Valor añadido

Esta entrada viene motivada por el visionado correlativo de tres películas, de las que, aunque algo he comentado en el facebook, no tenía previsto escribir una reseña formal (he ido dejando esa faceta en favor de un blog más literario).La entrada girará más bien en torno a una reflexión a la que he ido dando forma a raíz de esta experiencia, en particular por su aplicación al campo de la creación fantástica.

Las tres películas, además por este orden, han sido “Conan el bárbaro”, “Super 8” y “El origen del planeta de los simios”, o lo que es lo mismo: fantasía, terror y ciencia ficción (por lo que respecta a la cinta de Abrams, se trata de una peli de monstruo, y su origen me es irrelevante para adscribirla a un género u otro). Simplificando enormemente sus virtudes y defectos, indicaré que el factor que marca la diferencia entre ellas es uno que, casualmente, forma parte del discurso de una de ellas: el valor añadido.

Me refiero, por supuesto a “Super 8”, que ya desde su mismo título posee una cualidad metarreferencial. El hilo vertebrador de la historia es el empeño de un grupo de chavales por rodar una película amateur, y en un momento dado, para justificar la inclusión de un nuevo personaje, el “director/guionista” alude al concepto del valor añadido y lo define con precisión (aunque luego lo difumina un tanto, pero ya llegaremos a eso). La peliculilla que están rodando es una de zombis, con un detective encargado de investigar los misteriosos sucesos acaecidos en torno a una central química (Romero Chemicals, ni más ni menos), y el personaje incluido es el de su esposa (en el fondo, una excusa para acercarse a la chica escogida). Tal y como explica a sus escépticos compañeros, si el espectador sabe que hay alguien que ama al detective, empatizará más con él y sentirá como propios los peligros a que se enfrente. ¡Valor añadido!

Con posterioridad, deciden aprovechar los acontecimientos que se suceden en el pueblo para dotar a su película de escenarios impactantes (y paliar la absoluta falta de recursos), y también a esto lo denominan valor añadido. En otras palabras, eso a lo que se refieren vendría a ser cualquier elemento que haga destacar la obra y la eleve sobre sus iguales: un potenciador de interés. En la doble vertiente con que se nos presenta, podríamos definirlo como la dupla explosión & reflexión.

Cualquier aspirante a fabulador debe tener muy en cuenta el valor añadido si espera que su ficción descolle sobre el resto, y en el caso concreto de las películas que nos ocupan, su mejor o peor aplicación del principio determina su éxito.

En “Super 8”, por ejemplo, el director y guionista Abrams se toma al pie de la letra su propio consejo… quizás con demasiado empeño. Así pues, adereza su historia, una típica aventura juvenil donde una pandilla de amigos se enfrentan con éxito a una situación tan peligrosa como fascinante, con pequeñas subtramas diseñadas ad hoc para cada personaje. Así tenemos desde el nostálgico homenaje a la pasión creadora, hasta relaciones padre-hijo (o hija) disfuncionales, sentimientos de culpa derivados de una tragedia, triángulos protoamorosos adolescentes y añoranza de un tiempo pasado que simboliza los sueños y las experiencias de la niñez.

Todo este andamiaje confiere solidez al conjunto, cohesiona los distintos elementos y mantiene la historia bien encarrilada. ¿Algún fallo? Bueno, sí. Dejando aparte la metarreferencialidad, todo este valor añadido se antoja excesivamente premeditado (lo es, siempre lo es, pero no debe parecerlo). Idealmente, el espectador no debe ser consciente de que lo están manipulando, y resulta muy difícil no percibir los esfuerzos de Abrams por tocar todas nuestras fibras sensibles, empleando acordes que se popularizaron hace treinta años.

Son tópicos de sobras conocidos por todos. Lugares comunes que a fuerza de reincidir en ellos han perdido parte de su significado. En “Super 8” se perdonan por dos motivos: el primero su perfecta ejecución (si funcionaron fue por algo, y cuando se emplean bien siguen conservando sus virtudes originales), pero también por el pacto de complicidad que se establece entre creador y espectadores para revivir conscientemente aquellos sentimientos. En cierto sentido, la explotación de los tópicos genera su propio valor añadido suplementario.

Es una sitaución atípica. Lo habitual es que se usen de forma mucho más fría, como si de una receta para el éxito se tratara, como si para la generación de valor añadido bastara con ensamblar unos cuantos bloques prefabricados.

He ahí una estrategia muy utilizada en la literatura fantástica, que da como resultado personajes falsamente complejos, conflictos vistos mil veces e historias tan manidas que su valor añadido tiende a cero (lo cual no implica necesariamente que vayan a fracasar, sobre todo en ámbitos donde suele relajarse el espíritu crítico). Por desgracia, es algo muy común en la literatura juvenil, pues ahí el autor se aprovecha de la falta de experiencia de su público, para el cual casi cualquier cosa es nueva y excitante. De igual modo, es un peligro en el que pueden caer con mucha facilidad los escritores novatos. Después de todo, es más fácil seguir las instrucciones de ensamblaje de un mueble de Ikea que dedicarse a la ebanistería.

De todas formas, ahí al menos se aprecia un intento. Hay obras que renuncian por completo a aplicar el valor añadido salvo en su forma más básica: las explosiones. Lo cual nos lleva a “Conan el bárbaro”.

La espada y brujería es un género que nació a finales de los años 20, bajo el impulso principal de Robert Ervin Howard, alcanzado su cenit con las historias de Conan (publicadas originalmente entre 1932 y 1936). Aparte de su evidente atractivo estético, este subgénero no puede entenderse sin prestar atención a su faceta existencialista. El bárbaro representa el arquetipo humano básico, desprovisto de los aditamentos artificiales de la civilización (que vendrían a ser algo así como la ropa que oculta el cuerpo, un accesorio circunstancial), que se enfrenta a lo desconocido (la brujería) armado con su voluntad (la espada). La filosofía inherente a la espada y brujería es más compleja, pero por ahora basta con este apunte para comprobar cuán alejado está el espíritu de la película de este concepto.

En vez de ello, Marcus Nispel, el director, y sus guionistas se quedan en la superficie. Toman a un tipo cachas, le dotan de la motivación más simplona posible (la puñetera venganza-por-ataque-al-poblado ®) y le ponen al lado a una chati para darle alguna preocupación más que la mera masacre de los malos de turno. A partir de ahí, recrean escenarios evocadores (aunque en conjunto no evocan nada en concreto), orquestan unas cuantas peleas mal hilvanadas y esperan salir con bien de la empresa.

Valor añadido (del tipo argumental) presente en la historia: cero.

Lo siento, pero a mí el fardar por fardar me resulta aburrido. No hay calado de ningún tipo. Ni filosófico, ni emocional, ni siquiera fabulador. Eso no es fantasía, es la materialización de los prejuicios que contra la fantasía tienen los defensores a ultranza del realismo: pura fachada hueca (y ni siquiera puede decirse que la fachada sea muy original).

Casi no hace falta ni señalar que es una postura desgraciadamente habitual en el mundillo de la literatura fantástica. Hace falta mucho, pero que mucho talento para lograr que el mero placer estético baste para justificar una obra y, por supuesto, no es algo que se consiga a través de imitación burda. Cuando no existe un plan de construcción más profundo, la concatenación de escenas se revela incoherente y tarde o temprano alguna inconsistencia acaba derribando el castillo de naipes.

Ahora bien, ¿y si utilizamos un andamiaje prefabricado como aquellos a los que me refería en el ejemplo anterior?

Mejor, pero a falta de cimientos el conjunto sigue siendo frágil y colapsará al mínimo temblor.

Pasamos pues a “El origen del planeta de los simios” (película ante la que albergaba grandes reticencias) y veamos cómo sus creadores han enfocado el asunto del valor añadido.

El fundamento es de sobras conocido. Se trataba de ver cómo los monos se rebelaban contra el hombre, lo cual tiene que conducir, en un futuro indeterminado, hasta una Tierra dominada por los simios, donde los pocos humanos supervivientes han revertido a una existencia animalesca (la película original, así como la novela de Pierre Boulle, hacían uso de esta inversión de términos como metáfora de conflictos raciales entre humanos). Como se puede apreciar, es un concepto que se presta a ser abordado al modo Conan, es decir, como mera fachada de escenas guayonas (véase el remake de Tim Burton para comprobar el efecto).

