Las graves planicies

Tras reseñar las obras que han inaugurado las colecciones Penumbra (dedicada al terror) y Tangentes (de género impreciso) de Grupo Editorial AJEC, toca el turno de echar un buen vistazo a Arrakis Ficción, el sello que acogerá la ciencia ficción. Como presentación en sociedad, tenemos “Las graves planicies”, la segunda novela de Antonio Santos, finalista del premio Minotauro 2009 (junto con “La ciudad oscura”, de Ángel Torres Quesada, de próxima aparición en la misma colección). Bastante se ha escrito ya sobre las circunstancias que rodearon dicha edición, que “ganó” Fernando J. López del Oso por “El templo de la Luna”, así que no voy a reincidir en el tema (quien deseé saber, que busque), centrándome en la novela que ha llegado ahora a las tiendas.

“Las graves planicies” es, y hace gala de ello, un homenaje a la ciencia ficción pulp más clásica, en concreto al Planet Opera (o Planetary Romance) popularizado por Edgar Rice Burroughs en su ciclo de Barsoom (llegando a introducir, a modo de broma interna, desde giros idiomáticos extraños hasta deliberados “errores de traducción”, incluyendo con toda probabilidad el que da a la obra tan peculiar título). Al mismo tiempo, consciente de la evolución en las sensibilidades de los lectores desde los ya lejanos tiempos en que John Carter combatía en un Marte que, tal y como nos han mostrado las sondas, nunca fue, se intercalan en la historia (narrada, como toca, en primera persona) breves comentarios desmitificadores, que revelan al “héroe” como un mentiroso de tomo y lomo, vacuo, cobarde y engreído hasta alcanzar el ridículo (del que, por supuesto, no es consciente).

Con todo, no debe entenderse que en “Las graves planicies” no hay auténticos héroes. Más bien al contrario, en Marsoon (nombre con que queda bautizado el mundo) abundan los personajes heroicos. Debido a un efecto que no llega a explicarse, en sus llanuras aparecen de tanto en tanto objetos y personajes propios de innumerables historias, de quienes en el resto de universos tan sólo se percibe el eco, recogido e interpretado por escritores para componer sus “ficciones”. Todos los grandes personajes, cuando su fama declina, en vez de esfumarse en el olvido se ven transportados por un poder ignoto a las graves planicies, donde sus gestas seguirán siendo capaces de acelerar el pulso y encender la imaginación.

Este planteamiento, sin embargo, parece fallar cuando es Alex, un gigoló sin más motivación que el culto al cuerpo (propio, esculpido a base de gimnasio, y ajeno, de cualquier hembra de buen ver o buen poder que se ponga a tiro), quien aparece un día tendido en pelotas sobre el suelo alfombrado de musgo de las llanuras de Marsoon. Allí, en virtud de una gravedad menor a la terrestre, su fuerza y agilidad alcanzan cotas sobrehumanas, mas, como él mismo repite con insistencia, lo suyo es el amor, no la guerra, así que pronto choca con la brutal realidad de un mundo en que la guerra se respira en el ambiente.

Por pura chiripa acaba siendo puesto en manos de Max, un personaje hosco, misántropo hasta lo patológico, único superviviente de un mundo asolado por armas T, mucho más destructivas que las nucleares (extraído, a su vez, de la novela corta “Factoría Cinco”, con la que el autor obtuvo una mención en el premio UPC 2003), quien lo conduce en su tanque hasta Caer Hidalgo, la ciudad fundada por los “extranjeros” y gobernada por el más imponente de ellos, Doc Sav. Por el camino, sin embargo, son testigos de la captura de la princesa Idris Coriolis, del pueblo autóctono de los yohlis (“cobres” de forma despectiva), por parte de una horda de rossum (“caquis”), unos altísimos seres inhumanos, equipados con cuatro brazos y rasgos insectoides, comandanos nada menos que por un extranjero del que emana la malevolencia de forma casi palpable.

Desde aquí, la trama evoluciona de forma bastante predecible, siguiendo el esquema básico de “Una princesa de Marte”, de Burroughs, con Alex empeñado en impulsar el rescate de Idris Coriolis, de quien se ha “enamorado” hasta el tuétano (vamos, que no puede dejar de pensar en beneficiársela). Su narración es apropiadamente exaltadora, y sus aventuras dignas de John Carter o cualquier otro personaje mítico, aunque de tanto en tanto, entre corchetes, comenta la no tan laudatoria verdad subyacente a sus baladronadas. A su alrededor, los auténticos héroes se esfuerzan, sangran e incluso mueren por defender sus principios y alcanzar, quizás, la paz con sus extremadamente racistas vecinos.

