Donde los ángeles no se atreven

El mercado de ciencia ficción estadounidense es mucho más variado de lo que podemos llegar a apreciar desde la lejanía. Junto con los autores punteros, cuyas obras nos llegan diligentemente traducidas e incluso cuentan con entusiastas seguidores, conviven toda una serie de profesionales que ocupan nichos tan variados como inimaginables para nuestra limitada visión amateur del género.

Parte de ellos se labran una carrera como artesanos de franquicias, saltando con facilidad entre incursiones más o menos afortunadas al corpus ficticio de universos patentados como Star Trek, Battletech, Star Wars o Warhammer 40.000 (sin desdeñar sus parientes de otros géneros, como Dragonlance, Dark Sun, Vampiro – La mascarada, Forgotten Realms, Ravenloft…). Dado que este tipo de producto tiene un público entregado, muchas de estas novelas acaban publicándose en España, con éxito comercial diverso, aunque son pocos los autores que logran destacar y presentar una voz propia, generalmente asociada a una franquicia determinada (también cabe señalar que muchos escritores hoy en día consagrados se batieron el cobre en este campo, así como en el de las novelizaciones, antes de poder desarrollar una obra más personal).

Aparte, existe otro grupo de escritores que si bien nunca llega a despuntar en un mercado tan competitivo, sobrevive con cierta holgura a través de colaboraciones con revistas, sagas menores propias y la ocasional publicación independiente. En este último grupo podemos encuadrar a Allen Steele, responsable del volumen recopilatorio “Donde los ángeles no se atreven”, que de la mano de AJEC nos presenta sus dos obras más reconocidas, sendas novelas cortas que obtuvieron el premio Hugo en las ediciones de 1996 y 1998 tras sus respectivas publicaciones en la revista Asimov’s Sience Fiction.

Por aquel entonces todo apuntaba a que se trataba de los inicios de una prometedora carrera, pero a la postre aquellos éxitos constituyeron el pináculo de la misma y, aunque a Allen Steele no le ha faltado el trabajo, ya no volvió a cosechar el mismo reconocimiento crítico y popular.

En la acertada presentación del volumen, Pablo Almécija ya repasa brevemente la carrera de este profesional del fantástico. Aquí me limitaré a señalar que se sustenta principalmente en dos series propias: la de Coyote (que describe la colonización de una luna en el sistema de 47 Ursae Majoris) y la del Near Space, que se circunscribe al Sistema Solar en un futuro no demasiado lejano en el que la”aventura espacial” se ha vuelto tan prosaica como pueda serlo nuestro comercio marítimo. En este último ciclo (en realidad el primero cronológicamente) se inscribiría la segunda novela corta del volumen, “La muerte del Capitán Futuro” (publicada originalmente en 1995).

Pero antes, aunque sólo sea por seguir el orden de ubicación en el volumen, cabría tratar sobre “Donde los ángeles no se atreven”, aparecida originalmente en el número de octubre/noviembre de 1997 de la Asimov’s.

El relato (que debe situarse, como su compañero, en la zona baja del abanico de longitudes que acredita la inclusión en la categoría de novela corta), trata sobre unos viajeros en el tiempo que, durante una misión a bordo del Hindenburg, provocan inadvertidamente una paradoja y son lanzados a un 1998 alternativo, donde una agencia gubernamental especializada en temas parapsicológicos queda encargada de la investigación del presunto platillo volante accidentado.

He de confesar que el arranque de la historia me desconcertó un poco. Tal vez esperaba algo más de innovación en un galardón tan importante como el Hugo y una fecha tan cercana como 1998. Un planteamiento muy similar cabe encontrarlo en un relato de John Varley de 1977, “Secuestro aéreo”, que el propio autor expandió a novela bajo el título de “Millennium” en 1983 (siendo finalista de los premios Phillip K. Dick, Hugo y Locus). “Donde los ángeles no se atreven” no ofrece nada radicalmente nuevo y, de hecho, casi puede considerarse un paso atrás en cuanto a atrevimiento formal.

Luego, a medida que la trama avanzaba e intersecaba con la rama de 1998, vi que ése era precisamente su atractivo. Las dos muestras de la obra de Steele que se nos ofrecen en este volumen juegan la baza de la nostalgia, y lo hacen con elegancia.

“Donde los ángeles no se atreven” toma elementos clásicos del género (viajes temporales, paradojas, ucronías, universos paralelos) y los entremezcla con referencias pop (en torno a la histeria OVNI de los años 70), para ofrecer un producto que no destaca por nada, pero resulta satisfactorio como un todo, gracias sin duda a la soltura narrativa; sin alardes de ningún tipo, apoyada en dos o tres personajes con los que resulta fácil identificarse. El resultado final posee, quizás apropiadamente, una cualidad atemporal. Sus temas resuenan con claridad incluso en el subconsciente del fan más casual. No sorprende ni abruma, no hay grandes revelaciones ni disquisiciones filosóficas de calado, pero entra fácil y reconforta, como una sopa casera bien condimentada. A veces eso es todo lo que se le pide a la ciencia ficción, y quizás por eso cosechó su premio.

“La muerte del capitán futuro” toma una ruta similar, aunque apunta a precedentes mucho más del gueto: nada menos que a la ciencia ficción pulp de los años 40, ejemplificada en la serie de historias sobre el Capitán Futuro, un típico héroe pulp, firmadas principalmente por Edmond Hamilton (uno de los grandes nombres de la época) entre 1940 y 1951 (27 títulos en total).

El protagonista principal de la historia es Rohr Furland, un peón espacial embarcado por causa de fuerza mayor en La Cometa, una destartalada astronave de carga bajo el mando del capitán McKinnon, un hombrecillo patético, obsesionado por las viejas historias pulp hasta el punto de hacerse llamar a sí mismo Capitán Futuro. El problema es que el Sistema Solar “real” poco tiene que ver con el escenario abigarrado de sus idolatradas novelitas. El transporte sideral es un negocio burdo, apartado por completo del glamour y aventura de tiempos quizás más felices. Por fortuna (para McKinnon), una llamada de socorro le presenta ante la oportunidad de vivir por fin una auténtica aventura… y la separación entre realidad y ficción se difumina.

La historia tiene mucho de parábola sobre el propio género, que de los excesos imaginativos de la era del pulp y la Edad de Oro pasó al desengaño, la pérdida de inocencia e incluso la parodia. Por extensión, también constituye un espejo que nos devuelve el reflejo distorsionado de la carrera espacial; boyante a finales de los 60, estancada hasta los 80 y prácticamente acabada tras el desastre del Challenger en 1986. En 1997 (y hoy en día) los astronautas habían pasado de ser héroes a convertirse en simples mecánicos de oneroso mantenimiento (este mismo año se va a dar por concluida la edad de los transbordadores espaciales, sin que exista recambio previsto o siquiera previsible).

“La muerte del Capitán Futuro” arroja una mirada nostálgica y un poco resignada hacia esta realidad innegable. Aun estructurada como sincero homenaje, la resolución deja un poso de amargura al ofrecer un triunfo teñido de cinismo, pero también abre una puerta a la esperanza, pues demuestra que, pese a todo, en el corazón de los hombres sigue ardiendo una llama que les hace aspirar a algo mejor y más noble.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “Donde los ángeles no se atreven” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Anuncios

~ por Sergio en febrero 28, 2011.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: