La orden del Tanhwar

Con “La orden del Tanhwar”, Francisco Villarrubia se lanza a la publicación de una ambiciosa saga de fantasía épica, “La cruzada de los dioses”, prevista para ocho volúmenes, de los cuales al menos los dos primeros, agrupados bajo el apelativo común de “La cuarta edad”, están previstos dentro de la colección Excalibur de Grupo AJEC.

Como se puede colegir sin dificultad, se trata de un proyecto complejo, cuya gestación, a buen seguro, ha ocupado un largo tiempo, lo cual queda reflejado en la inusual profundidad del universo que sirve de escenario para la ficción. Pero antes de entrar en detalles, convendría aportar una pequeña introducción argumental.

El Wurm kka Ezyack, o Tierra de Nuestros Padres, constituye el mundo conocido, tres inmensos valles (del tamaño de pequeñas naciones) encerrados entre cordilleras impenetrables, con pasos de montaña que los comunican entre sí pero por lo demás aislados. En el momento en que arranca la historia, una confluencia de calamidades (el advenimiento de una era glacial, la proliferación de la peste gris, una misteriosa enfermedad mortal e incurable y los ataques cada vez más atrevidos de los kzij, unos subhumanos que proliferan en las cavernas que horadan el subsuelo) fuerza a los habitantes de la periferia a migrar hacia Kreva, la capital nominal y último vestigio de los esplendores de un pasado glorioso y ya casi olvidado.

Entre los emigrantes se cuenta Raqo Wrarta, antiguo zekgda que viaja junto con un misterioso pupilo embozado, Iuse Rerik, y que pronto adopta a otro paria, Lahe Kokkuar, un muchacho amnésico, quien según las apariencias ha debido pasar toda su vida oculto de los zekgdas, cuya misión es precisamente llevar (a la fuerza si es preciso) a quienes presentan sus características a El Gerak, para ser entrenados en los misterios del tanhwar y convertirse en guerreros wdraki. El viaje nos va mostrando el mundo, al mismo tiempo que Raqo Wrarta va explicándoselo a Lahe Kokkuar. Es un mundo duro, despiadado con los pobres y abocado a la catástrofe.

De la mano de estos personajes recorremos los caminos, bosques y cordilleras de Wurm Kka Ezyack y llegamos a la altiva aunque decadente Kreva. Tras un breve interludio, sin ocasión apenas para construir una nueva vida, Lahe Kokkuar es empujado por las circunstancias a El Gerak, donde se inicia sin demasiado entusiasmo (o disciplina) en el arte de empuñar las espadas de acero aleado con tanhwar, un material casi místico, que sólo puede ser desplazado siguiendo las líneas del universo (producto de una intrincada geometría subyacente), pero al mismo tiempo irresistible para cualquier coraza.

El mundo exterior, sin embargo, no admite respiros. Los problemas que motivaron la migración original no hacen sino agudizarse (en particular por lo tocante a las incursiones de kzijs (y quizás de seres más tenebrosos), y es dudoso que la disciplina guerrera wdraki (incluso prescindiciendo de las maquinaciones intestinas) baste para invertir el signo de la marea.

“La orden del Tanhwar” se inscribe decididamente en la tradición de la fantasía épica, aunque yo suelo preferir, por resultar más descriptiva, la clasificación anglosajona como high fantasy. Es una tradición que fluye directamente de “El señor de los anillos”, caracterizada por la construcción de complejos mundos secundarios, donde el dónde y los porqués son tan imporantes como el cómo. Así pues en este caso no nos encontramos tan sólo con un escenario imaginario cuidadosamente cartografiado, sino que las diferencias con nuestro mundo primario obedecen a un esquema que posiblemente sólo quede revelado en su conjunto al concluir la serie de “La cruzada de los dioses” (en este volumen, Raqo Wrarta apunta algunos detalles y los estudios de Lahe Kokkuar revelan más, pero el grueso de la información, por desgracia descontextualizada, cabe encontrarla en el glosario).

“La cuarta edad”, que se completará con la publicación de “Las piedras de Avalhlol”, se organiza internamente en cuatro libros, de los cuales “La orden del Tanhwar” presenta dos: “La inocencia” y “La madurez”. Esto correlaciona con una de las ideas fundamentales de la obra, que viene incluida a modo de cita en la contraportada:

Todo lo que evoluciona atraviesa sin remedio cuatro Edades: nacimiento, maduración, apogeo y destrucción. Las personas, las civilizaciones, y hasta el propio universo, obedecen a dicha ley.

Así pues, estos dos primeros libros narran el ocaso de un mundo que ha entrado en su cuarta edad, y lo hacen siguiendo sus mismos principios. “La inocencia” sirve de presentación, tanto del escenario como del personaje principal (Lahe Kokkuar) y de los actores relevantes (Iuse Rerik, el wdraki Ketru Taarwek y Yanew Kaawmfe, cuya naturaleza y relación con Lahe Kokkuar sería demasiado largo de contar… por no hablar de que es algo que debe descubrirse a través de la lectura e incluso se trata de un objetivo en desarrollo).

“La madurez” corresponde al planteamiento del conflicto. Una vez asentados en el mundo del Wurm Kka Ezyack toca mover las fichas, disponer los bandos y preparar el tablero para… lo que tenga que venir en “Las piedras de Avahlol” (tengo mis hipótesis, pero como no pasan de eso, mejor me las reservo).

He ahí, quizás, la principal debilidad de la novela, que no se trata de una obra completa, sino que nos deja en medio de la acción, sin satisfacer apenas nuestra necesidad de conclusión (de hecho, el final de “La inocencia” es bastante más cerrado” que el de “La madurez”). Se trata, por tanto de un viaje que, por el momento, debe disfrutarse en sí mismo, sin pedirle mayor concreción.

En este sentido, cabría destacar la meticulosidad del autor a la hora de crear un escenario cuya complejidad apenas podemos empezar a entrever, pero que se percibe en la solidez de la narración. El enfoque, alejado de la aventura escapista, prima el realismo (en toda su crudeza) frente incluso a la epicidad, e incluso cuando aborda situaciones tópicas dentro del género (como el adiestramiento de un novato en un arte a medias físico, a medias místico) lo hace sin atarse a las directrices típicas ni buscar la satisfacción de unas expectativas más propias de la fantasía juvenil (es decir, revancha del humillado). Del mismo modo, no se trata del enésimo enfrentamiento bien/mal, sino que el sustrato filosófico (parcial, por el momento) parece apuntar más bien a conceptos cercanos a la entropía.

A nivel puramente narrativo, quizás eche de menos una base más sólida para determinados personajes. En particular, Raqo Wrarta aparece un tanto estereotipado, con unas motivaciones para acoger tanto a Iuse Rerik como a Lahe Koukkar nunca establecidas. Su función de cicerone se antoja igualmente algo forzada, como si fuera un artificio novelístico para introducirnos en el mundo secundario. De igual modo, la personalidad de Lahe Kokkuar se antoja extraña habida cuenta de sus presuntos antecedentes (aunque, dada su pérdida de memoria, cabría pensar en la existencia de alguna justificación que nos está velada por el momento).

Dada su condición de obra inconclusa, no cabe analizar en mucho mayor detalle su estructura, o incluso juzgar la idoneidad de la misma más allá de sugerir que tal vez hubiera sido conveniente dotarla de pequeños clímax intermedios (al modo que nos encontramos el finalizar “La inocencia”) y subtramas cerradas que ayuden a sustentar la principal (casi todos los planteamientos quedan abiertos o, cuanto menos, cerrados en bucles aislados de la trama principal).

“La orden del Tanhwar” constituye una lectura pausada que no recomendaría a quienes busquen acción. Eso sí, la misma meticulosidad que puede llegar a desesperar a algunos, supone su mayor atractivo para quienes aspiren a explorar un mundo secundario que se intuye rico y profundo.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “La orden del Tanhwar” para su reseña en Rescepto.

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~ por Sergio en junio 4, 2011.

6 comentarios to “La orden del Tanhwar”

  1. La portada es francamente bonita. Aunque ultiamanete estan surgiendo multitud de proyestos de este tipo de literatura en nuestro pais, de calidad cuando menos dudosa

  2. multitud de proyectos, ni escribir sabemos ya….

  3. Me parece injusto prejuzgar una obra por la nacionalidad de su autor.Habría que considerar más bien su producción previa, si la hubiera, y en su defecto si el catálogo de la editorial y su trayectoría avalan o no el producto. Aunque claro, en última instancia cada título debe afrontar el juicio del lector por sus propios méritos (o deméritos).

  4. ayer mismo publiqué yo mi reseña, es un libro que me ha gustado mucho, aunque su complejidad hace que a veces cueste un poco seguir el ritmo, pero para mi a merecido la pena la lectura.

    Además, a mi me ha aportado accion y suspense, un cambio de resgistro en mis últimas lecturas que agradexco.

    Un Saludo!

  5. Coincido plenamente con tu reseña, la cual me ha encantado.
    Esta novela es compleja y parece que el comienzo de un largo periplo. Me costó hacerme al ritmo, pero después no pasaba un día sin que me persiguieran las ganas de retomar la lectura :-)
    Gracias por indicarnos la continuación de la saga (ocho!).
    Un saludo.

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