AI: Inteligencia artificial

Pocas películas han sido tan universalmente infravaloradas como “Inteligencia Artificial” (Steven Spielberg, 2001), una de las mejores películas de ciencia ficción jamás rodadas. Esta opinión no cuenta con demasiados valedores, así que se impone una reivindicación. No sé si podré convenceros o no de la pertinencia de mi aseveración, pero tengo que intentarlo.

No sé por qué, los aficionados a la ciencia ficción se han negado a ver ninguna profundidad en ella. Al parecer, una película de cifi, para ser digna de defensa, debe ser incomprensible o poco menos, y ya no digamos si además resulta popular entre las masas… “Inteligencia Artificial”, no fue exactamente exitosa, pero, a mi entender, fue víctima de un prejuicio similar: Spielberg+niño=peli sensiblona+final feliz traído por los pelos. Nada más lejos de la realidad; E.T. tuvo su momento de gloria hace casi treinta años. El director (y también el público) ha evolucionado desde entonces.

“Inteligencia Artificial” plantea un discurso a varios niveles. Por un lado está el simple periplo de su protagonista, que sigue un arco dramático clásico de pérdida y restauración. Bajo esta superficie, plantea un tema de mayor trascendencia: lo que significa ser humano; para a continuación elevar la apuesta metafísica, examinando la posibilidad de una evolución transhumana inorgánica, basada exclusivamente en un legado inmaterial. No se trata siquiera de una herencia memética, sino de la esencia misma de la inteligencia humana (de los procesos mentales que nos caracterizan), que Spielberg identifica con la empatía y la creatividad, el amor y la imaginación.

¿Qué es pues “Inteligencia Artificial”? La plasmación en imágenes de un momento crucial en la evolución de la vida. El surgimiento de algo nuevo que reemplazará (o mejor, dará el relevo) a la humanidad. Pero mejor vamos poco a poco.

La película nos narra en sus dos primeras secciones los porqués y el cómo de un avance cualitativo en el campo de la inteligencia artificial, dedicando el tercer segmento a exponer las consecuencias (que no tienen nada que ver con el propósito inicial).

Tenemos al profesor Hobby, magnate (y genio) de la robótica, dispuesto a ofrecer un robot capaz de brindar amor a un mundo en decadencia, a los Swinton, una joven pareja traumatizada por la pérdida de un hijo, y por último al propio David, una máquina programada para experimentar la más humana de las sensaciones. Superficialmente, podría entenderse la historia como: inventor excéntrico crea robot bueno; familia de acogida lo acepta hasta que el niño “de verdad” despierta; robot bueno y abandonado se busca la vida para llenar el vacío que está programado para sentir; se descubre que las razones del inventor no eran tan desinteresadas; final innecesariamente largo y rocamboléscamente manipulativo… feliz, por supuesto. Para eso sobraba con el microcuento de Aldiss, que en realidad se ocupa sólo de la parte de la familia… y no demasiado (más que una adaptación. IA es la cristalización de una serie de reflexiones suscitadas por el texto).

He aquí otra posible interpretación:

El profesor Hobby se enfrenta al vacío generado por la pérdida de un hijo diseñando un “sustituto”. Sin embargo, para probar su idoneidad escoge otra familia deshecha y se reserva el papel de observador. Pese a las reticencias iniciales, la madre adoptiva acaba aceptando al robot, David, como a un hijo (su marido es un elemento sin trascendencia ya que nunca ve la situación como más que una posibilidad de promoción; el verdadero padre es Hobby). Sin embargo, cuando el niño “real” despierta del coma en que está sumido y se producen los típicos roces (por celos), queda de manifiesto que no son capaces de aceptar a David como a otro hijo. Siempre será una máquina. Así que deciden devolverlo a la empresa. Desgraciadamente, ya ha sido improntado (condicionado para amar a Monica, la madre, y ser amado por ella), por lo que su único destino es el desguace. La mujer se siente lo suficientemente unida a él como para negarse a este destino, decidiendo en su lugar abandonarlo en el bosque (un recurso muy propio de los cuentos de hadas).

David, cuyo único objetivo en la vida es amar a Monica, se encuentra perdido e inicia la búsqueda de su madre, sin importarle lo dificultosa que pueda ser esta empresa.

Por el camino se encuentra con Gigolo Joe, un robot fugitivo, diseñado para proporcionar placer sexual (amor físico). Joe, por entendernos, pertenece a la generación anterior de robots. Es capaz de proporcionar un simulacro de amor, pero no lo necesita. No es capaz de trascender su programación original. No es, por tanto, humano. David, por el contrario, tras la impronta, ha avanzado a otro nivel. La experiencia de dar y recibir amor le ha hecho perceptivo a toda una serie de emociones y capacidades puramente humanas, entre ellas la de creer en lo ilógico y luchar por que se materialice.

Gigolo Joe y David sufren toda una serie de penalidades hasta que el niño se encuentra cara a cara con su creador, derivadas básicamente del rechazo por parte de los hombres (el fragmento de la Feria de la Carne es quizás el menos logrado; posiblemente Kubrik lo hubiera acertado más… aunque luego no hubiera podido dotar al resto de la película del sentimiento que requiere). Se trata de un rechazo instintivo, basado en el miedo ante lo nuevo (el miedo a ser reemplazados). También el profesor Hobby, una vez completado el “experimento”, se echa atrás renunciando aterrado a su autoengaño (al descubrir que encierra más verdad de la que jamás pretendió), negándose a aceptarlo como a nada más que una máquina. Este golpe conduce a David a un suicidio simbólico, seguido de un renacer bastante literal. Aunque para comprender la relevancia del tercer acto, conviene retroceder un poco y poner de manifiesto los principales pasos del proceso de humanización del robot (es decir, seguir la senda de Pinocho).

Al parecer, lo que más repelía a Aldiss de todo el asunto de la “adaptación” era la fijación de Spielberg/Kubrick con Pinocho. Sin embargo, la película no tendría sentido sin el paralelismo que se establece con dicho cuento. Desde el momento en que lo escucha, el objetivo de David es convertirse en un niño de verdad. Todo lo que sigue es un proceso de humanización; no material (a lo Andrew Martin de “El hombre bicentenario”, el relato, por supuesto), sino espiritual (a falta de un término mejor). La capacidad de David de perseguir un sueño lo diferencia de todos los robots que existieron antes que él; es la puerta abierta no sólo a los sentimientos, sino también a la imaginación, la creatividad… en una palabra, a la humanidad.

Bueno, no exactamente, porque al igual que David representa un paso adelante respecto a todos los robots anteriores y los convierte en obsoletos (Gigolo Joe exclama cuando lo capturan: “Recuerda que yo soy. Yo fui”), también supone un paso adelante respecto al hombre, ya que por diseño ha obtenido sus mejores virtudes, pero libre de sus peores defectos. La incondicionalidad de su amor lo convierte desde un punto de vista ético en superior a todos los humanos con los que interactúa, e igualmente su capacidad de creer (con todo lo que ello conlleva respecto a potencialidad) también es superior (estremecedora la secuencia en que pide una y otra vez, sin perder jamás un ápice de esperanza, que el Hada Azul lo haga humano).

Llegamos pues al tercer y último acto. La Tierra es un mundo glacial. Los hombres y todas sus obras no son más que recuerdos imprecisos. Sólo sobrevive una generación avanzadísima de robots, los “descendientes” del proyecto David. Mas no constituyen únicamente la descendencia de los androides primitivos, sino que son también los hijos del hombre, el legado de la humanidad, el eco de nuestro “recuerda que una vez fui”.

Eso es precisamente lo que ansían: recordar. Sus preguntas, en patente demostración de nuestra “paternidad”, son parecidas a las nuestras: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Esa curiosidad, esas inquietudes, nacieron el día que Monica, como madre primordial, grabó su impronta de amor en David (el término no está escogido al azar, lo popularizó el premio Nobel Konrad Lorenz refiriéndose al modo en que los animales recién nacidos “memorizan” a sus padres). El descubrimiento de David congelado les permite encontrar una respuesta, aunque sea parcial.

En cuanto a los seres humanos, su destino es agridulce. Todo ser vivo está condenado a morir y desaparecer, pero al menos parte de nosotros permanecerá en estos hijos (aquí podemos entroncar con obras como “El fin de la infancia” de Clarke o “Más que humano” de Sturgeon, aunque llevadas un paso más lejos).

Y David… bueno, David es el protagonista, y al final obtiene su recompensa, el tan criticado final feliz. Pero, ¿realmente es tan feliz? O, mejor expresado, ¿realmente es eso lo que importa?

No, lo significativo es que David completa su viaje. Su voluntad se impone al temor de Monica, al rechazo de su creador y al fin mismo del mundo que conoció. Su capacidad de creer sin límites y esforzarse también sin límites por hacer realidad sus sueños obtiene al final su recompensa. Cierto, podría haber quedado más “realista” de no hacerlo, pero no hay que olvidar que toda la historia es un cuento. Los cuentos no son realistas. Simbólicos, arquetípicos, didácticos sí, pero no realistas. La humanidad y su descendencia han completado su ciclo, los grandes temas ya han sido abordados, es hora de ofrecer una insignificante (e inconsecuente) satisfacción al héroe de la historia (que no lo es tal en sentido estricto, sino más bien un precursor, un paradigma).

David lleva a su culminación no uno, sino dos cuentos separados. Por una parte, su identificación como Pinocho, encontrando el Hada Azul (y humanizándose en el proceso), por otro, el engaño de su “hermano” envidioso, que le augura que si corta un mechón del pelo de Monica conquistará su amor. Al final, una Monica recreada a partir del mechón, libre de las preocupaciones y los prejuicios que le impidieron amar sin reservas a un hijo robot, puede concederle lo que más ansia, puede llenar por fin su vacío. A partir de entonces, ya nada importa, su existencia ha alcanzado la culminación, el cuento ha concluido y no hay perdices por siempre jamás, porque ya no resta nada por obtener.

La historia de David ha concluido. La historia de la humanidad ha concluido. Sólo quedan nuestros “hijos”, los encargados de mantener vivo nuestro legado más importante: unos procesos cognitivos únicos, una forma de pensar característica, una inteligencia ¿artificial? El final, por tanto, sí es feliz, pero no para ninguno de sus protagonistas. Para ellos, para nosotros, es simplemente el final.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 12, 2011.

12 comentarios to “AI: Inteligencia artificial”

  1. La verdad es que de cuando en cuando estoy en desacuerdo contigo pero nada hacía presagiar esto (quizás las alabanzas a David Mateo). En mi opinión estás proyectando sobre una película que carece de contenido intelectual unas inquietudes que son tuyas y que están completamente ausentes en ella. Además, el hecho de que no fuera así no la convertiría ni en mejor ni en peor película, ni significaría que ese mensaje tiene alguna profundidad.

    Es como si yo digo que I.A. trata sobre la imperfección de los sistemas políticos, o sobre la búsqueda de la identidad de los homosexuales. Está claro que podría tratar de forzar todo tipo de paralelismos que a mí me parecieran muy convincentes, pero al final la pregunta es si eso está en la obra. A nivel de lecturas individuales, es mucho más convincente leer a David como un adoptado que al revelar su homosexualidad es expulsado de casa y termina muriendo en un callejón que como un transhumano pionero, y realmente no creo que I.A. trate lo más mínimo sobre la homosexualidad.

    Al final nos empeñamos en ver profundas reflexiones sobre la esencia humana en los productos industriales de entretenimiento de masas cuando, casi siempre, ni esas reflexiones son profundas ni tan siquiera están allí. Terminará siendo que “Todos esos recuerdos se perderán como lágrimas en la lluvia” es una reflexión profunda sobre el ser humano.

    Un saludo cordial :)

  2. Estar en desacuerdo de tanto en tanto es saludable (si no, daría bastante mal yuyu).

    Seguro que he proyectado algo. Casi por definición una obra de arte (entiéndase como categorización, sin ninguna connotación valorativa) supone un intercambio de información que no se completa sin la interpretación del receptor. De todas formas, no estoy solo en esto de defender “Inteligencia artificial”. Te paso un enlace muy interesante (y extenso) sobre los aspectos filosóficos de AI.

    (Por cierto, del resto de la obra de David Mateo no digo nada, porque apenas he leído unos pocos relatos sueltos… e incluso le rechazamos uno para Rescepto, el ezine, pero “Noches de sal” vale la pena).

  3. La obra es interesantísima.
    Recuerdo sobre todo la escena en el fondo del mar, esa plegaria a una figura de parque de atracciones, “A Coney Island of the Mind”, posmodernidad pura, lo sublime equiparado al kitsch…
    El tema emocional del niño puede interesar también, pero menos. Ahí hay algo local, de problemas familiares estadounidenses.

    Es esa reflexión sobre qué es lo humano.
    En realidad, la condición humana nos viene dada y no la hemos fabricado de ninguna manera. ¿Mediante robótica y genética? Spielberg ya supone que algo se le escapa.

  4. Gracias por el enlace, Sergio. También me animaré con el avance de “Noches de sal”.

  5. Coincido en que la película ha sido injustamente maltratada por los aficionados, y en buena parte del análisis.

    Sin embargo, me sobra la parte final de la película. Aún entendiendo que “filosóficamente” puede ser necesaria, narrativamente me deja descontento, y le resta garra dramática a la historia. Un final con el niño inmortal pidiéndole eternamente al hada lo que ésta no puede hacer (no es más que un trozo de madera pintada, al fin y al cabo) tendría mucha más fuerza. También, lógicamente sería mucho más desagarrador y desolador. Y sospecho (pero, bueno, no tiene por qué ser necesariamente cierto) que Spielberg no fue capaz de terminar la historia de ese modo.

    Ciertamente el final feliz es un falso final feliz, por otro lado. Al niño se le concede lo que quiere durante un día. ¿Y luego? Luego vuelve a estar solo durante toda la eternidad. Pero la forma en que todo eso está narrado hace que se pierda la carga emocional de ese horrible destino y nos quedemos con una falsa sensación de felicidad.

  6. En realidad, el final “ampliado” ya formaba parte de los últimos tratamientos de guión de Kubrick (aquí explican la larguísima preproducción). Narrativamente, es cierto que el final bajo el agua resulta emocionalmente impactante (y más con el temazo de John Williams), y podría haber concluido ahí sin problemas, pero ello, a mi entender, hubiera empobrecido mucho las sublecturas de la película, al carecer la mayor parte de los temas expuestos de cierre.

    En particular, hubiera contravenido la lógica interna de cuento de hadas, rompiendo los paralelismos con Pinocho (sí, sería más realista, pero ¿dónde está escrito que las fábulas deban ser realistas?).

    Por otra parte, el final (final, valga la redundancia) me parece igual de desgarrador que el episodio del hada. David, una vez realizado por completo, se desconecta junto con su “madre”. Creo, de hecho, que el narrador lo comenta. No se queda solo por toda la eternidad, sino que “decide” poner fin a su existencia (o cuanto menos a su consciencia), durmiéndose para no volver a despertar jamás.

    La sensación es reconfortante debido al sentimiento de realización, pero la epopeya de David (y por extensión la de la humanidad) concluye en la muerte.

  7. No recuerdo haber sentido ese final como “feliz”. Para mí fue triste, desolado. El niño-robot tiene que conformarse con una ilusión de felicidad, pues no pudo tener la auténtica. Y al final, igual debe morir porque la felicidad falsa durará aún menos que la verdadera.

    Yo sí recuerdo haber reflexionado en torno a lo humano y lo que ésto significa mientras miraba la película. Y nunca me pareció vacía, como algunos anti-Spielberg quisieron dar a entender. En lo que a mi respecta me pareció un trabajo más intelectual que la mayoría de sus películas de CF o fantasía.

  8. […] de Antonio Santos, Asesinato en el club nudista, de Roberto Malo y la película de Steven Spielberg AI. […]

  9. Coincido bastante y me alegra no ser de los pocos que han visto algo metafísico en esta película (no olvidemos que este guión tiene mucho kubrick).Sólo añadir que hay que agradecer a Spielberg que en algunas tomas rinda homenaje a Stanley, vg. colocando la cámara sobre las aristas entre el techo y la pared convirtiendo a la cámara en un mirón, que en realidad es lo que es el publico. Algún apunte sobre el final, no hay nada negativo, los mecas evolucionados muestran bondad y aquí esta la gran cuestión, la inteligencia va unida a la ética ! Es la respuesta a la pregunta más importante que nos podemos hacer. Observemos el paralelismo con 2001 donde tras el viaje espacial también se ha recreado un entorno que le resulté comprensible (estilo rococo ) donde presencia su propia agonía antes de dar lugar al nacimiento de un hombre nuevo representado por un feto de dimensión planetaria.

  10. A mí no hace falta que intentesa convencerme, porque “Inteligencia Artifcicial” es una de mis películas favoritas. Obviamente no es perfecta, Spielberg es como es y suele caer en sentimentalismos, pero en conjunto es un cuento futurista muy bien narrada y con un empaque visual formidable.

    • A Spielberg se le reconoce a menudo su capacidad para transmitir emociones. Sin embargo, por su trayectoria de superéxitos, no se tiene en consideración lo elaborado de la filosofía subyacente a muchas de sus películas. “Inteligencia Artificial” es un claro ejemplo, por no hablar de “Munich”. Incluso “Parque Jurásico” expone una tesis mucho más profunda de lo que aparenta (eso sí, se nota que “El mundo perdido” la rodó en piloto automático y casi por compromiso).

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