La ciudad enmascarada

Rafael Marín regresa a la novela con “La ciudad enmascarada”, publicada como número 2 de la nueva colección Penumbra de AJEC (que se inauguraba con “Abismos“, de David Jasso). Lo hace, además, con una obra que se adivina muy personal, tanto como para estar ambientada en su ciudad, Cádiz, durante la locura multitudinaria que suponen sus famosos carnavales; y más allá de esta circunstancia, que podría considerarse anecdótica, se aprecian sublecturas que refuerzan dicha opinión. Antes, sin embargo, de entrar más a fondo en el análisis, conviene presentar unas breves pinceladas argumentales.

El protagonista principal de la historia es Gabriel Amador, un profesor gaditano a quien una dolencia cardiaca ha forzado a un retiro prematuro. Cierto día, durante uno de sus habituales paseos sin rumbo, le aborda un misterioso mendigo árabe, que deposita en su mano, sin mediar explicaciones, un ojo de cristal antes de perderse de nuevo entre la multitud (camino, por cierto, de un aciago destino). A partir de ese instante, Gabriel se va enredando en una maraña de acontecimientos inquietantes, acosado por pesadillas subacuáticas y por versos en un idioma antiquísimo y casi impronunciable, insinuados directamente en su cerebro contra su vacilante voluntad. Pronto, las corrientes ominosas lo arrastran, junto con varios personajes cercanos de su presente y su pasado, hacia un clímax que se adivina aterrador, fruto de antiguas profecías y deudor de incluso más viejos poderes, que moran en el corazón de la Gadir fenicia, apenas enmascarada por las luces y sombras de la ciudad moderna.

Mientras tanto, al otro lado del océano Atlántico, una cárcel de máxima seguridad estadounidense aloja a un peligroso residente: Miguel Furiase, o Michael Furia, como prefiere ser llamado. Bajo el influjo de este carismático y siniestro personaje, ante la impotente vigilancia de los guardias, la locura sectaria que lo ha llevado a prisión evoluciona hacia un nuevo estadio, ligada con los acontecimientos gaditanos mediante una cadena de símbolos alfabéticos arcaicos que conforman una invocación profana.

“La ciudad enmascarada” supone en su superficie (y posiblemente germina de) una reinterpretación de los Mythos tal y como los concibió en la década de los 30 H. P. Lovecraft, adaptada a la indiosincrasía y peculiaridades gaditanas. En algún momento del proceso creativo, sin embargo, la historia de Cádiz debió de imponer su poder de fascinación (al fin y al cabo, ¿qué son tres siglos de presencia colonial en Nueva Inglaterra comparados con los tres milenios de asentamiento ininterrumpido en la antigua capital tartesa?). Así pues, lo que podría haber quedado en mero reflejo, se transforma en exploración de las mismas raíces mitológicas y cosmogónicas; río arriba, hacia las ignotas fuentes de donde mana el horror.

No es ésta, empero, la lectura principal, sino tan sólo la excusa argumental que hace avanzar la trama. “La ciudad enmascarada” se nutre de profundos sentimientos ambivalentes. No exactamente amor/odio, sino más bien atracción/rechazo, o abnegación/crítica. Esta aproximación se dirige hacia distintos objetivos, todos ellos muy cercanos al autor. Por un lado está la misma ciudad, Cádiz, y sus fiestas mayores, el carnaval. Pero además examina a través del mismo filtro paradójico la enseñanza y la literatura, contemplado todo esto con un espíritu crítico.

Mas no se trata de una crítica nacida de la adversión. Todo lo contrario. Es la crítica que surge del aprecio sincero. La que lamenta los fallos, a veces amargamente, con aparente ensañamiento incluso, pero no puede evitar rendirse a sus cantos de sirena y entregarse a una relación que quizás no siempre resulte satisfactoria, pero que desde luego es irrenunciable. Como verse obligado a respirar, aunque duela, sin poder (ni en el fondo querer) sustrarse a la dulce condena.

En este sentido, creo que una influencia importante pueda haber sido la redacción de columnas de opinión periodísticas. De hecho, los capítulos son breves, tres o cuatro páginas en general, con una estructura interna que evoca reflexiones autocontenidas, cuya yuxtaposición construye la historia. Los hitos del argumento se entremezclan con reflexiones sobre los temas mencionados (y quizás alguno más, que no he sido capaz de entrever o que no me atrevo a sugerir por falta de convicción), oscilando entre la admiración más incondicional y esa denuncia ácida e incisiva que sólo puede nacer de la preocupación más sincera (y que a veces, sobre todo interesadamente, se pretende atribuir a la deslealtad, como si amar algo conllevara la obligación de cerrar los ojos a sus defectos).

Más que de los acontecimientos en sí, pienso que el alma de esta novela se alimenta de la angustia generada por esta contradicción irreconciliable, esta unión de opuestos que todos, de un modo u otro, experimentamos. ¿Atracción del dolor (metafísico)? Quizás sí. Quizás si no duele no vale la pena.

Bajo esta premisa, la historia en sí pasa un poco a segundo plano, y lo cierto es que la secuencia de acontecimientos no termina de quedar perfectamente hilvanada. La conexión entre las dos grandes líneas (las vivencias de Gabriel Amador en Cádiz y la locura que emana de Michael Furia) no termina de establecerse de forma satisfactoria. De igual modo, ciertos giros de la trama y la evolución de determinados personajes (Aurora Rojas, por ejemplo) no acaban de fluir de forma convincente. La misma resolución resulta en cierta forma anticlimática, sin llegar a explotar todo su potencial catártico. El fin no es el objetivo del viaje, sino que es éste quien cobra protagonismo.

Cádiz, carnaval, enseñanza y literatura, las columnas de Hércules (o Melkart) particulares de “La ciudad enmascarada”, y entre ellas Gabriel Amador, condenado, como todos nosotros, a buscar eternamente la solución de un dilema insoluble.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “La ciudad enmascarada” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 25, 2011.

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