Los guionistas, por el contrario, se han preocupado de dotarla de mayor calado, explorando como valor añadido principal (los homenajes a la película original, por añadidura, son múltiples y muy acertados) un problema ético: la responsabilidad del investigador ante un ser inteligente de su creación.

Si hubieran optado por la ruta sencilla del conflicto prefabricado (la que me temía que iban a abordar), hubieran recurrido al tan manido complejo de Frankenstein. La creación rebelándose contra su creador por haber osado inmiscuirse en conocimientos que el hombre no está preparado para dominar. Puro oscurantismo y moralina barata, que no requiere una pizca de reflexión adicional. Por el contrario, la película no otorga a la investigación en sí una cualidad positiva o negativa intrínseca. Cierto, los jefazos sólo se preocupan por el lado económico y las propias motivaciones del protagonista no son por completo altruistas, pero ello no implica que la investigación sea mala.

Lo que de verdad es inmoral es el trato condescendiente hacia los simios superinteligentes, quienes incluso desde el cariño son tratados en el mejor de los casos como animales especiales, nunca como iguales. Los científicos no están preparados para asumir la responsabilidad moral de su obra, y ello desencadena la tragedia (en esencia, un conflicto paterno-filial).

Toda esta sublectura no es producto de la casualidad. Los guionistas saben bien lo que desean contar, y exploran a conciencia todas las ramificaciones de la situación. Así pues, durante el enfrentamiento final se ponen de manifiesto los intentos de César, el chimpancé, por mantener la justificación moral de su rebelión, procurando mantener a sus huestes en un plano ético superior al de los seres humanos (que no tienen reparos en intentar exterminarlos como simples animales). Incluso su fracaso ulterior al ceder a las ansias de venganza (resulta esclarecedor el cambio de actitud que experimenta ante la muerte de seres humanos, desde la consternación por su primera víctima accidental hasta la fría condena de la última… con el agravante de utilizar a otro simio como verdugo) se percibe como parte de un discurso de orden superior (que se completará en las previstas secuelas).

Ante esto, es irrelevante que la ciencia no sea del todo coherente (más por falta de precisión que de interés, y porque el enfoque procura dejar las cuestiones técnicas en segundo plano), o que la historia evolucione en ocasiones a un ritmo forzado (por necesidades narrativas derivadas de tiempo disponible para exponer la tesis). El valor añadido arropa, justifica y ensalza escenas como la de César trepando por las secuoyas, o la del gorila cargando contra un policia montado a caballo, o la de los orangutanes braqueando por la subestructura del Golden Gate. Aunque sólo veamos el exterior, su coherencia interna dota a la película de armonía.

Las grandes obras de literatura fantástica poseen estas mismas cualidades, ese valor añadido que es lo que nos mantiene atrapados por ellas (después de que la fachada nos haya atraído). Casi me atrevería a afirmar que el género fantástico se define precisamente por el valor añadido.

Desde un punto de vista creativo, pienso que es lo más complicado de producir. Las fachadas espectaculares son fáciles de erigir (siempre que no esperemos que se mantenga en pie por mucho tiempo), pero para diseñar andamiajes, sin recurrir al recurso facilón de ensamblar elementos prefabricados, hace falta comprender no sólo las bases del género, sino lo que deseas transmitir a través de él (el famoso gnôthi seautón del horáculo de Delfos). Sólo así tu obra podrá ser significativa.

A la postre, creo que con Rescepto pretendo precisamente eso: analizar el valor añadido de la literatura fantástica ajena para disfrutarla más y, como beneficio adicional, desarrollar el mío propio. En ésas ando empeñado.

Otras películas de J. J. Abrams analizadas en Rescepto:

Otras películas de Marcus Nispel analizadas en Rescepto:

Anuncios

~ por Sergio en agosto 27, 2011.

9 comentarios to “Valor añadido”

  1. Sólo he visto Super 8 y, aunque yo solo no hubiese podido expresarlo con tanta elocuencia, coincido en general con tus apreciaciones sobre la peli. Quizás me genera alguna duda tu concepto de la explotación del tópico como valor añadido en sí mismo, una especie de recursividad. Es que al tiempo que este elemento lograba evocar exitosamente en mí la buscada nostalgia por un pasado tanto personal como de época, también hizo del film algo total y casi exactamente predecible. Aunque tal vez no pueda ser de otro modo debido a las premisas y objetivos del planteo, eché de menos que, de alguna manera, la agridulce añoranza de tiempos perdidos hubiese podido convivir con algún giro, alguna vuelta de tuerca algo más sorprendente.

    • Supongo que ante la disyuntiva de decidir hasta qué punto innovar decidieron optar por el homenaje puro (o quizás no se lo plantearon en absoluto). Cualquier opción conducía a escollos y limitaba la audiencia potencial, pero como la ejecución es casi perfecta, salen bastante bien librados.

  2. He visto las dos, la de Conan pasé, las crític eran pésimas. Valor Añadido, se me quedó clavado y, tal como dices, es verdad, Super 8 es una clase de Valor Añadido, como explotar las ramificaciones situacionales y de contexto. En literatura esto y la arquitectura de la novela se me antoja dificilísimo. Lúcido e instructivo post, Sergio…

  3. Pues a mí El Planeta de los Simios no me gustó nada. No soy capaz de creerme que un grupo de científicos de élite no sean capaces de darse cuenta no solo de que la chimpancé con la que están haciendo su estudio está preñada, sino de que ha parido. Y que un científico sea capaz de darle a su padre un medicamento que no se ha probado, cuando tiene que ser la persona que mejor sabe lo peligroso que es eso, me parece alucinante.
    En cuanto a la responsabilidad del científico ante sus actos, no la veo por ninguna parte. El protagonista está empeñado en seguir investigando, de forma cada vez más agresiva, y si cambia de idea no es porque se de cuenta de que su mascota sabe sumar, sino por la reacción de su padre al medicamento. No parece que le importe nada más allá de su familia inmediata: su padre, su novia y su mascota.

    • Ciertamente, utilizan su buena cuota de desarrollos poco creíbles, pero lo del embarazo no es del todo imposible, ya que centran su estudio en el cerebro. En cuanto a probar en el padre un medicamento experimental… es posible, si se encuentra lo bastante desesperado (el padre no iba a durar hasta el desarrollo de una nueva cepa). Incluso ha habido investigadores que han tomado ese tipo de atajos por puro compromiso. Jonas Salk, el descubridor de la primera vacuna eficaz contra la poliomelitis, demostró en 1953 que era segura inyectándosela a sí mismo… así como a su mujer y a sus hijos (de haber fallado hubieran desarrollado la enfermedad).

      Más recientemente, en 2004, el científico nigeriano Jeremiah Abalaka se infectó a propósito con virus del SIDA para probar una vacuna de su invención (las noticias posteriores al respecto son ambiguas).

      En cuanto a la responsabilidad… precisamente la película apunta hacia su falta de capacidad para asumir las consecuencias de su investigación. La auténtica figura ética de la película es César (aunque se muestra que la revolución que lidera pronto empieza a corromperse; e incluso se apunta a Koba, el simio de las cicatrices, como un potencial Stalin o Robespierre).

  4. Pues a mí me gustan estas entradas acerca de películas, no me importaría que hubiera más…

  5. El caso es que últimamente ninguna película me motivaba para escribir una entrada (además, los últimos comentarios de cine se habían transformado en retahílas de exabruptos… y tampoco era plan).

  6. Hola Sergio, gran post..
    Muy acertados los comentarios que escribes respecto al valor añadido.
    Efectivamente, en Super 8 es clave la complicidad con el espectador, un vínculo que considero casi el tema central (de fondo) de la película. Aquellos espectadores que han -que hemos- aceptado esta propuesta, que nos hemos dejado llevar con una sonrisa por la narración, hemos disfrutado tremendamente de la misma. De sus decenas de homenajes, de sus chistes, de sus diálogos estupendamente escritos e incluso de sus momentos tiernos, que considero buscan mucho más la emoción que la lágrima. Y claro, de su dirección espectacular. Quienes no han aceptado esta proposición, han visto mucho más los excesos con la cámara y los problemas puntuales de guión, que haberlos, haylos, como la lucha sin sentido en el pueblo previa al final, mero ejercicio onanista.
    Yo, acepté y disfruté.

    Conan no la he visto, y no he oído ni una palabra buena de ella.

    Respecto a Origen…, fui esperando poco, así que también me pareció un plato muy apetitoso.

    Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: