Rebelde del Mundo de Día

Dos años después de la publicación de “Mundo de Día”, Philip José Farmer sacó su continuación, “Rebelde del Mundo de Día” (“Dayworld rebel”, 1987). En el intervalo, al parecer, había cambiado su aproximación al escenario. Lo que en el título original tenía todo el aspecto de orientarse hacia una serie fundamentada en un high concept, quedaba configurado como una trilogía cerrada, que se completaría en 1990 con “Dayworld breakup” (inédita en castellano).

Quizás a primera vista la diferencia entre serie y n-alogía resulte un tanto difusa, pero lo cierto es que los enfoques no pueden ser más diferentes (sobre todo antes de la popularización de las series orientadas a personaje, que irrumpieron en la ciencia ficción en la década de los 90). Para clarificarlo, nada mejor que un ejemplo. “Mundo de Día” se apoyaba en la idea de que la humanidad, como respuesta a la superpoblación, se había subdividido en siete bloques (de poco más de 1.000 millones de personas), que disfrutaban de los recursos del planeta un día por semana, pasando los seis restantes petrificados. Su protagonista, Jeff Caird, era un quebrantadías, que disponía de una personalidad (y una vida) diferente para cada día de la semana (accesoriamente, para “aguantar el ritmo”, se le había suministrado una droga que justo septuplicaba su esperanza de vida). Al final de la novela, con sus tapaderas reventadas (y enfrentadas a la extinción), nos encontrábamos a Caird encerrado en una institución mental.

Si Farmer hubiera optado por la ruta de la serie, a partir de aquí hubiera podido imaginar otro quebrantadías, o mejor (por no repetir esquemas), una organización ilegal operando durante toda la semana a través de agentes coordinados (quebrantando así las leyes que imponen el mínimo contacto entre poblaciones). En cualquier caso, una historia que explotase la peculiaridad principal del escenario ideado.

En vez de ello, nos encontramos con una continuación directa, en la que averiguamos que Caird se ha creado una nueva personalidad, William St.-George Duncan, que planea y ejecuta la fuga del centro de rehabilitación en que se halla detenido. Tal hazaña es sólo posible gracias a una especie de efecto secundario de su capacidad para construir identidades independientes: Jeff (Bill en realidad), es inmune a la bruma de la verdad, una droga bajo cuyo efecto es teóricamente imposible mentir. Se inicia entonces una cacería al hombre de magnitud desproporcionada, cuyo objetivo no es tanto Bill como la información que guarda en su memoria (acerca de la droga de la longevidad, en principio, aunque pronto cobra importancia su inusitada habilidad para engañar a la bruma de la verdad). El problema es que tal conocimiento es inaccesible al propio Bill, pues obra en poder de alguna de sus identidades pasadas, aisladas tras recias barreras psicológicas que apenas dejan pasar ocasionales (e impremeditadas) filtraciones.

El protagonista sigue siendo un quebrantadías, pero tal categorización apenas importa, pues desde el principio se autoexcluye de la sociedad, entregándose a una vida de proscrito… hasta que es reintroducido en el sistema, como ciudadano del martes (bajo una nueva identidad falsa, claro). No, en vez de reincidir en las peculiaridades de la petrificación secuencial, Farmer desarrolla otro tema paralelo, que ya había sido insinuado en la primera novela: el totalitarismo del gobierno mundial. “Rebelde del Mundo de Día” adquiere así una cualidad decididamente antiutópica, dispuesta a destacar las debilidades de una organización social que, en su superficie, se antoja idílica. La mayor parte de las lacras que azotaron a la humanidad en el pasado (hambre, crimen, guerras, pobreza…) han sido erradicas, al ínfimo precio de una vigilancia constante, un condicionamiento férreo y el uso indiscriminado de la bruma de la verdad (al fin y al cabo, sólo los delincuentes deberían temer a la verdad).

Farmer aprovecha este planteamiento para analizar temas como el coste de la seguridad en términos de pérdida de libertades individuales (un tema sin duda relevante hoy en día… y si no basta con analizar muchas de las leyes que, “por nuestro bien”, coartan nuestro derecho a actuar estúpidamente, o simplemente asumir riesgos, si nos apetece y con ello no provocamos mal a nadie), la veracidad de la información proporcionada por los medios acerca de quienes los controlan (una vez más, basta con leer cualquier periódico o ver cualquier telediario, y luego contrastar con fuentes más independientes de los poderes políticos, para valorar la pertinencia de esta reflexión) y el poder del miedo (generado a través de esos mismos medios oficiales) como herramienta inhibidora del cambio (en fin, no creo que valga la pena repetirme). Con estas cargas de profundidad, ¿cómo es que “Rebelde del Mundo de Día” no ocupa un puesto de honor entre las antiutopías (que, como puede comprobarse, no precisan ser distópicas)? Bueno, el caso es que al final parece que sufre un ataque agudo de secuelitas, y le entra vértigo ante la posibilidad de cerrar prematuramente el chiringuito.

Una vez tiene todo bien planteado (aderezado con grandes detalles, como la presencia de Cabtab, un nuevo personaje, sacerdote sincretista pantagruélico que reza a todos los dioses en la creencia de que una decena de ritos producen diez veces más efecto que la restricción a un único conjunto de fórmulas, merecedor de su propia novela), se da cuenta de que aún queda jugo en este limón, e involuciona a una trama de acción (con tintes de novela de espías), que abandona toda pretensión de análisis y cierra lo justo para poder escribir “FIN” y emplazar al lector a descubrir la conclusión en la tercera entrega.

Lo que podría haber sido una reflexión acerada, se queda en un entretenimiento ligero (resuelto, eso sí, con una solvencia que ya quisieran muchos). Los bandazos de intención tampoco benefician al conjunto (aunque, en propiedad, sin haber leído “Dayworld breakup” no es posible emitir un juicio plenamente fundamentado al respecto). Hubiera sido preferible una obra única, con una tesis bien definida y una conclusiones a la altura, pero el mercado manda, y por desgracia resulta más rentable diluir las fuerzas (hasta extremos homeopáticos en ocasiones) que poner toda la carne en el asador. No toda historia necesita (o incluso merece) una secuela. En el mejor de los casos, con un talento al nivel del de Farmer, al menos podemos recrearnos en el esbozo de lo que pudo ser… y disfrutar, por supuesto, de la historia en su nivel más superficial, lo cual tampoco es moco de pavo.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en agosto 17, 2011.

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