El jinete en la onda del shock

A menudo se ataca a la ciencia ficción con acusaciones como que nunca fue capaz de predecir desarrollos tan evidentes (a posteriori) como internet. Esto es una doble falacia. Por un lado, no hay nada más lejos de los propósitos de este género que ejercer de pitoniso. La ciencia ficción no es predictiva, sino proyectiva: proyecta sobre el futuro las esperanzas y miedos del presente en que se origina (para lo cual se impone una especulación plausible, pero como medio, no como fin). Por otro, incluso sin ser el objetivo primario, existen “profecías” realmente asombrosas en su clarividencia, y quizás el “profeta” más asombroso fue John Brunner.

Brunner fue un autor prolífico, más de un centenar de libros a lo largo de cuatro décadas de una carrera truncada por un ataque al corazón a la relativamente temprana edad de 60 años. Tras unos comienzos orientados hacia la space opera intrascendente, abrazó los postulados de la New Wave y entre 1968 y 1975 produjo algunas de las mejores novelas de ciencia ficción de todos los tiempos. La fama suele recaer principalmente en su Trilogía del Desastre (“Todos sobre Zanzíbar“, “Órbita inestable” y “El rebaño ciego“), aunque no se queda en modo alguno atrás la novela con que cerró el ciclo (tuvieron que pasar cinco años hasta su siguiente obra de ciencia ficción no recopilatoria, un lapso inusitado): “El jinete en la onda del shock” (“The shockwave rider”, 1975).

La historia está ambientada en el 2010 y, de forma harto asombrosa, con pequeños cambios cosméticos sería un 2010 con el que podríamos identificarnos a poco que se hubieran producido ciertos acontecimientos (como un devastador terremoto, el Big One, en la zona de la Bahía). Lo realmente desazonador, sin embargo es la precisión de la proyección a nivel psicológico. Los habitantes del mundo descrito por Brunner viven al borde mismo de un abismo existencial no muy diferente del que se abre a nuestros pies… y los motivos de esa angustia no nos son en modo alguno ajenos.

El protagonista de la novela es Nickie Haflinger, huérfano desde muy tierna edad, rebotado de familia de acogida en familia de acogida y, finalmente, reclutado a los 10 años por una agencia gubernamental cuyo propósito es cultivar una generación de superdotados que poder emplear como recurso en una carrera con otras naciones que es continuación de la nuclear. Asqueado por las carencias morales que descubre en el proyecto (que incluye la bioingeniería para la producción artificial de genios… sin importar el precio que ellos o peor, los fracasos previos, tengan que pagar), Nickie escapa a los veinte años de Tarnover (el nombre del laboratorio) haciéndose con un código informático que le permite borrar su pasado y generar una nueve identidad cada vez que lo necesite, y vive durante lo seis siguientes como un fugitivo sin otro objetivo claro salvo conservar la libertad.

“El jinete en la onda del shock”  posee una estructura interna compleja. No tanto como “Todos sobre Zanzíbar”, pero en el mismo sentido. Se intercalan fragmentos en pasado con otros en presente, narrando las peripecias de Nick (o Sandy, o el nombre que esté utilizando en ese momento), junto con otros textos de lo más variado que terminan de ofrecer una imagen del mundo. Durante buena parte del libro hay dos tramas principales convergentes. Por un lado, un repaso de los acontecimientos que llevan a su captura a partir del colapso de su identidad como el reverendo Lazarus, que se justifican como sesiones de interrogatorio regresivo (similar a un trance hipnótico, aunque conseguido por medio de drogas). Por otro, fintas dialécticas con Paul Freeman, su interrogador, a mitad camino entre confesiones voluntarias y cruce de argumentos en pro y en contra de lo que se pretende conseguir en Tarnover y los métodos que se emplean para ello.

En esencia, lo que se nos narra es la evolución de Nickie, un ser humano tan profundamente traumatizado y carente de afecto que hasta que no empieza a sanar (gracias a un encuentro fortuito con Kate, una muchacha curiosa y sagaz en un mundo que penaliza ambas características) no es consciente de su tullidez. Así pues, tras encontrar algo por lo que luchar, abandona la huida y contraataca, poniendo en uso las herramientas que le han sido proporcionadas por sus adversarios y un talento natural para la programación.

El problema de esta sinopsis es que suena mucho más superficial de lo que realmente es. No hay camino sencillo, ni revelación evidente. El proceso de descubrimiento es mucho más lento y doloroso. Además, no tiene en cuenta el contexto, que es de extrema importancia.

Los Estados Unidos descritos por Brunner viven inmersos en una psicosis colectiva, identificada con el estilo de vida métete-a-fondo. Se fomenta la movilidad absoluta, reduciendo al máximo los motivos para echar raíces.  Nada es permanente. Ni casa, ni trabajo, ni amistades, ni siquiera familia. Queda así potenciado el impulso de vivir aquí y ahora, espoleado por la incapacidad de la población general de ajustarse con suficiente velocidad a los cambios que se experimentan (el shock del futuro, tal y como lo describió Alvin Toffler en un libro homónimo de 1970 que sirvió de inspiración principal para la novela). La gente persigue desesperada el futuro sin llegar a alcanzarlo nunca, lo que se traduce en consumo masivo de tranquilizantes (hoy los llamaríamos ansiolíticos), crisis recurrentes, sublimación de la angustia a través de la violencia tribal y pérdida de valores (con la educación a un nivel vergonzoso, más preocupada por contener la violencia que por la formación, una juventud traumatizada y estigmatizada por sus progenitores, pan en forma de créditos repartidos con enorme ligereza y circo con violencia ritualizada a través de la trivisión). ¿Suena familiar?

No acaban ahí las reflexiones. Queda, por ejemplo, todo lo referido a la sociedad de la información. Sí, en 1975 Brunner ya anticipó algo muy similar a nuestra red global, aunque accesible por medio de vifonos, un aparato evolucionado del terminal telefónico, coherente con lo poco que se sabía en una época en que apenas había unas decenas de ordenadores interconectados a través de ARPANET, la bisabuela (o el bebé) de internet. La red lo controla todo, añadiendo una nueva causa de angustia. Se supone que la información debe fluir, pero lo cierto es que todo el mundo tiene la sospecha de que otros saben más sobre ellos que ellos mismos, porque contraviniendo su espíritu hay privilegios de acceso y manipulación. En otras palabras, ante la revolución digital el ser humano “de a pie” se siente indefenso, y tan sólo le queda mantener, por tanto tiempo como pueda, la fachada de una confianza ciega.

En este contexto, Nickie se erige quizás en el primer hacker (aunque, por supuesto, jamás se identifica con una palabra que aún no había nacido). Su talento natural y sus conocimientos le permiten manipular los datos de la red, primero para su beneficio (construyéndose nuevas personalidades a medida que las va necesitando), y luego con la intención de derribar el statu quo. Para ello hace uso de programas que Brunner denomina worms (“serpientes” según la traducción de Domingo Santos), inspirándose en la tenia (tapeworm en inglés), consistentes en una cabeza activa y replicativa que arrastra una cola de datos robados. Acababa de nacer el “gusano” informático, cuatro años antes de que se creara por accidente un ejemplo real y nada menos que trece antes de que Robert Morris liberara el primer gusano malicioso en internet.

Pero no se limita a esto el trasfondo de la novela. Faltan las sublecturas políticas. Brunner denuncia el distanciamiento entre la clase política y la gente “normal”. En “El jinete en la onda del shock” se achaca a la movilidad extrema, con la discrepancia entre mandatos de cuatro años y una media de asentamiento en un determinado distrito electoral de menos de doce meses, pero es fácil extrapolarlo a otras situaciones. También apunta a la corrupción sistematizada (y sostenida por el control sobre la información) y la obsolescencia de los sistemas políticos en un contexto sociotecnológico que los ha superado. El problema, claro está, reside en los grupos en el poder, que se resisten a abandonar la poltrona y aceptar que su tiempo ha pasado.

Tarnover es la manifestación de este fracaso. La idea de cultivar a las mentes más brillantes como recurso nacional no es mala, pero al añadírsele un adoctrinamiento que las fuerza a pensar según parámetros obsoletos lo que debería ser un mecanismo estimulante se transforma en un dique represor. El propio nombre de la institución, “Tarnover”, ya expresa esta idea. El verbo “tar”, embrear, es regular, pero si forzamos una conjugación irregular hipotética bien podríamos traducir “Tarnover” como “embreado”, haciendo referencia a los pozos de brea que atrapaban a los grandes mamíferos durante el pleistoceno y, en cierto sentido, truncaban su evolución (ojo, que aquí estoy forzando un destino individual como una metáfora general).

Por dar en la diana, nos encontramos en “El jinete en la onda del shock” hasta con un precedente de Wikileaks. Como resulta evidente, la perspicacia de Brunner no fue suficiente para ofrecer más que una solución ingenua al problema planteado. Lo cual no disminuye un ápice su pertinencia en la diagnosis de causas y efectos.

Junto con “El rebaño ciego” (aunque con una prognosis más optimista), “El jinete en la onda de shock” constituye una lectura al mismo tiempo desasosegante e incisiva. Todo un clásico que, inexplicablemente, lleva descatalogado desde 1988 (y que sólo cuenta con otra edición de 1985, lo cual no deja de ser apropiado, pues se ha identificado esta obra a menudo como uno de los más importantes precursores del cyberpunk). Se merece, sin duda, ser recuperado (a ser posible con una nueva traducción). Es una obra tan peculiar que quizás sea más pertinente ahora, treinta y seis años después de su concepción, en la época en que se ambientó, que cuando fue escrita.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en septiembre 24, 2011.

18 comentarios to “El jinete en la onda del shock”

  1. […] Reseña en Rescepto Indablog de El jinete en la onda del shock, de John Brunner, cuyos derechos de publicación tiene la editorial Gigamesh.  […]

  2. Hm, sabes que tu primer párrafo cojea porque quien realmente predijo el futuro fue Alvin Toffler ¿verdad? :)

    Que luego Brunner se obsesionó con la idea y la desarrolló a su manera y tal.

  3. Bueno, Toffler predijo una faceta del futuro (y no sé con cuánta precisión, que no he leído sus libros), pero tampoco él lo hizo a buen seguro desde cero, sino que tendría también sus fuentes. Dado que no puedo valorar hasta qué punto su influencia se extiende por “El jinete en la onda del shock” (sin duda, el concepto central, el shock del futuro, es suyo, pero ¿qué más? ¿La informatización de la sociedad? ¿Las reacciones perticulares de los personajes? ¿La bioingeniería?), juzgo en base a la autoría de la que puedo estar seguro (escoger de entre la ingente cantidad de propuestas la correcta tampoco es poco mérito). Además, faltaría el pequeño truco de plasmar esas ideas en una ficción convincente, y esa trasposición puede resultar peliaguda. Al fin y al cabo, un ensayo apela al cerebro, mientras que una novela debe sentirse en el corazón, que es un órgano bastante más suspicaz.

    En cualquier caso, no me refería sólo a “El jinete en la onda del shock”, sino al corpus completo de Brunner, sobre todo entre 1968 y 1975 y, en particular a la trilogía del desastre y a esta novela. “El rebaño ciego”, por ejemplo, es también un impresionante anticipo de nuestro mundo (“Todos sobre Zanzíbar” sí que se percibe más anticuada, aunque el tema central siga siendo pertinente). Una vez podría ser casualidad, pero a partir de ahí ya hay que empezar a atribuirle, cuanto menos, una enorme sagacidad para discriminar entre las fuentes potenciales.

  4. Creo que se lo puedes achacar a que Alvin Toffler tenía bastante de new wave pero en plan ensayista :)

    De todas formas, es conocida la enorme cantidad de correspondencia entre ambos para el desarrollo de esas ideas. Uno decía “imagina que pasa esto”, y el otro “y esto otro”, y Brunner novelaba. Dream team de primer nivel, oiga.

