Oveja mansa

No hay que fiarse del todo de las tendencias. Tu autor preferido puede soltar de tanto en tanto un truño y justo al contrario, un escritor que no tengas en demasiada estima puede sorprenderte con una pequeña joya… como me ocurre con “Oveja mansa”, de Connie Willis.

Sin embargo, antes de pasar a mayores, existe un tema insoslayable: ¿Esta novelita es o no es ciencia ficción?

Creo que la única respuesta posible es “depende”.

Vayamos por partes. Justo hace un par de entradas comentaba el acercamiento del género a la corriente principal de la literatura verificado en los años 90. También le daba un nombre a esta moda (bueno, en realidad se lo dio Bruce Sterling): slipstream. Bajo esta etiqueta se ampararían en teoría todas aquellas historias eminentemente realistas pero con cierto aroma a ciencia ficción (o fantasía). En la práctica, pretendió ser un terreno neutral donde creadores a uno y otro lado de la divisoria (sobre todo desde el campo del fantástico) pudieran experimentar con planteamientos diferentes sin alienar del todo a su público tradicional y con la esperanza de ampliarlo captando nuevos adeptos.

“Oveja mansa” (“Bellwether”, 1996), a decir verdad, sería un caso bastante extremo, pues de ciencia ficción sólo tiene a su autora (y quizás, apurando mucho, el enfoque que ésta ha dado a su obra), pese a lo cual sólo ha logrado ser publicada en colecciones de género.

La protagonista de la historia es Sandra Foster, una experta en estadística que trabaja para una gran empresa tecnológica, HiTek (de ésas que tan pronto están en el negocio de la electrónica como inventan una nueva vacuna). Su proyecto consiste en determinar cuál es el origen de las modas (con el fin obvio de controlar su aparición), centrado en el estudio de la aparición de la moda flapper, en concreto de la expansión del pelo corto, entre las mujeres de Estados Unidos en torno a 1920. Junto a ella nos encontramos en la empresa a su némesis, la caótica administrativa Flip (Filippa), y a un nuevo investigador del departamento de biología, dispuesto a desentrañar los secretos de la transmisión de información en un sistema cultural complejo (un grupo de babuinos).

El caos resulta un ingrediente esencial de la mezcla. Por un lado, las investigaciones de Sandra no conducen a ningún sitio (aunque la equipan con una tonelada de curiosidades inútiles que poder apuntar), y su vida privada tampoco parece muy encarrilada. El biólogo, Bennett, se encuentra con que su petición de animales de investigación no ha sido cursada (al caer en el agujero negro de los dominios de Flip). Y, por si fuera poco, a los gerentes de la empresa les ha dado por caer en la moda del Synergy Management (con la mirada puesta en la consecución de una misteriosa beca).

En medio de todo este despropósito, Sandra y Bennett se ven obligados a colaborar, aunando esfuerzos y consiguiendo nuevos especímenes de estudio: un rebaño de ovejas, el animal estúpido por excelencia, capaz de seguir ciegamente a una en particular (la oveja mansa) aunque sea al fondo de un barranco.

Willis despliega en “Oveja mansa” su sentido del humor para equiparar a los seres humanos con un rebaño de ovejas, ridiculizar ciertas prácticas empresariales y reivindicar el papel del azar tanto en el avance de la ciencia como en el establecimiento de las relaciones humanas. Al tiempo, siembra la historia de anécdotas que destacan la irracionalidad de las modas y lanza puyas hacia los bestsellers de tendencia, la esclavitud consentida de quienes se empeñan en vivir a la última o los obstáculos periféricos de la investigación (en particular hacia la tiranía insoslayable que ejerce el personal administrativo y de servicios, PAS para los amigos, una verdad como un templo de la que puedo dar fe).

Sin duda, la contención le sienta bien a la autora, que por una vez no es víctima, en mi opinión, de graves problemas de ritmo. Demuestra, además, saber muy bien de qué está hablando (aunque posiblemente su experiencia se oriente hacia una investigación en ciencias sociales, pues no parece tener muy clara la aplicación del método científico en el campo de las ciencias naturales ni el diseño experimental). HiTek es el paraíso de la injerencia obstaculizadora (con el mejor de los propósitos y la peor de las ejecuciones).

Desde un punto de vista referencial, “Oveja mansa” se inspira en dos obras de teatro del poeta estadounidense Robert Browning: “El flautista de Hamelín” y, sobre todo, “Pippa passes” (Flip es un reflejo distorsionado de Pippa), que le permiten a Willis, por mediación de Sandra Foster, elaborar su propia teoría sobre la generación de modas (una idea astuta, aunque carente por completo de base científica… lo cual no implica que no sea cierta, sino que no sigue los procedimientos correctos). También tiene mucho de comedia romántica contemporánea, hasta el punto que estoy convencido de que una película basada en ella, con los protagonistas adecuados, podría ser todo un éxito.

La novela fue finalista del premio Nebula en 1997, aunque no es de los títulos mejor considerados de la autora en su país de origen. En 1996 se publicó también en una edición omnibus junto con las novelas cortas “Remake” y “Territorio inexplorado”, la que obtiene la portada, editadas en España por Nova en un único volumen. Estos tres títulos constituyen el núcleo de su obra individual entre “El libro del día del juicio final” (1992) y “Por no mencionar al perro” (1998), dos entregas de su serie principal, la de los viajeros del tiempo de Oxford, que parece abordar con mayor intensidad.

