El fin del mundo y un despiadado país de maravillas

El japonés Haruki Murakami es uno de los máximos exponentes mundiales de la fantasía “seria”. Es decir, de aquélla no sólo aceptada, sino celebrada por la crítica mainstream. Por supuesto, su enfoque está desligado mayormente de las principales vías evolutivas del género, del que toma principalmente elementos con una doble función: como fuente del surrealismo que impregna su producción fantástica y como símbolos metafóricos (aunque no siempre se explicitan los referentes). Confeso admirador de Kafka y Borges, en sus novelas pueden detectarse otras influencias, como podría ser incluso el caso de Lovecraft en la novela que ocupa esta entrada (Sekai no owari to hādoboirudo wandārando, 1985), su segunda de tintes fantásticos tras “La caza del carnero salvaje”.

La acción se divide en dos tramas, de las cuales el mayor peso corresponde a la historia del Despiadado País de Maravillas, un Tokio alternativo, donde el protagonista vive como calculador (una especie de herramienta criptográfica humana) al servicio del Sistema, una organización privada con lazos gubernamentales que se ocupa de ofrecer sus servicios para la salvaguarda de información. Ante ella, sacada directamente de un thriller de espionaje, se alzan los Semióticos, una mafia cuyo objetivo es romper los códigos y hacerse con los secretos protegidos. La acción arranca con la contratación del calculador por parte de un investigador (que, por continuar con el tópico, presenta todos los rasgos del científico loco, laboratorio supersecreto incluido), que le encarga la ejecución de un avanzado sistema de encriptación ante la amenaza de los Semióticos, aliados para la ocasión con unas malignas criaturas del subsuelo llamados los tinieblos.

Paralelamente, un hombre sin recuerdos, al que separan de su sombra, llega a una ciudad amurallada, de donde se le dice que ya no podrá salir pues se trata del fin del mundo y en donde se le asigna el oficio de lector de sueños. Así, cada día debe acudir a la biblioteca para leer cráneos de unicornios (una amplia manada entra todos los días en la ciudad por el día, para pasar la noche en el exterior) y extraer de ellos viejos sueños. Claro que nadie le indica qué es un viejo sueño, ni qué objetivo tiene su labor, ni el porqué ha debido separarse de su sombra, que languidece en el exterior de la ciudad, condenada a una muerte prematura.

Las dos historias, inicialmente independientes, van convergiendo a través de elementos comunes, hasta que se pone de manifiesto con claridad su relación. Uno de los dos mundos, además, está condenado a la desaparición.

“El fin del mundo y un despiadado país de maravillas” es la novela de Murakami más simbólica que he leído, en el sentido de que, por una vez, los referentes están bastante claros (no así el significado exacto de las metáforas empleadas… de hecho, es muy posible que tal cosa no exista). Todo el libro trata de la mente, a través principalmente de dos divisiones. Por un lado, la de los hemisferios cerebrales (derecho el despiadado país de maravillas e izquierdo el fin del mundo, pero también dentro de cada escenario encuentra su reflejo en detalles como el proceso estándar de encriptación o el mapa de la ciudad), y por otro consciente y subconsciente (con igual distribución).

No cabe interpretar, sin embargo, que la historia se base en conocimientos neurológicos. En realidad, tiene más de filosofía que de ciencia, inspirada en la psicología jungiana. Se trata de un periplo de descubrimiento, pero no de ninguna verdad externa, sino del subconsciente ignoto (el arquetipo de la sombra según Jung) por parte del calculador. Por obra de la intervención del científico, las barreras entre mente consciente y subconsciente van diluyéndose, viéndose forzado el protagonista a descubrir y abrazar su yo interno.

El viaje, por supuesto, está cuajado de muchos otros símbolos que sería muy largo (y muy difícil) detallar. Así, por ejemplo, cobran gran importancia las metáforas y actitudes sexuales (desde los cuernos de las bestias hasta las relaciones del calculador con dos mujeres, la nieta del científico y una bibliotecaria), las referencias a libros (Stendhal, Dovstoievsky, Conrad, Balzac…), películas (americanas) y música (jazz, rock, pop…) y multitud de reflexiones internas del protagonista (en su doble encarnación), referidas a los temas más peregrinos. Me detendré tan sólo en uno de estos motivos, por considerarlo crucial para la trama: el proceso de iluminación por el que el calculador se hace consciente de su sombra.

Todo el episodio, que ocupa varios capítulos, reviste formas de iniciación mistérica a través de un subsuelo fantástico de Tokio, de la mano de una guía (con resonancias de Dante y el mito de Orfeo). De igual modo, se invoca un proceso de anamnesis platónico, con referencias directas al mito de la caverna (entrelazando las sombras de las ideas con los símbolos arquetípicos del subconsciente, y siguiendo un proceso equivalente de ascensión hacia la luz del conocimiento).

Con independencia de esta lectura simbólica, la narración posee la cualidad hipnótica de la prosa de Murakami (aunque no se aprecia tan refinada como en “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” o “Kafka en la orilla”). Tan sólo resulta un tanto desconcertante la pasividad del protagonista (también una característica de la obra del autor, aunque ante determinadas situaciones de la novela se antoja excesiva) y cierta pedantería. Por contra, los toques de humor, nacidos del surrealismo de las situaciones, aportan frescura al conjunto y hacen de la lectura una experiencia amena, lo cual se suma al poder de sugestión de las imágenes invocadas.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en agosto 9, 2011.

Una respuesta to “El fin del mundo y un despiadado país de maravillas”

  1. […] Mars ha escrito una reseña de El fin del mundo y un despiadado país de maravillas de Haruki Murakami. […]

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