  5. Como Aldous Huxley y J.B.S. Haldane… Si es que no hay como hacerse con buenas fuentes de información/inspiración.

  6. Excelente comentario de una de mis novelas fetiche, Sergio. Una muestra de lo que la buena ciencia ficción podía conseguir a todos los niveles: ideológico, literario, especulativo…

  7. Hombre, Rudy, que para mí que aún puede. Sólo es cuestión de buscar y currarse el cómo. Que eso de enterrar a la ciencia ficción antes de tiempo…

  8. Acepto la corrección. La CF, al menos literariamente, no está muerta, y se siguen produciendo obras con un contenido especulativo de buen nivel, es cierto.

    Lo que pasa que sospecho (y quizá es una visión deformada por una cierta nostalgia) que eso ahora es una excepción y antes, sin ser la norma, era más común.

  9. No cabe duda de que estamos en un período difícil para la ciencia ficción. Por eso decía lo de buscar nuevos caminos. Hace falta otra revolución, al estilo de la New Wave o el Cyberpunk, que agite un poco las cosas. A lo mejor se está gestando justo ahora. Quizás incluso más cerca de lo que creemos, que ya está bien de andar a remolque de los anglosajones.

    De todas formas, una novela como “El jinete en la onda del shock” no se publicaba así como así todos los años. Ni siquiera en los mejores tiempos.

  10. No conocia este libro. Otro más para la (larga) lista!! Gracias por la excelente reseña.

  11. Solo comentar que ya hay una nueva edición de esta novela. Editada por Gigamesh (Juego de Tronos), y con el título de El Jinete de la Onda de Shock, llama a los worms, gusanos y una portada muy atractiva. (http://tienda.cyberdark.net/el-jinete-de-la-onda-de-shock-n104689.html)

    Lo acabo de leer por primera vez y me ha encantado. Es alucinante lo premonitoria que ha sido la ciencia ficción desde sus inicios. No será esa su intención, pero cuando está bien hecha (no digo que la ‘absurda’ o menos realista no lo está), basada en el análisis de la realidad y en el estudio de la sociedad y la ciencia actual, ha habido genios que han sabido predecir el futuro, bastante acertadamente.

    Un saludo

    • Sí, la edición de Gigamesh salió al mercado un par de semanas después de que publicara la reseña.

      La función de la ciencia ficción no es en modo alguno predictiva, pero de vez en cuando acierta de pleno. ¿Has probado con otros libros de Brunner como “El rebaño ciego“?

  12. […] de “El jinete en la onda del shock”, de John Brunner. Publicada en 1,975 como “novelización” de las teorías de Alvin Toffler, […]

  13. […] “El jinete en la onda del shock“, de John Brunner. Si aún no han leído la trilogía del desastre, de este mismo autor, […]

  14. […] de “El jinete en la onda del shock”, de John Brunner, ublicada en 1,975 como “novelización” de las teorías de Alvin Toffler, […]

  15. Cuánta razón y qué triste: como en varias películas, el autor supone que basta con exponer públicamente y al detalle la corrupción del poder para que milagrosamente la gente tome medidas en masa y, tras Wikileaks, comprobamos que esto no es así.

    • No, no basta el conocimiento. Desgraciadamente, los sistemas complejos (y la corrupción desde luego lo es) poseen muchos mecanismos de control. Lo que sí ha demostrado Wikileaks es que esos sistemas de control se están quedando desfasados y no pueden responder con suficiente rapidez a los cambios tecnológicos y sociales. El sistema acabará cayendo, pero es muy posible que tarde bastante en darse (darnos) cuenta, porque lo hará por pura obsolescencia (por desgracia, ahora estamos en la fase en que los sistemas económicos, políticos y sociales están claramente obsoletos pero no existen o no han alcanzado un desarrollo suficiente los modelos nuevos que deben sustituirlos).

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