Sólo un enemigo: el tiempo

Michael Bishop es un autor que, pese a repetidos intentos por parte de diversos editores, nunca ha terminado de cuajar entre el público español. Su carrera arrancó a mediados de los 70, enfocada principalmente hacia la space opera y reportándole varias nominaciones al Hugo y Nebula en las categorías de relato y novela corta. Su producción fue evolucionando hacia una ficción más humanística y en 1981, finalmente, se alzó con este último galardón por el cuento largo “La vivificación”, como preludio de su éxito crítico más importante: el Nebula de novela de 1982 por “Sólo un enemigo: el tiempo” (“No enemy but time”). En España, quizás su obra más famosa sea la novela corta “En la Calle de las Sierpes”, también conocida como “Sobre lo que ocurrió en la Calle de las Sierpes, o el asesinato del presidente Mao tal como lo cometió el autor en Sevilla en la primavera del año 1992, con las debidas reservas de incertidumbre histórica respecto a la fecha”. En los últimos años su carrera ha derivado hacia la fantasía y el terror.

Respecto al título que nos ocupa, cabe mencionar primero que el premio Nebula siempre se ha decantado por la vertiente soft del género mucho más que el Hugo, y esta novela es un claro ejemplo de ello, al fundamentar su adscripción a la ciencia ficción en los viajes temporales (subtipo experiencia subjetiva, onírica, libre de paradojas) y en la paleoantropología (una de las obsesiones de Bishop). Para ir concretando, en ella se narran las experiencias de Joshua Kampa, un afroamericano (más o menos, ya llegaremos a esto), junto a una tribu de Homo habilis en un pelistoceno a medias virtual a medias real (recreado a partir de sus reverberaciones en el subconsciente colectivo, por mediación de la mente especialmente sintonizada de Joshua). Intercalada en esta vivencia, se nos presenta en viñetas desordenadas su vida previa, desde su adopción por parte de la familia Monegal (su “verdadero” nombre es John Monegal, y es hijo natural de una prostituta sordomuda sevillana y un joven soldado de reemplazo americano de la base de Morón de la Frontera), hasta el inicio del experimento de traslocación temporal… con una pequeña coda glosando las consecuencias posteriores.

Con objeto de contar con mayor libertad creativa, el autor sustituye Kenia por el imaginario estado de Zarakal, y pone las excavaciones paleontológicas bajo la batuta del igualmente inventado Alistair Patrick Blair (adversario científico del muy real Richard Leakey, hijo de su modelo y descubridor del Homo habilis Louis Leakey, en controversias paleoantropológicas, como la defensa de la existencia de un Homo zarakalensis, verdadero precursor hipotético del linaje sapiens). Por lo demás, procura ser fiel a los conocimientos de la época acerca de los homínidos del Valle del Rift, la cuna de la humanidad. En ese sentido, “Sólo un enemigo: el tiempo”, puede entenderse como una ventana hacia nuestros ancestros de hace dos millones de años, en quienes empezaban a emerger los rasgos que (queremos creer) separan al ser humano del resto de animales. A este particular, incluso se permite humanizarlos en modos congruentes que no quedarían reflejados en el registro fósil (los hace seguir, por ejemplo, un ritual funerario consistente en subir los despojos a un árbol para que sirvan de alimento a buitres o leopardos… ritual, con diversos grados de sofisticación, presente en muchas culturas, desde la celtíbera hasta muchas africanas y precolombinas, y que explicaría además la escasez de restos).

Todo esto, sin embargo, no deja de ser secundario, pues no debe olvidarse que el pleistoceno donde acontece esta historia no es el “real”, sino una proyección de la psique de Joshua. Así pues, aunque los datos sean científicamente congruentes (hasta cierto punto), cabe interpretar la historia en clave psicológica, y para ello tengo que comentar un par de detalles que me había reservado hasta ahora.

Los Monegal, la familia adoptiva de Joshua/John, es de raza blanca, y el protagonista, de tan escasa altura que casi se le puede considerar enano, sueña desde siempre (aunque no todas las noches) con los paisajes y habitantes del Zarakal pleistocénico (en actitud más similar a un trance que al letargo normal). Por terminar de complicar su juventud, el trabajo de su padre adoptivo, suboficial del ejército americano, impone a la familia continuos cambios de domicilio (experiencia vivida en propia carne por Bishop), y su prematura muerte hace recaer en su madre una responsabilidad agobiante que la aleja de sus hijos (aunque él lo sufre más que su hermanastra mayor).

Los conflictos internos de Joshua/John manan tanto de su origen (mestizo, abandonado por su madre biológica y manifiestamente “diferente” de su madre adoptiva), como de su desarraigo (sin un lugar que pueda llamar con propiedad “casa”). Así pues, sus sueños, que más tarde propician el experimento narrado en la novela, pueden interpretarse no tanto como un ingrediente más de esta situación, sino como consecuencia de ella. Joshua (nombre que escoge tras pelearse con su madre adoptiva y huir de casa) sublima toda esta incertidumbre acerca de sus orígenes y la proyecta en los orígenes de la humanidad misma (o, tal vez, encuentra en sus ecos psicotemporales una promesa de la certidumbre que tanto anhela).

No es de extrañar, por tanto, que entre los Homo habilis acabe encontrado su lugar, y más aun, el amor, en la figura de Helena (nombre que él mismo le asigna, pues estos homínidos carecen de lenguaje hablado), una hembra que presenta características anacrónicamente modernas (sin dejar de ser marcadamente protohumana).

Como se puede apreciar, las sublecturas de la novela son potentes (y muy posiblemente las responsables del reconocimiento). Por desgracia, la ejecución, a mi entender, deja mucho que desear. El principal defecto que le encuentro es una tremenda frialdad expositiva, un distanciamiento (incluso con los capítulos pleistocénicos narrados en primera persona) que resta credibilidad a los sentimientos de Joshua. Su relación con Helena (una criatura más cercana los australopitecos que al hombre moderno, casi equidistante entre éste y el chimpancé, conviene recordar), se antoja artificial, producto de necesidades dramáticas antes que una conclusión inevitable de su periplo vital. De igual modo, lo inarticulado de su biografía previa (con saltos adelante y atrás en el tiempo), le priva de alcanzar en ningún momento la multidimensionalidad que busca (queda, por el contrario, como una acumulación de facetas independientes a las que necesita dar coherencia a través de explicaciones, insertadas en la trama, mal que bien, en boca de diversos personajes en los capítulos finales).

Por añadidura, deja la sensación de no haber sabido explotar a fondo las posibilidades de la trama. Pasa de puntillas, por ejemplo, sobre la concepción de la realidad, como proyección de la mente, que se desprende del uso de la tecnología temporal (desarrollada por otro crononauta, de procedencia judía, cuyos sueños, es decir, traumas, apuntan al horror de los campos de exterminio de Dachau). De igual modo, queda apenas insinuado el evidente complejo edípico derivado de la relación carnal entre Joshua y Helena, una auténtica madre de la humanidad.

En el cómputo global, desde mi perspectiva los problemas estructurales y la carencia de un enfoque claro ensombrecen el potencial de la historia. Tampoco la prosa de Bishop ha acabado de ser de mi agrado (aquí tengo que señalar que lo he leído en la traducción de la Factoría, no en la de Acervo). Por supuesto, no cabe descartar que el hecho de que la paleoantropología no me sea del todo desconocida (y que, en particular, no comparta por completo la visión que de los Homo habilis tiene el autor) haya reducido el impacto que esta importante faceta de la novela ha tenido sobre mi persona.

En su año se concedió el Hugo (más como premio a una trayectoria) a “Los límites de la Fundación” de Asimov, y en los Nebula se impuso también al eterno aspirante Dick (cinco nominaciones y ningún premio, en esta ocasión por “La transmigración de Timothy Archer”), a Gene Wolfe y su tercera entrega del Libro del Sol Nuevo (la segunda se había llevado el Nebula del año anterior, su único galardón en diez nominaciones), a Silverberg y la primera entrega de Heliconia (también les encantaba nominarlo, hasta en nueve ocasiones, pero sólo le premiaron por “Tiempo de cambios”) y a Heinlein con su “Viernes” (una novela ligera, aunque tremendamente divertida del receptor de cuatro nominaciones sin premio… aunque cabe recalcar que su mejor época es anterior a la instauración del Nebula).

Otras opiniones:

Anuncios

~ por Sergio en agosto 13, 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: