La trilogía steampunk

En 1990 Bruce Sterling y William Gibson publicaron “La máquina diferencial”, una novela paradigmática de lo que pasó a llamarse steampunk (historias ambientadas en la época victoriana, con ingenios mecánicos que predatan en décadas a sus homólogos electrónicos y de combustión interna y cierta tendencia al caos semicontrolado). Cinco años después, el subgénero estaba maduro para su disección, y ahí entra Paul di Filippo, quien con las tres novelas cortas que componen “La trilogía steampunk” (primera obra en incluir en su título el término) se lanza a una deconstrucción cargada de humor de sus señas de identidad. Ante los ojos del lector, desarma con habilidad de relojero el mecanismo, para mostrar que, tras una superficie barroca que apela al mero placer estético, existe todo un conjunto de complejos engranajes que fundamentan su poder de fascinación.

Pese a lo bien que funcionan en conjunto, lo cierto es que se trata de obras concebidas independientemente. La primera novela corta, la más simple, es también la más antigua. “Victoria” fue publicada originalmente en 1991, en las páginas de Amazing Stories. Se trata también de la más directamente reconocible como steampunk (lógico, es la más cercana a la fuente original).

El protagonista de “Victoria” es Cosmo Cowperthwait, el prototipo de inventor multidisciplinar que constituye la columan vertebral del subgénero. La primera página, sin ir más lejos, está dedicada a la descripción de una compleja (y un poco absurda) maquina de escribir (basada en principios que nada tienen que ver con las que conocemos) de su creación. A partir de ahí, la historia se despliega sin escatimar muelles, bielas y correas de transmisión (con un respeto por la física real… digamos que distante). En ese sentido, podría considerarse un relato de manual. Falta por añadir el ingrediente especial di Filippo: un buen chorro de ironía para dotar de acidez al conjunto.

Nuestro héroe recibe la inopinada visita del Primer Ministro, con la no menos inopinada noticia de que la joven reina Victoria se ha fugado del palacio a pocos días de su coronación oficial (lo que fecha la historia en 1837). Por suerte, Cowperthwait es el “tutor” de una curiosa criatura, un tritón tratado con ciertos factores de crecimiento, que la (pues es hembra) llevado a desarrollarse como una mujer (con pechos y todo), pálida, lampiña, un tanto ninfómana e irresistible para cualquier hombre (razón por la cual le ha encontrado acomodo en un burdel). Así pues, de acuerdo con el plan del Primer Ministro, mientras la joven monarca esté ausente, el tritón (que también se llama Victoria), ocupará su lugar (no posee apenas inteligencia, come moscas y precisa de altos niveles de humedad, pero con una buena peluca puede pasar por una doble decente).

Impulsado por el deber patriótico, Cowperthwait, acompañado de su irreverente criado americano, se lanzará a la búsqueda de la fugitiva, hurgando entre la inmundicia de un Londres dikensiano, que revela a cada instante desigualdades sociales, explotación infantil y mujeres maltratadas, la otra cara de la moneda victoriana, que tan a menudo se tiende a obviar en recreaciones idealizadas. Otro referente literario bastante evidente sería “Príncipe y mendigo”, de Mark Twain, con una joven reina Victoria muy alejada de la pompa y el decoro que asociamos con su imagen, en un retrato ciertamente iconoclasta.

Le sigue “Hotentotes”, el relato más extenso y el único escrito originalmente para el volumen. El protagonista vuelve a ser un científico, Louis Agassiz, suizo afincado en Boston a finales de los años 40 del siglo XIX. En contraposición con Cowperthwait, Agassiz no se perfila en modo alguno como un héroe idealizado. Más bien al contrario, es un naturalista trepa, egoísta, lleno de prejuicios y vanidoso en grado sumo… de un modo tan exagerado que resulta hasta simpático (por pura lástima). Di Filippo aprovecha para mostrar la otra ciencia victoriana, la que rebosaba inexactitudes y preconcepciones, la que avalaba el racismo (aunque los argumentos se me antojan un tanto anacrónicos, más propios de la segunda mitad del siglo y del auge del supremacismo ario y el nordicismo) y el creacionismo (de nuevo, sin tener en cuenta que hasta lo menos diez años más tarde no hubo una teoría consistente que se le opusiera).

Sus problemas empiezan con la irrupción en su vida de un sudafricano fumeta (no se puede explicar, hay que leerlo), casado con una mujer hotentote (khoi), hija de la famosa Venus Hotentote (Saartije “Sarah” Baartman, cuya vergonzosa historia regresó a la plena actualidad en 1994, con la promesa de las autoridades francesas de devolver su cuerpo embalsamado a Sudáfrica para su inhumación). La pareja exige a Agassiz que repare el mal causado por su maestro Cuvier (al que el autor atribuye erróneamente una autopsia a Sarah Baartman, cuando se limitó a republicar el informe de otro anatomista), al sustraer el chumino disecado de la hotentote (quien, como es habitual en su raza, exhibía unos labios menores extraordinariamente elongados, hasta el punto de ocultar el orificio urogenital bajo un sinus pudoris), un poderoso talismán ansiado por malhechores de diverso pelaje.

