El país de los ciegos

En el país de los ciegos el tuerto es el rey, pero no se te ocurra espetarle eso a Juan Ramón Durán, alias “el Tuerto”, pues con mucha suerte sólo te pasarás un par de meses comiendo con pajita. Si por el contrario lo pillas en un día malo…

Cinco años en la trena, apartado de los tejemanejes de los bajos fondos alicantinos, es mucho tiempo. Lo suficiente como para que hayan empapelado a tu antiguo jefe por pederasta. Bastante para que uno de sus esbirros, que nunca te ha tragado, se haya hecho con las riendas de la organización. Y para terminar de arreglar las cosas resulta que también han puesto de patitas en la calle a Magallanes, la mala bestia que te la tiene jurada desde un sangriento encontronazo en prisión. Sin apenas contactos, sin un puto duro y con una diana pintada en la espalda, por las calles de Alicante, la ciudad con el índice de criminalidad más alto de España. Un día como otro cualquiera en la vida de Durán el Tuerto.

Claudio Cerdán se aparta de la literatura fantástica para ofrecer con “El país de los ciegos” una novela negra hardboiled (es un desvío relativo, pues en sus orígenes ambos géneros se encontraban hermanados en las páginas amarillentas de los pulps, y muchos autores los cultivaban indistintamente). Sus palabras nos desvelan un paisaje alicantino alejado de la postal de luz y playa con que suele vendérsenos. En esta novela Alicante es una puta, y bajo su maquillaje barato esconde una piel castigada por los elementos y perforada por pinchazos de hipodérmicas, y en sus cavidades públicas se emboscan media docena de enfermedades venéreas.

Su protagonista, Durán, es algo más que un matón endurecido a base de golpes. El Tuerto es un superviviente, que sabe, de forma instintiva, que la única salida para tipos como él es tirar siempre para adelante, plantando cara al que tenga los huevos de interponerse en el camino y devolviendo los puñetazos con más fuerza de la recibida (aunque lo ideal es arrear primero, y lo bastante duro para no tener que hacerlo de nuevo). Sabe también que nadie le va a regalar nada, que si quiere recuperar su hueco en el ecosistema delictivo alicantino tendrá que pelear por él. A ello se lanza con la determinación de una mula.

La historia del Tuerto no es agradable. La extorsión, el tráfico de estupefacientes y los huesos rotos son moneda corriente en su mundo, que está justo al volver la esquina del nuestro. Casi no hay personaje que escape a la podredumbre. Apenas se rasca cualquier superficie con la uña aparece debajo la mierda acumulada. Pero nada de compadecerle. Durán no pide, ni espera,  ni siquiera soporta la compasión. Al fin y al cabo él es un delincuente más, parte activa del submundo del crimen, cuyos zarcillos alcanzan y lo contaminan todo… y pretende seguir activo por mucho tiempo, o al menos el suficiente para ver a sus enemigos bajo tierra.

El género ha cambiado. El protagonista ya no es un trasunto de caballero andante, enfrentado con una coraza de moralidad personal a la corrupción del sistema. Tampoco un “vigilante”, obcecado en combatir el fuego con fuego. No, el protagonismo recae en un cabrón integral, un soldado de un ejército unipersonal con licencia moral para cometer cualquier ultraje en beneficio propio. No un psicópata. Los conceptos de bien y mal están claramente definidos, y los remordimientos no le son del todo ajenos (aunque su particular escala de valores asigne a cada acción un peso que pocos compartirían).

La novela tampoco busca redimirlo a nuestros ojos. El Tuerto es lo que es. Bien es verdad que para retratarlo se nos muestra en profundidad. En la acción se engarzan episodios relevantes de su pasado, mas estos no buscan justificarlo, sino dar una imagen completa de él, de los caminos que ha transitado y los encuentros que lo han marcado.

La ausencia de juicio moral es una característica de nuestros tiempos. En un momento concreto entra en escena un ejemplo paradigmático. Durán encuentra a uno de sus socios jugando al GTA. La comparación es automática y pertinente. Existen evidentes paralelismos entre la trama de “El país de los ciegos” y cualquiera de las entregas del juego de Rockstar (desde que asumió el formato sandbox, claro). Pero también diferencias notables, como el mismo Tuerto se encarga de remarcar con sarcasmo (puntualizando que a él no van a detenerle… o sea, poniendo de manifiesto que él sólo dispone de una vida para completar la partida). La principal quizás resida en que la violencia de la novela no es estilizada, ni la vida criminal se idealiza (como ocurre en muchas películas sobre gangsters).

Esto es algo que no sólo tiene que ver con lo más o menos gráfico de las descripciones, aunque ciertamente “El país de los ciegos” no es recomendable para personas sensibles (y no sólo por la violencia que rezuma). Se debe, sobre todo, a la asociación ineludible de actos y consecuencias. Repito, eso sí, que las consecuencias no tienen nada que ver con un castigo, las malas acciones no generan karma negativo que ineludiblemente acabará volviéndose contra el trasgresor. Es algo mucho más simple. Si le rompes la mandíbula a alguien, lo más probable es que se te despellejen los nudillos. Si vives al borde del abismo no te sorprendas si caes en su interior.

Aunque, por supuesto, si eres Juan Ramón Durán, te habrás preocupado de que, para cuando tal destino acontezca, te hayan precedido muchos hijoputas, con las suelas de tus botas bien marcadas en las pelotas.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en agosto 2, 2011.

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