en 1994, una historia en las antípodas de la anterior. El estilo es burdo, incluso deficiente, y no le hubieran venido nada mal un par de repasos adicionales, pero la historia presenta una vitalidad extraordinaria. Cuando un grupo de cultistas, directamente sacados de los delirios de Lovecraft, desencadenan el fin del mundo, que se verificará en la ciudad de Puebla, el único héroe capaz de hacer frente a las fuerzas ultradimensionales es el Xanto, el Enmascarado de Plata, el Luchador de las Multitudes.

El autor entremezcla los horrores cósmicos con la, en apariencia, simple mitología popular del luchador justiciero. Inspirado en el personaje creado (y vivido) por Rodolfo Guzmán Huerta, el Santo, figura del cuadrilátero (en el grupo de los técnicos), héroe de cómic y protagonista de más de medio centenar de películas tan malas como entrañables, el Xanto ejemplifica al héroe absoluto, aquel que debe vencer precisamente porque tiene todas las posibilidades en contra. Una luz en la oscuridad, una esperanza para aquellos a los que la vida golpea una y otra vez, un personaje ridículo, encumbrado por la magia de la esperanza hasta el rango de salvador inequívoco de la humanidad.

Todo en “Xanto, novelucha libre” es excesivo; la narración del apocalipsis, el insoportable hastío del jefe de los Convocantes, la alienidad inenarrable del contrincante, las llaves infalibles del luchador. Al mismo tiempo, justo por debajo se perciben reflexiones tan demoledoras como una patada voladora; acerca de la esencia del mito, de la necesidad de los héroes, de su papel como protección contra la despiadada indiferencia de la realidad.

“La máscara del héroe” se inicia pues con una ejercicio iconoclasta para culminar en una celebración de exactamente las mismas incoherencias empleadas por la acusación. El mito está por encima de la lógica. Ya sea el Santo, Drácula o Superman, el mito es parte de nosotros y nos trasciende, nos hermana, nos atrae o nos repele, nos inspira… No importa lo que haya bajo la máscara del héroe.

Héroe y máscara constituyen una unidad indisoluble, que ni siquiera el desenmascaramiento puede quebrar.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “La máscara del héroe” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en septiembre 26, 2011.

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