A partir de ahí, la acción se lanza a una serie de incidentes a cual más disparatado, donde se entremezclan ideologías (marxismo, supremacismo, feminismo, anarquismo…), teorías pseudocientíficas (frenología, segregacionismo…) y referentes literarios (Herman Melville e incluso H. P. Lovecraft, recurriendo de nuevo al anacronismo). Es una mezcla que no siempre resulta homogénea, y que deviene por momentos en episódica, pero que sin duda cumple con su función satírica.

El steampunk, en forma reconocible, la verdad es que brilla por su ausencia. Tan sólo Agassiz, en otro contexto, hubiera podido encajar en ese tipo de historias. Ahí, precisamente, cabe buscar la conexión. Al igual que “Victoria” desmitificaba el concepto mismo de era victoriana, “Hotentotes” lanza una mirada irónica a la ciencia de la época (protociencia, más bien, dado que el método científico aún estaba en desarrollo).

Cierra el volumen “Walt y Emily”, publicada originalmente en 1993, en dos partes, en las páginas de Interzone. Aquí nos encontramos con la narración de un encuentro ficticio entre dos de los más grandes poetas americanos de la época (la fecha concreta es 1860), que no podrían ser más antitéticos: Walt Whitman y Emily Dickinson.

Sin duda, los lectores no familiarizados con la literatura americana del siglo XIX estamos condenados a perdernos buena parte de las referencias (a este respecto, no viene mal una pequeña puesta al día previa), sobre todo citas que van intercalándose (aunque algunas, como “¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!” sean famosas). Pese a este inconveniente, la historia resulta muy absorvente, con una cualidad poética en sí misma. Whitman constituye un terremoto de sensualidad en la reclusiva (y casta) vida de Dickinson, todo ello narrado contra el fondo de un experimento espiritista, promovido por el hermano de Emily.

Junto con Whitman (y un joven seguidor), participan en el mismo William Crookes (físico y químico experimental, inventor de los tubos Crookes para el análisis de rayos catódicos y uno de los primeros y más fervientes defensores del empleo del método científico en el estudio de los fenómenos parapsicológicos), Andrew Jackson Davis (famoso espiritista y principal impulsor del concepto de Tierra del Verano o Estival) y Madame Selavy (único personaje ficticio, modelado según diversos mediums de la época y algo posteriores, en particular, me atrevería a hipotetizar, Madame Blavatsky). Una vez más, la cronología no me concuerda (Crookes, por ejemplo, empezó a interesarse por el espiritismo mucho más tarde, y algunas de las ideas se me antojan más propias de los años 70-80), pero se trata de licencias sin importancia. Lo crucial es la atmósfera que logra crear di Filippo y su exploración de un tema que suele obviarse bastante en las historias neovictorianas (salvo cuando asumen la forma de dramas de época): la sexualidad reprimida.

No revelaré mucho más sobre la historia, pues debe ser paladeada con un mínimo de conocimientos previos. Tan sólo diré que en su segunda mitad alcanza unas cotas de lirismo extraordinarias, que logran incluso transmutar la ironía subyacente en… en fin, pura poesía (retorcida, claro, tampoco es cuestión de traicionar los propios principios).

Un broche extraordinario para cerrar una obra que posiblemente desilusione a quienes busquen un steampunk aventurero, una era victoriana que nunca fue, una revolución industrial magnificada e idealizada. Como he indicado, sólo una de las historias, la más breve por añadidura, cumple hasta cierto punto con estas expectativas. Las dos restantes no se fijan tanto en el exterior de la caldera como viajan al centro mismo del fuego que la alimenta. Y allí reposa una auténtica perla, con los nombres de Walt y Emily grabados en su superficie.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “La trilogía steampunk” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en junio 16, 2011.

7 comentarios to “La trilogía steampunk”

  1. Interesante reseña. Es una pena que la editorial no llegue por mi país.
    Ahora mismo estoy reuniendo material sobre el steampunk en la literatura, algo que no está resultando tan sencillo como suele ocurrir con otros estilos.
    Sabes de algún libro que hable sobre steampunk y que de preferencia esté en español? Como ya sé que en Uruguay no se consigue nada, si sabes si se puede encontrar en internet, te agradecería el dato.

    Saludos!

    • Hola,

      Me temo que el steampunk no cae dentro de mis preferencias, así que mi conocimiento del mismo es superficial. Sin embargo, podría recomendarte pasar por el foro Steampunksp, donde podrás encontrar información y entrar en contacto con otros aficionados que sin duda estarán en disposición de ayudarte en tu investigación.

  2. La editorial ha sacado las tres novelas cortas por separado y en ebook para que lleguen a todos los rincones del mundo. Es una noticia maravillosa.

  3. La oferta de ebooks de la editorial (a través de FiccionBooks), es magnífica (tanto en volumen como en precio). Además, permite acceder a novelas cortas sueltas tan espléndidas como las precedentes, “Recuperando el Apollo 8″ de Kristine Kathryn Rusch o “Acelerados en el Instituto Fairmont” de Vernor Vinge, además de un porcentaje creciente del catálogo de AJEC, e incluso algura reedición de títulos antiguos ya inencontrables, como “El cortafuegos” de Luis Ángel Cofiño, o “Los sueños del canciller”, de Manuel Buil.

    Así es como debe abordarse la edición digital.

  4. A la saca, están de oferta en http://www.ficcionbooks.com/ por 1,5 euros cada uno.

  5. Yo también me he hecho con ellas. ¡Menuda oportunidad!

  6. muchas gracias por la recomendación, La Trilogía Steampunk me ha parecido una exquisitez

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