Los siervos de ISSSCO

En 1980, tras 11 números, terminó la aventura editorial de Albia Ficción, una iniciativa que buscó impulsar la ciencia ficción española más allá del dominio de los bolsilibros. Entre el primer volumen, “Los aborígenes de Andrómeda” (Kalikatres, 1978) y el último, “Los siervos de ISSSCO” (Guillermo Solana), tuvieron cabida otras tres novelas de autoría nacional: “La caída del Imperio Galáctico” de Carlos Saiz Cidoncha, “El señor de la rueda” de Gabriel Bermúdez Castillo y “Babel Dos” de Juan José Plans. Tuvieron que pasar más de dos lustros para que otra colección (Futurópolis, de Miraguano) volviera a apostar tan decididamente por los autores patrios.

Guillermo Solana (1930-2004) fue un periodista, que trabajó en la “Gaceta Ilustrada”, “Cambio 16”, “Informaciones” y la agencia EFE (donde ejerció como subdirector de Internacional, puesto que ocupaba cuando se publicó “Los siervos de ISSSCO”). De su relación con el fantástico puede hablarse de un puñado de cuentos, publicados entre 1969 y 1972 en una serie de antologías españolas de ciencia ficción, así como de su labor como traductor, que se desarrolló principalmente entre 1982 y 1992, en el campo de la novela juvenil, de la que destacaría la traducción de “El rey de Katoren“. Hasta donde he podido averiguar, la que nos ocupa fue su única novela (sea de ciencia ficción o no), aunque firmó otros libros en el campo del ensayo.

Como algunos de sus compañeros de editorial, su propuesta, de acuerdo con el signo de los tiempos, se decanta por la especulación política/social. La ISSSCO (International Sky, Sun and Sea Company) es una empresa multinacional que monopoliza la industria del ocio en un futuro indeterminado, en el que parte de la humanidad (los países ricos, claro) disponen de más tiempo libre que nunca. Su extensión y su poder son tan grandes que hace y deshace a su antojo, sin preocuparse en exceso por la legalidad y en absoluto por la moralidad.

Entre sus instalaciones, resultan de especial importancia los hogares aborígenes, reservas diseñadas para recrear artificialmente la “auténtica” esencia de diversas culturas en diversos momentos históricos cuidadosamente seleccionados. Así pues, existen desde hogares que emulan el Antiguo Egipto hasta campos de aviación de la Lutwaffe, pasando por comunidades “puramente” watutsi, del japón feudal, vaqueros del oeste o medievales. Acerbo cultural prefabicado, enlatado y en venta a un módico precio. El único problema reside en el mantenimiento de la mano de obra, lo que se logra mediante un estatus legal que, en la práctiva, convierte a los aborígenes (y a todos sus descendientes) en siervos de la ISSSCO, con derechos reducidos y sin posibilidad de romper unilateralmente la relación contractual.

Al menos un par de generaciones han pasado bajo este sistema, y las nuevas generaciones de aborígenes no están dispuestas a seguir sometidas por que, en el pasado lejano, algún ancestro se vio abocado (por pura desesperación) a firmar un pacto mefistofélico. Así pues, se organiza un movimiento de resistencia, dispuesto a lo que haga falta con tal de sentar a la ISSSCO en la mesa de negociaciones. Sólo que la ISSSCO no negocia. Jamás.

La novela se organiza en torno a capítulos más o menos independientes, con protagonistas diversos (entre los que destacan un puñado de recurrentes), que escenifican la lucha de los hogares aborígenes contra la multinacional, un ogro de recursos prácticamente infinitos al que no le tiembla la mano cuando toca subir las apuestas. Cada uno de ellos se inicia con una breve nota de prensa (a modo de agencia de noticias), cuyo contenido más o menos aséptico cobra auténtica relevancia al narrar el episodio de revolución y represión que genera.

La ISSSCO se nos presenta siempre como un ente movido exclusivamente por la avaricia, capaz de cualquier infamia con tal de mantener su poder. Los directivos y empleados de alto rango con que nos encontramos son una buena muestra de personajes egoístas, cuya única preocupación (y en última instancia motivo de caída, pues a la postre la empresa es mucho más que el conjunto de individuos) es el bienestar personal. En cuanto a los rebeldes aborígenes, aunque existe una corriente moderada, pronto los exaltados, liderados por Miguel Gori, se hacen con el control y no dudan en emplear métodos terrorristas, cada vez más violentos, con tal de lograr su propósito.

Como se puede apreciar, el planteamiento es intrigante, y presenta varios frentes dignos de estudio. Sin embargo, por diversos motivos, no acaba de alcanzar todo su potencial. Para empezar, la estructura resulta confusa. Cada capítulo presenta continuas digresiones, en las que se nos narran con meticulosidad los antecedentes o el destino de tal o cual personaje, haciendo que el foco de atención oscile sin control. Tampoco en el entramado general se aprecia una subestructura bien planificada. La mayor parte de los protagonistas desaparecen antes de haber podido desarrollar un arco dramático, e incluso los más ubicuos acaban por carecer de una conclusión satisfactoria. En otras palabras, las piezas no acaban de encajar, por lo que la novela nunca llega a superar su condición de episódica.

Otra fuente de insatisfacción reside en la terrible seriedad con que se aborda la obra. Por supuesto, la historia poco tiene de festiva. En ningún momento se aprecia el menor atisbo de esperanza. Sea cual sea el resultado final de la lucha de voluntades, el futuro es igual de negro (una opresión sin fin o un sendero de sangre). Por otro lado, la documentación se aprecia abundante, y las especulaciones se asientan firmemente en el reverso oscuro del capitalismo (versión finales de los 70). Sin embargo, esto no debería estar necesariamente reñido con ciertos momentos de ligereza, y, en caso de faltar, es necesario compensarlo de algún modo. El análisis de causas y consecuencias se queda justo en la superficie, sin llegar a profundizar, ni siquiera a definir con claridad las tesis que presenta. La ambigüedad puede ser una virtud, pero aquí da la impresión de provenir de una reflexión truncada antes de haber producido frutos satisfactorios para el propio autor, tal vez por haberse dejado arrastrar hasta una disyuntiva irresoluble (que, de hecho, no resuelve).

Quizás Miguel Gori, el revolucionario, acabó apropiándose de la historia con la misma despiadada voluntad con que inclina la naturaleza del conflicto hacia el extremismo.

Por temática, esta obra ha sido comparada en ocasiones con “Mercaderes del espacio” (Frederik Pohl y Cyril Korbluth, 1953). A mí, por el contrario, me ha recordado poderosamente otra obra de Pohl, casi contemporánea con “Los siervos de ISSSCO”: “The cool war” (1981). Dicha obra (en tres actos) presenta unos personajes y situaciones mejor definidos y un mejor uso de la parafernalia propia de la ciencia ficción (algo debía de notarse la experiencia). Eso sí, peca de justo lo contrario, un exceso de ligereza que la torna poco menos que irrelevante. Al menos Guillermo Solana intentó producir una novela significativa. Si no lo consiguió por completo, quizás se deba a que el dilema que aflora, la delimitación precisa de cuándo los medios dejan de estar justificados por un fin loable y es preferible cejar en el empeño y arrostrar las consecuencias del fracaso, se encuentra más allá de nuestra capacidad resolución.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en abril 21, 2011.

7 comentarios to “Los siervos de ISSSCO”

  1. ¿Dos décadas? En el 91 Miraguano empezó a apostar por los autores españoles. Y ya antes, a mediados-finales de los ochenta, Ultramar apostó por los que había: Redal y Aguilera, Torres Quesada, Jordi Serra y Fabra, Domingo Santos y yo mismo.

  2. En Albia Ficción fueron cinco de once, y de éstos, dos con su primera novela (la más difícil de vender).

    En ese sentido, fue un proyecto singular (al igual que Nueva Dimensión en el campo del relato, e incluso con la publicación aislada de alguna novela como los Dioses de Quesada; por desgracia por entonces ya le quedaba poco recorrido).

    Admito, sin embargo, que Miraguano, entre el 92 y el 96, sí que se volcó en los autores españoles (no tenía bien controlada la colección Futurópolis). ¿Lo dejamos reducido entonces a doce años? (con otro buen lapso después). Sigue siendo mucho tiempo.

    (Ya lo he corregido en la entrada, ahora son “más de dos lustros”, porque los títulos españoles de Ultramar, aun siendo significativos, representaron un porcentaje más pequeño dentro de la colección).

  3. OK. Pero Ultramar fue el principio del miniboom y el reconocimiento: la trilogía Las islas del infierno y Mundos en el abismo.

    Nueva Dimensión, a la que tenemos tan mitificada, apenas publicó autores españoles hasta el número 119 y de ahí hasta el final de la colección

  4. que interesante la historia de la c/f española en general y la de la publicacion Nueva dimension en particular, has tratado estos temas en el blog?
    Por cierto que tal estan esas sagas que menciona Rafael Marin? La de Mundos en el abismo de Jose Miguel Aguilera y Javier Redal(creo que se llaman asi) es mas bien hard s/f, no?

  5. No, no lo he hecho. No sé lo suficiente. De Nueva Dimensión, por ejemplo, sólo poseo una treintena de ejemplares. Es triste, pero resulta mucho más fácil rastrear la producción extranjera (al menos la publicada en España).

    Respecto a los libros que menciona Rafa Marín, estaría efectivamente el inicio de la saga de Akasa-Puspa (“Mundos en el abismo” e “Hijos e la eternidad”), de Aguilera y Redal, de lo mejorcito que se ha escrito en ciencia ficción en castellano jamás. Tiene un enfoque hard, pero también un sabor muy de space opera (la elección del ambiente propicia la mezcla). Mucho después publicaron la versión original en un libro único (“Mundos en la eternidad”) en Sirius, y Aguilera una continuación en Bibliópolis (“Mundos y demonios”). Es recomendable optar por leer en orden estos dos últimos.

    La otra saga sería la de las Islas de Ángel Torres Quesada (“Las islas del infierno”, “Las islas del paraíso” y “Las islas de la guerra”), también muy recomendable. Una mezcla entre space opera y planet opera que inspiró una segunda trilogía truncada en Miraguano (sólo llegó a publicarse el primer tomo, “Wiharga”). La trilogía original fue reeditada por Timun Mas en el 2002.

    En cuanto a los libros independientes, estaría la antología “Unicornios sin cabeza” que recopila varios relatos (y una novela corta, “Nunca digas buenas noches a un extraño”) de Rafa Marín (publicados originalmente la mayor parte en los años 80 en Nueva Dimensión y en diferentes fanzines).

    Los otros libros de autor español serían “Hacedor de Mundos” de Domingo Santos y “Edad: 143 años” de Jordi Sierra y Fabra, que no he leído.

  6. El estilo en esa saga de Angel Torres Quesada es mas elaborado que en la de El orden estelar? La trilogia de los dioses de este autor la has leido?
    En su dia me hice con Unicornios sin cabeza y Hacedor de mundos, muy interesantes los dos, por cierto en EDHASA Nebulae habia aparecido con anterioridad una magnifica antologia de Domingo Santos Futuro imperfecto, muy recomendable, al igual que su novela Gabriel, he leido la version Gabriel revisitado, en una coleccion de clasicos de c/f para kiosko que saco Planeta hacia el 2005-2006, Domingo Santos es para mi un muy buen escritor de c/f eso si, como traductor… ejem…

  7. Sí, es más elaborado (aunque siempre dentro de un estilo muy directo). El Orden Estelar, al fin y al cabo, proviene de una colección de bolsilibros, y ni los plazos ni el formato daban para muchas florituras. En cuanto a los dioses, leí “Dios de Dhrule” y “Dios de Kerlhe” en su edición original en Nueva Dimensión… y no me dejó con ganas de saber cómo terminaba (aunque tengo la trilogía completa).

    En cuanto a Domingo Santos, lo cierto es que apenas he leído nada de él (lo sé, es una grave carencia). Tan sólo “La soledad de la máquina” (por ahí anda la crítica) y algunos cuentos en ND.

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