PS: Por cierto, no puedo resistirme a meter el dedo en la llaga. La autora erró por completo al etiquetar de moda efímera la campaña antitabaco (me da que Willis es fumadora… o al menos lo era cuando escribió “Oveja mansa”).

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en septiembre 7, 2011.

6 comentarios to “Oveja mansa”

  1. Oveja mansa es una novela bastante simple aparentemente en su desarrollo: más o menos se centra en la vida laboral de 2 trabajadores de Hitek y en cómo van estudiando sus campos respectivos de manera conjunta. La novela a decir verdad no tiene mucho más a pesar de que hay mucha ironía escondida en sus páginas y mucha crítica constructiva, pero el conjunto da la impresión de ser sencillo y simplón.

    La Willis, hay que reconocerlo, escribe de miedo. A mi personalmente me parece que junto a Le Guin, Bradbury y pocos más, son capaces de transmitir de una manera sencilla y amena muchas sensaciones. Y este libro no iba a ser menos ya que te lo lees de una sentada. Se van superponiendo las sensaciones de libro rollete con las de querer seguir leyendo siempre, es como si estuvieramos enganchados a una pelicula un tanto empalagosa.

    Como digo, el tema que desarrolla el libro parece algo insulso, pero está bien llevado, con una gran dosis de humor como es habitual en la autora. Acaba un poco pastelote pero se deja leer. Imagino que se pueden sacar conclusiones de toda la crítica que destila acerca de los trabajos, las modas y los jefes inutiles pero al ser un libro tan aparentemente sencillo parece que no te das cuenta de todo esto. Imagino que ese es el gran logro de la novela y de su autora.

    Yo creo que de cifi tiene más bien poco.

    Saludos!

  2. No comparto del todo la valoración en cuanto a nivel literario de los autores. Personalmente, ni Willis, ni Le Guin, ni Bradbury me atraen desde un punto de vista estilístico. Prefiero escritores más arriesgados como Aldiss (en un día bueno), Silverberg (en su etapa dorada de los 70), Delany o incluso Dick, u obras puntuales como “Flores para Algernon” o “Cántico por Leibowitz” (y dejo de lado al gran Olaf Stapledon por no imponer demasiado desde el principio).

    De hecho, creo que aprecio “Oveja mansa” sobre todo por no ser tan pretenciosa como otras novelas de la autora. Alcanzar la excelencia con temas trascendentes (o tramas grandilocuentes) no tiene tanto mérito, a mi entender, como acertar desde la humildad.

    … o quizás sea que no trago la anglofilia rampante de la serie de los historiadores de Oxford (sobre todo cuando se refina en victorianofilia en “Por no mencionar al perro”). Qué le voy a hacer, es uno de mis prejuicios.

  3. hey por fa, podrias poner algunos ejemplos mas de libros y autores slipstream que sean interesantes…

  4. Lo cierto es que lo de slipstream no deja de ser una etiqueta inventada para agrupar a un montón de textos que se mueven por una frontera imprecisa. Desde la ciencia ficción, toda la obra de la última década de William Gibson podría tildarse de slipstream (aunque sólo está traducida “Pattern recognition”, como “Mundo Espejo”). También Iain Banks (sin la “M”) con “El puente” o el propio Bruce Sterling con “Zeitgeist”. Proviniendo del otro bando, cabría hablar de obras tan dispares como “Lunar Park” de Bret Easton Ellis (enlazando más bien con el horror), “El país de las últimas cosas” de Paul Auster (y también en plan distópico, se ha llegado a clasificar “La carretera” de Cormac McCarthy como slipstream) o incluso la producción fantástica de Haruki Murakami y, ampliando el concepto, todo el realismo mágico hispanoamericano. Vamos, que es una especie de cajón de sastre donde tiene cabida todo tipo de ficción.

  5. Iain M Banks, con o sin m, es el de La fabrica de las avispas, no? esta novela seria slipstream? China Meiville entraria en esta categoria?

  6. Es que Iain Banks firma con “M” sus novelas de ciencia ficción pura (space opera hard británico) y sin ella su producción más cercana al mainstream. No he leído “La fábrica de avispas”, así que no puedo afirmar nada (aparte de constatar la ausencia de inicial). En cualquier caso, quisiera recalcar de nuevo que lo de slipstream es una etiqueta un tanto artificial, así que tampoco conviene abusar mucho de ella.

    En cuanto a China Miéville… lo he visto clasificado como autor de slipstream, aunque él prefiere otra etiqueta (que también tiene mucho de autopromocional): New Weird (o Weird Fiction, cuando no desarrolla la acción en un mundo secundario). Lo describo en la crítica a “La estación de la calle Perdido“.

    En realidad, todas estas etiquetas (Slipstream, Weird Fiction, Bizarro Fiction…) intentan imponer orden en una frontera neblinosa, con una intención eminentemente publicitaria. Según de dónde provenga la aproximación, puede entenderse como un intento de legitimar lo fantástico o como una excusa para romper el realismo estricto. Son una consecuencia más de la tendencia a la fusión entre corrientes y a la eliminación de límites bien definidos que caracteriza la posmodernidad (de ahí que podamos también meter en el saco, si lo deseamos, a autores como Michel Houellebecq o Chuck Palahniuk, o incluso algunas de las últimas novelas de Philip K. Dick, como “Valis”).

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