El crisol del tiempo

John Brunner brilló especialmente durante la New Wave. Sus obras más destacadas, incluyendo la trilogía del desastre (“Todos sobre Zanzíbar”, “Órbita inestable” y “El rebaño ciego” ) pertenecen a este período. Sin embargo, su dilata y prolífica (más de un centenar de libros, la mayor parte inéditos en castellano) carrera abarca varias décadas, en las que demostró su adaptabilidad y su capacidad para explorar nuevos caminos. Un buen ejemplo de esta cualidad sería “El crisol del tiempo” (“The crucible of time”), publicada en 1983, una de las escasas (por extraño que resulte) obras de ciencia ficción en las que no aparece un solo ser humano (o descendiente del mismo, bien sea biológico o cibernético).

El libro narra la lucha de una raza extraterrestre cuyo sistema estelar se ha adentrado en una región convulsa del espacio. El estallido de una nova relativamente cercana les pone sobre aviso, en una etapa temprana de su civilización (equivalente quizás a los comienzos de nuestra baja edad media), de los peligros astronómicos que amenazan con borrar la vida de su planeta. Una orden, los jingfuego, se instaura para perpetuar el conocimiento y trabajar en pos de la pervivencia, que sólo podrá asegurarse desarrollando los medios para navegar entre las estrellas.

A modo de fix-up, siete novelas cortas describen siete estadios cruciales de este empeño de siglos (de ellas, sólo las dos primeras fueron publicadas previamente, en los números de septiembre de 1982 y enero de 1983 de la Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine). Desde el descubrimiento del telescopio y los primeros estudios astronómicos, hasta la primera órbita tripulada en torno al planeta. Un trayecto de generaciones, cuajado de obstáculos tanto naturales (propiciados por las condiciones hostiles del vecindario estelar), como sociales (esplendor y decadencia de imperios, religiones e ideologías contrarias al progreso, conflictos entre facciones…) y biológicos (empezando por una tendencia a revertir a la irracionalidad ante situaciones de estrés como la desnutrición, pero también condicionantes evolutivos y agentes mutagénicos). En última instancia, “El crisol del tiempo” escenifica la lucha de una especie inteligente por mantener encendida, contra toda esperanza, la chispa de la conciencia.

Los protagonistas son unos organismos peculiares. Heterótrofos invertebrados, equipados de un sistema de túbulos cuya presión interna los mantiene erguidos y les permite moverse, mandíbulas, zarpas (con, según se desprende de su sistema numérico, veinte dedos en total) y un manto flexible cubriéndolo todo; reproducción sexual (más o menos) con gemación (de “brotes”); un clima-sentido, que tanto sirve para predecir el tiempo (por lo que sería algún tipo de sistema barométrico interno) como para detectar e interpretar los niveles de feromonas (algo similar al órgano vómero-nasal de los cánidos), un elemento importante de su sistema de comunicación y su cultura; y una tecnología basada (por carestía de metales y combustible) en la modificación de seres vivos a gran escala. Brunner se esfuerza por plasmar su carácter alienígena, al tiempo que intenta no perder a los lectores por exceso de celo; un empeño que se salda con resultado ambiguo (las diferencias, en el fondo, no dejan de resultar cosméticas, por mucho que su biotecnología presente desarrollos ingeniosos).

Donde sí puede declararse un éxito rotundo es en su habilidad para singularizar cada fragmento, haciéndolos intrigantes por sí mismos, sin olvidar que forman parte de algo mayor. Este tipo de ficciones se enfrentan al peligro de caer en la reiteración (de esquemas, temas o personajes-tipo). Cuando además el objetivo final se encuentra tan definido, las posibilidades de que esto ocurra se disparan. Por fortuna, el autor no se permite la menor concesión, y trabaja cada individuo y cada acto con el mismo interés. La ciencia, evidentemente, es uno de los ejes centrales, y muchos de los protagonistas son científicos, pero aun así consigue dotarlos de personalidad propia. Eso sin menospreciar que la propia evolución planetaria se convierte en un personaje más.

Es en los grandes temas subyacentes, sin embargo, donde se echa de menos un enfoque más preciso. Las ventajas de la información (sobre todo científica) libre y la importancia crucial de la transmisión del saber constituyen una constante a lo largo de la historia. Otras sublecturas resultan menos definidas. Así, por ejemplo, muchas de las obsesiones del autor (los peligros de la superpoblación, la sobreexplotación de recursos, la gestión de los desechos…) encuentran su reflejo en uno o más fragmentos, pero de un modo poco elaborado, como si de tan obvios no merecieran que se construyera en torno a ellos una tesis bien estructurada. También causa cierta perplejidad el aparente ataque a la psicología, o cuanto menos al psicoanálisis (la mente alienígena posee tres niveles, ensoñación, recuerdo e imaginación, que podría equipararse al ello, ego y superego freudiano), al situar el estudio del nivel inferior (los ensueños, que surgen con las privaciones y dan origen, por ejemplo, al fervor religioso) como enemigo enfrentado de la ciencia (los seguidores de un personaje que bien podría ser un trasunto de Freud, con trauma materno incluido, acaban degenerando en una especie de culto pseudoterrorista New Age). En las últimas novelas cortas, para concluir, parece evidente una apuesta por la exploración espacial (por aquella época iniciaban su andadura los Transbordadores Espaciales, cuya última misión ha concluido recientemente… sin que existan planes concretos para sustituirlo), con la moraleja de que no es razonable poner todos los huevos en la misma cesta, sobre todo cuando sabes que tarde o temprano se te va a caer al suelo.

Quizás sea esta tendencia a la digresión la mayor debilidad de la obra. En su empeño por mostrar concentradas todas las adversidades a las que puede enfrentarse la vida (y en particular la vida inteligente), trata de abarcar demasiado, y algunos temas terminan inevitablemente por escurrirse entre las grietas. No ayudan ciertas carencias científicas, algunas propias de la época, como nociones astrofísicas superadas (sin que deje por ello de ser destacable su uso en la elaboración de la ficción), y otras derivadas al parecer de una incorrecta comprensión por parte del autor (que malinterpreta conceptos evolutivos, lo que da lugar a desarrollos inaceptables para conocedores de la materia). Así pues, paradójicamente, la suma resulta menos interesante que las partes tomadas de forma individual (que sin embargo se bastan para conformar una lectura atractiva en sí mismas).

En su momento no levantó excesiva expectación (apenas un decimotercer lugar en la votación de los Locus). Situación motivada quizás en parte por la publicación coetánea de una obra de similar enfoque pero con mayor ambición: la trilogía de Heliconia de Brian Aldiss (a 1982 corresponde la primera entrega, “Primavera”, y para 1983 llegó la segunda, “Verano”), por no hablar del auge de la space opera, ejemplificado en el éxito de “Marea estelar” y sus alienígenas extravagantes, y el retorno en plena forma de viejos maestros como Asimov con “Los robots del amanecer“.

Por último, una breve aclaración: “The tides of time“, publicada en 1984, no es una secuela de “The crucible of time” (al contrario de lo que se afirma en la única edición disponible de esta última en castellano).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en agosto 4, 2011.

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