Carne muerta

La Línea Z de Dolmen sigue explotando el fenómeno zombi, ahora con la publicación de “Carne muerta”, la última novela (ex aequo) de David Mateo. Es una apuesta que no resulta tan sencilla como aparenta. Después de tantos volúmenes, es imprescindible ofrecer algo especial con cada nueva novela, un elemento diferenciador que evite la monotonía. Todo un reto, tanto para la editorial como para los autores.

El presente caso cumple con creces con este requisito, pero antes de pasar a analizarlo, vaya por delante una breve sinopsis.

El próximo 14 de noviembre se activará en todo el mundo un virus que, de un plumazo, provocará la muerte de la población masculina global. Todos y cada uno de los hombres, sin excepción, agonizarán entre estertores allí donde se encuentren. Pero eso no será lo peor, a los pocos días los cadáveres revivirán, transformados en zombis con una única obsesión, cazar y alimentarse de las confusas supervivientes, que intentan reconstruir una sociedad sin futuro de entre las ruinas dejadas por lo que pasará a conocerse como el Día del Olvido.

A partir de esta premisa, la historia se desarrolla por medio de grandes bloques narrativos, concernientes mayoritariamente a dos líneas dramáticas (con algunas digresiones a modo de prólogo ampliado y epílogo-teaser). En una de ellas acompañamos a María, novicia de un convento de clausura en los montes leoneses que un mes después de la catástrofe, desconocida por las religiosas, es asaltado por una horda de muertos vivientes (nada de zombis lentos, sino bestias salvajes, inmunes a cualquier trauma físico salvo la destrucción del cerebro, con instinto predador).

El otro hilo argumental atañe a la doctora Joana, ignorante también de los acontecimientos al encontrarse encarcelada por causa de experimentos reproductivos ilícitos, que es reclutada a la fuerza por el nuevo gobierno nacional, constituido en Valencia (o lo que queda de Valencia). La presidenta, de lo que es una dictadura militar en la práctica, necesita su concurso para una misión en Madrid, una ciudad devastada por completo, donde revividos, campamentos de refugiadas, organizaciones anarquistas y sectas aún más extremas tratan de sobrevivir, y quizás alcanzar algún objetivo inconfesable, en medio de un auténtico infierno en la Tierra.

Podría pensarse a priori que la originalidad de la propuesta estriba únicamente en el sexo de zombis y supervivientes, sin embargo hay más, un esfuerzo consciente por apartarse de muchos de los tópicos del género (sin rupturismos innecesarios), consolidados principalmente por la visión cinematográfica del muerto viviente en películas de presupuesto limitado. Así pues, la novela, sobre todo por lo que se refiere a la odisea de María, recupera el terror sin ambages, algo que se ha perdido en gran medida en favor de la acción (al fin y al cabo, los supervivientes son héroes, y en su triunfo, aunque sea temporal, reside precisamente su ineficacia como protagonistas de una novela de horror). Es un terror que surge no sólo de los resucitados, sino también, como ya es imperativo, de los actos de otras mujeres. Lo distintivo aquí es el grado de intensidad.

En cuanto a la segunda rama, ahí se deja un poco de lado la faceta terrorífica para optar por la acción en plan postapocalíptico. Eso sí, sin cortapisas presupuestarias (evidentemente, en literatura no debería haberlas, pero a la hora de la verdad muchas veces puede más la presión de las expectativas que la libertad imaginativa). Así pues, acompañando al comando en donde se integra una renuente Joana, somos testigos de escenarios catastróficos extremos, batallas contra muertos (que, por necesidad argumental, no soportan la luz del Sol; de lo contrario no habría supervivientes ni esperanza alguna de derrotarlos) y vivas (¿Dejar de lado las diferencias? ¿Condescendencia hacia el “sexo débil”? ¡No!), depravación, fanatismo…

El estilo es grandilocuente y extremadamente dinámico. La metáfora cinematográfica se le ajusta a la perfección, pero tiene que ser una superproducción, de ésas que cuestan un par de cientos de millones. Al igual que en ellas, la verosimilitud de las escenas se tensa a veces en demasía y hay una enorme querencia por la espectacularidad. Pero qué caramba, para quedarnos con medias tintas ya están las últimas pelis de Romero.

Por añadidura, los elementos escogidos imponen una serie de sublecturas de obligada exploración. Por un lado, tenemos un evidente reflejo magnificado de la violencia de género, que se hace aún más patente por cuanto que algunas de las protagonistas (María, por ejemplo) lo han sufrido en sus carnes. También hay reflexiones sobre ciencia (pequeña matización: ciertos tipos de virus tienen un gran potencial mutagénico, no es una propiedad insólita) y religión, así como sobre la complementariedad necesaria de los dos géneros, truncada salvajemente el Día del Olvido. Por último, no se esquivan los paralelismos con la Guerra Civil, al establecer dos bandos armados herederos ideológicos de los contendientes del 31.

Estas sublecturas, sin embargo, suelen quedarse muy en la superficie, sin profundizar apenas más allá del planteamiento. Quizás falte un enfoque potente y una línea filosófica bien establecida de antemano. Esta dispersión también afecta en cierta medida a la estructura del libro, que en la práctica funciona como dos novelas entrelazadas (y algunos capítulos sueltos), que comparten escenario y poco más. La percepción se debe en parte a que nos encontramos ante una historia incompleta (al final quedamos emplazados para la resolución, donde conoceremos, por ejemplo, el origen e intención de la epidemia), pero tengo que juzgarla como libro aislado, y ahí he de reafirmarme en mi impresión de cierta desconexión.

Salvado este escollo (y algún que otro errorcillo recurrente), sin embargo, la narración es potente y absorvente. Cada línea argumental cumple a la perfección con sus objetivos primarios y con su orientación (terror y acción). “Carne muerta” supone una lectura muy dinámica, casi sensorial (no sólo visual, como convendrá cualquiera que haya descendido al sótano de Doña Lambra), con suficiente textura para transformar la historia en algo más que una sucesión de escenas hábilmente punteadas con clímax y cliffhangers (aunque, como ya he indicado, no pretende ahondar en ella ni realizar un análisis introspectivo) y arrastrar al lector al fin del mundo (y seguir un poco más allá).

Agradezco a Dolmen Editorial el envío de un ejemplar de “Carne muerta” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en mayo 11, 2011.

Una respuesta to “Carne muerta”

  1. Una gran reseña xD

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