Los Eternos

Enmarcado en el actual esfuerzo de Grupo Editorial AJEC por clasificar sus lanzamientos futuros en colecciones de orientación más o menos definida, nos llega “Los Eternos”, de Rafael Avendaño, inaugurando el sello Tangentes, que estará dedicado precisamente a los títulos cuyas características los hacen difíciles de encuadrar en un género específico (o, dicho de otro modo y como el propio nombre sugiere, aquellos títulos que intersecan varios géneros, sin terminar de decantarse por ninguno).

Sin duda, se trata de un buen ejemplo de lo que puede depararnos esta colección, pues “Los Eternos” juega con elementos propios de la fantasía, la ciencia ficción y el terror, en una mezcla muy deudora de la literatura pulp… con un par de sorpresas que aliñan el conjunto.

El protagonista de la novela es Roberto Font (Rob para los amigos), un joven estudiante de periodismo en Barcelona, con más fracasos que éxitos a sus espaldas y, para mayor escarnio, recién diagnosticado de esclerosis lateral amiotrófica. Justo cuando parece que nada puede ir peor (e incluso empieza a pensar seriamente en el suicidio), se ve arrojado de cabeza a un complot internacional que hunde sus raíces en la Segunda Guerra Mundial y desde ahí miles de años en el pasado; a un guerra sin cuartel librada a través de sucesivas reencarnaciones entre representantes de la luz y la oscuridad; un conflicto que podría tener repercusiones mucho más importantes que la mera aniquilación (o cuanto menos esclavitud perenne) de la raza humana. Ahí es nada.

Entre las múltiples fuentes de  inspiración, cabe destacar las teorías criptohistóricas que asocian el auge del partido Nazi en Alemania a determinados movimientos ocultistas (en particular la Sociedad Thule), ligando diversos acontecimientos (el Holocausto, por ejemplo) a movimientos tácticos de carácter esotérico.  Este tipo de tesis seudohistóricas se popularizaron a partir de 1959, alimentándose de libros como “La lanza del destino” (sobre la presunta obsesión de Hitler por obtener la lanza de Longinos, quien según la tradición fue el soldado que inflingió a Jesús la herida en el costado durante la crucifixión). El que la ideología supremacista se alimentara de elementos pervertidos de la teosofía y de un neopaganismo racista, así como la adopción de simbología (e incluso ritual) de inspiración mística por parte del partido Nazi y, en particular, de las SS, ha alimentado durante décadas especulaciones de todo tipo (no exentas de cierta base, aunque el grado de “credulidad” de los altos mandos es un tema aún sujeto a debate).

En “Los Eternos”, Avendaño da forma a una teoría conspirativa que toma prestados elementos del misticismo oriental (pasados por el tamiz del pulp; evidente en personajes como Siang y su maestro, que cuesta no identificar con Shang-Chi y Sir Denis Nayland Smith), el thriller político-policiaco (sin que falten ex-agentes de la KGB) e incluso de la ciencia ficción (desde toques steampunk hasta experiencias trascendentes no demasiado alejadas de las que podemos econtrar en “2001: Una odisea en el espacio” o “Contact”) para ofrecer una lectura de evasión, bastante superficial pero efectiva.

El gran peligro de este tipo de aventuras radica en que deben transitar por un delgado cable sobre el abismo, apostando por el más espectacular todavía (para evitar la sensación de “esto ya lo he leído”), procurando no pasarse de vueltas y caer en el ridículo más espantoso. En este sentido, Avendaño sale bastante airoso de la prueba. Si bien al principio la novela se ve algo lastrada por tópicos (tanto temáticos como estilísticos… lo siento pero tras leer “Dar de comer al sediento”, del tándem Gallego y Sánchez, hay determinadas expresiones que ya nunca podré leer sin acordarme del correcto de estilo de Palabra Perfecta Plus), el autor acierta a imprimirle los giros argumentales necesarios para romper con las comparaciones y dotar a su obra de una entidad propia.

En el apartado de las debilidades, quizás eche en falta una mayor profundidad en los personajes, en especial por lo que respecta a Rob y su encarnación previa, una dualidad que no llega a explotarse más que como elemento argumental, sin profundizar en las consecuencias psicológicas (por no hablar del abuso de la pérdida de conciencia como recurso para intercalar recuerdos de una vida pasada con cierto tufillo a exploitation). Moralmente, la intervención de la fuerza esotérica maligna podría entenderse como circunstancia exonerante (de forma paracial), y aunque no es ni mucho menos ésa la tesis de la novela, al no profundizar en la responsabilidad personal de los actores (que parecen quedar reducidos en determinados momentos a meras piezas de ajedrez movidas por fuerzas superiores) restringe la lectura a un nivel muy primario. Puro escapismo, vamos, lo cual no es en absoluto algo malo.

(Tampoco me satisface el intento de explicación científica proporcionado durante la “revelación”, pues creo que en el campo de la gravedad cuántica se están discutiendo teorías mucho menos deterministas que la simple visión expuesta y refutada por… bueno, por Ello; sin embargo, dado que esta cuestión no reviste auténtica relevancia, pues el concepto de base es más filosófico que científico, puede obviarse sin mayor problema).

“Los Eternos” es una obra ligera de entretenimiento, que alcanza sus más altas cotas cuando abraza con mayor despreocupación su inspiración pulp. Círculos secretos, paramilitares neonazis, objetos de poder místicos, anamnesis, tecnologías secretas, pasadizos ocultos, artes marciales, filosofía new age, asesinatos, conspiraciones globales… Una amalgama ciertamente tangente, donde tienen cabida incluso homenajes lovecraftianos.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “Los Eternos” para su reseña en Rescepto.

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~ por Sergio en marzo 17, 2011.

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