De todos ellos destaca, por supuesto, Doc Sav, modelado a imagen y semejanza (¿o será al revés?) de Doc Savage, el Hombre de Bronce, protagonista de uno de los más exitosos seriales pulp de los años 30 y 40, obra (mayoritaria) de Lester Dent. Doc Sav es el epítome de Ser Humano; fuerte, atlético, sabio, compasivo, justo, insuperable en tiempos de paz y de guerra y auténtico protagonista en la sombra de la novela (a pesar del filtro como narrador de escasa credibilidad de Alex). En contraposición, tenemos a Max, un hombre cuya alma está marcada por cicatrices terribles y que alberga en su interior un rencor inaplacable (que, a la postre, no le impide actuar honorablemente, aunque sea a regañadientes).

En el bando contrario destacan el Vârcolac Forson, el maligno extranjero, llegado a Marsoon no como los demás, sino por mediación de unos funestos monolitos negros, y Herida de Muerte, tirano de todos los caquis por más de un milenio. Forson es el típico contrincante pulp, malévolo más allá de toda medida y posibilidad de redención, mientras que el rossum es un poco más complejo (aunque la evolución de los acontecimientos no le ofrece demasiadas ocasiones para probarlo).

Las influencias de la obra son claras, y el propio autor se ocupa de esclarecerlas, expresando su reconocimiento por cuatro autores en particular: Philip José Farmer, Burroughs, Dent y H.G. Wells. Dos de ellos no requieren más explicación. En cuanto a Farmer, la conexión es clara, tanto por el concepto de los héroes apareciendo en un planeta (muy similar al de la saga de Mundo Río), como por el de la Wold Newton Family (que ya he comentado en alguna otra ocasión, y que se materializó, por ejemplo, en una biografía sobre el “auténtico” Doc Savage (“Doc Savage: his apocalyptic life”). En cuanto a Wells, las referencias quedan un poco más diluidas (por la orientación eminentemente pulp de la obra), aunque algunos paralelismos son observables (ylohis/elois, rossum/morlocks, con una morfología similar a los selenitas de “Los primeros hombres en la Luna“).

En el apartado dramático, la necesidad de ceñirse a un arco de inspiración barsoomita vuelve en ocasiones el devenir de los acontecimientos demasiado predecible, y, al igual que pasa con el Mundo del Río, el concepto de reunir a todos los grandes héroes (o su inspiración real) da la impresión de quedar muy infrautilizado (cabe recordar que todos ellos son acreedores de hazañas mayores que la vida misma). Resulta entretenido tratar de identificar todas las referencias, pero, una vez identificados los “originales” en cuestión, su papel se antoja demasiado ínfimo (en particular si cuentan con nuestra particular devoción).

Estos problemillas los solventa el autor a base de una narración vigorosa, que busca reeditar, incluso minando filosóficamente su maniqueísmo sin fisuras, el sentimiento de maravilla y la aventura pura destilada de sus modelos literarios. El contrapeso de la desvergonzada doblez de Alex, así como del cinismo pesimista de Max, bastan para anclar la historia, ofreciendo la posibilidad de disfrutar de la aventura y, al mismo tiempo, subvertirla, consiguiendo en el proceso acrecentar paradójicamente la altura moral y heroica de Doc Sav (pese a determinados detalles, extraídos directamente de su corpus ficticio, que hoy en día se antojan cuanto menos políticamente incorrectos).

Se trata de una lectura que me atrevería a calificar casi como de post-postmoderna. Sí, la realidad es muy perra, y quizás no quepa esperar caballeros de brillante armadura y lanza enhiesta (otras cosas sí), pero, pese a todo, el ideal existe, y sigue siendo un modelo válido al que aspirar a aproximarse, imperfecciones y todo (en ese sentido, no es difícil identificarse con Max, sobre todo si también posees cierta venilla misántropa).

“Las graves planicies” es la primera novela de una proyectada saga (“Los Postépicos”), aunque resulta totalmente autoconclusiva (e incluso la peculiaridad del narrador hace probable que las próximas entregas presenten un tono muy diferente).

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “Las graves planicies” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 15, 2011.

4 comentarios to “Las graves planicies”

  1. Interesante. La verdad es que me has dejado con ganas de leer el libro. Desde luego, si el experimento está bien llevado (y, por lo que se deduce de tu reseña, parece que, en general, así es) puede ser una auténtica gozada para el paladar adecuado.

    • Lo que más me gusta en la producción de ciencia ficción española de los dos o tres últimos años es la diversidad de propuestas, apropiadas para paladares de todo tipo. Y teniendo unos gustos más o menos amplios, ya ni te cuento.

      Lástima que siga pesando más en la decisión de echarle un tiento a determinados títulos el origen del apellido del autor que el género a que se adscriben o las temáticas que tocan.

  2. Deseo expresar mi gratitud por tan prolija, justa y acertada reseña, a su autor. Me complace haber construido una fábula a la que se le pueden destacar tantos valores. En cuanto a Rudy, o a todo eventual lector, le invito a visitar mi blog: http://unahistoriadelafrontera.blogspot.com/
    para obtener más detalles al respecto. Gracias, una vez más.

  3. […] Mars ha reseñado en Rescepto indablog Las graves planicies, de Antonio Santos, Asesinato en el club nudista, de Roberto Malo y la película de Steven […]

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