Mundos

Joe Haldeman es uno de los autores de ciencia ficción más importantes surgidos en los 70. Pese a haber desarrollado, por tanto, una carrera relativamente reciente, el que lograra su mayor éxito con su primera novela (de género), “La guerra interminable” (1975), y su estilo, que podríamos calificar de clásico, provoca a menudo cierta confusión sobre su ubicación dentro de la historia de la ciencia ficción (en realidad, es prácticamente de la generación de autores como John Varley, William Gibson o Gregory Benford).

Dar continuidad a una opera prima que ha cosechado los más importantes premios del sector es siempre algo complicado. Tras un par de obras menores, una recopilación de relatos y firmar dos de las primeras novelas ambientadas en el universo de Star Trek, se lanzó en 1981 a lo que sería su proyecto más ambicioso: una trilogía con marcados tintes sociopolíticos ambientada en el futuro cercano (ya volveré sobre este concepto más adelante). Aún faltaban casi veinte años para que se le ocurriera seguir explotando su mayor éxito con la (parcialmente fallida) “Paz interminable“, de modo que era su primer intento de serialización… y no constituyó un éxito completo.

Pero antes de entrar en materia, me gustaría dedicar unas líneas al contexto. Desde mediados de los setenta (y en parte gracias a “La guerra interminable”), se estaba produciendo un cambio de guardia. La New Wave, que había reinado indiscutida por algo más de una década empezaba a mostrar signos de agotamiento, y la aparición de nuevos autores, junto con el retorno de algunos de los antiguos maestros, volvía a inclinar la balanza del lado de la especulación científica y la aventura. Los viejos temas de la Edad de Oro volvían a estar de moda, aunque mediando condicionantes literarios (la apertura de enfoques y el aumento en la exigencia estilística de la New Wave) y sociales (por mencionar uno que tuvo un gran impacto en la vida de Haldeman, las secuelas de la Guerra de Vietnam), no era posible retornar a la casilla de salida.

La década de los ochenta viviría un auge de la nueva space opera y la explosión incontrolada del movimiento cyberpunk, pero antes, durante unos años, se vivió cierto interregno, que alumbró obras que aunaban el ansia por recuperar los grandes escenarios y las inquietudes filosóficas que se habían convertido en un sello de identidad de la ciencia ficción (espoleadas por un pesimismo existencial que quizás la terminó empujando hacia el escapismo de los 80).

“Mundos” (“Worlds”, 1981) fue un representante tardío de este movimiento (presenta, por ejemplo, importantes similitudes temáticas con “Jem“, publicada por Frederik Pohl en 1979), cuya acción continuaría en “Mundos aparte” (“Worlds apart”, 1983) y concluiría en 1992 con la inédita en castellano (y según todas las referencias que he encontrado muy inferior) “Worlds enough and time”.

La novela nos presenta una Tierra a finales del siglo XXI (en torno al 2.084), dividida en bloques y con un anillo de estaciones espaciales, los Mundos, en órbita geosincrónica sobre ella, siendo el mayor de ellos Nueva Nueva York, un asteroide de ferroníquel capturado y acondicionado para albergar a algo más de un cuarto de millón de habitantes. El estatus de los Mundos es complejo. Oficialmente, son colonias dependientes de ciertas naciones, aunque en la práctica mantienen un elevado grado de independencia política a cambio de estrictos acuerdos económicos.

La protagonista, Marianne O’Hara, es una joven de Nueva Nueva (como se la conoce habitualmente) que obtiene el raro privilegio de disfrutar de una beca para ampliar sus estudios de postgrado visitando la vieja Tierra (el antiguo recurso del observador externo). Allí se enfrentará (y nos mostrará) una sociedad diferente a la suya propia (y a la nuestra, en cierto modo), sirviéndonos de guía para adentrarnos en los cambios que han configurado esa Tierra del futuro.

Los Estados Unidos, por ejemplo, han sufrido una segunda revolución, que ha llevado a la secesión de Nevada (convertida en un enclave anarquista) y a la adopción de un sistema político gobernado ya sin tapujos por los grupos de presión (holdings), que ponen y quitan hombres de paja a su antojo. En cuanto al resto del mundo, el mundo comunista (incluyendo tanto a la Unión Soviética como a China) se ha unido en un bloque antagónico, los países europeos han hecho lo propio (comportándose como aliados más o menos estables), mientras que el mundo árabe presenta dos grandes alianzas (una de ellas más extremista que la otra). África, Oceanía y Japón van por su cuenta sin contar demasiado, y Sudamérica es un páramo radiaoactivo, víctima de conflictos internos.

En este estado de cosas, el descubrimiento de un importante filón de materias primas esenciales para el autoabastecimiento de los Mundos en la Luna altera por completo el statu quo, ofreciendo a Nueva Nueva York una oportunidad de reclamar su auténtica independencia (la secesión de las colonias, otro tema clásico dentro de la ciencia ficción norteamericana). Marianne se ve atrapada en un planeta extraño en medio de la escalada de tensiones que sigue a este acontecimiento, al tiempo que (en un añadido un giro un tanto forzado) se ve involucrada en una misteriosa (y probablemente ilegal) organización secreta que busca desencadenar una tercera revolución en los EE.UU.

Tal y como hiciera en “La guerra interminable” respecto a la guerra, la visión de Haldeman sobre la política y los “ideales” de políticos y revolucionarios es cuanto menos cínica, si no decididamente crítica. El futuro que describe (bastante poco cambiado, todo cabe decirlo) es en general peor que el presente. La inseguridad ciudadana es mayor, la contaminación un problema más grave y la democracia ha terminado por convertirse en poco más que una pantomima al servicio de intereses empresariales (resulta bastante irónico el que, en esencia y, según se afirma, por imperativos prácticos, el sistema político más justo y estable, el de Nueva Nueva York, se insinúe como un comunismo democrático).

Buena parte del libro lo pasamos siguiendo a Marianne por un tour a través del mundo, mientras los acontecimientos se precipitan a su alrededor (casi siempre con su total, y por ende del lector, desconocimiento). La moral sexual es bastante más relajada que en nuestros tiempos (en especial en los Mundos, donde impera una desinhibición completa), lo cual le sirve de excusa a Haldeman para llevarla de cama en cama (aunque sin la despreocupación festiva de Viernes en la novela homónima de Heinlein), dedicando un buen número de páginas a diseccionar sus conflictos afectivos (una excesiva frialdad analítica reduce bastante el interés de esta faceta de la novela). Por otra parte, el periplo turístico tampoco tiene mucho que ofrecer, pues ahonda en estereotipos (como una playa de Torremolinos repleta de turistas nórdicos) y se nutre de prejuicios (que al parecer han logrado sobrevivir sin problemas un siglo).

Como nota curiosa, me gustaría resaltar esa contención especulativa (que tenía los días contados) y el modo en que se presenta. El subtítulo de las primeras ediciones de “Mundos” en EE.UU. es “A novel of the near future“… definiendo ese futuro cercano como un poco más de un siglo. ¡Cómo han cambiado las cosas! Ahora proyectar a cien años vista da vértigo. Desde luego, no son los milenios que alegremente solían apilar las obras más atrevidas, pero, incluso a principios de los 80, era de esperar algo más de audacia.

Ahí nos encontramos quizás una de las principales debilidades de la novela. Si bien el anillo de Mundos es coherente con la fecha propuesta (e incluso optimista, visto el desarrollo de la carrera espacial), el resto de especulaciones se antojan tímidas en exceso. No justifican las largas páginas que nos tiramos en apuntes geopolíticos y sociales. Además, Marianne, la protagonista, no acaba de resultar carismática. Dado el grado de inmersión en su vida, hacía falta un carácter mucho más peculiar (o unos conflictos algo más elaborados que los derivados de decidir con quién, cómo, cuándo y por qué compartir su lecho). La gran historia de la novela, el progresivo deterioro de las relaciones entre la Tierra y sus colonias, queda en un segundo plano excesivamente lejano.

A su favor, eso sí, tiene la división en capítulos muy cortos, que van desgranando a buen ritmo las ideas y hacen avanzar la acción con ligereza. Otro de los artificios empleados es la utilización de distintas voces narrativas. Los capítulos alternan entre narraciones en primera persona y en pasado (como recordando hechos acaecidos en el pasado), apuntes de diarios (tanto de Marianne como de algún otro personaje), cartas (la videoconferencia sale demasiado cara) e incluso interludios en tercera persona para informarnos de hechos de los que la protagonista no tiene (ni tendrá jamás) noticia. El autor juega con el conocimiento que tiene (o no tiene) el narrador de lo que va a pasar a continuación, así como con el distinto grado de sinceridad (incluyendo autoengaños) que implica cada registro. Por desgracia, no llega a explotar a fondo esta faceta, contentándose con exhibir las contradicciones, sin llegar a extraer verdadero juego narrativo de ello (salvo, quizás, en un par de ocasiones).

“Mundos” es pues una obra ante la que he experimentado sensaciones ambivalentes. Por un lado, resulta fácil y entretenida de leer, aunque por otro su enorme potencial desaprovechado y la irrelevancia de muchos pasajes la alejan mucho de ser una obra plenamente recomendable. Por último, el análisis subyacente no deja de ser un tanto ingenuo, pese a afrontar con valentía cierto número de cuestiones polémicas. En este tipo de situaciones, el carisma del protagonista es fundamental para decantar la balanza… y Marianne, por desgracia, carece de él (aunque hay que concederle puntos por el esfuerzo).

Lo que sí sabe hacer Haldman es acabar en una nota alta (y perfectamente autoconclusiva, a pesar de la existencia de las secuelas), imprimiendo a las tres últimas docenas de páginas toda la excitación que ha ido reservando (casi se podría decir que acumulando a traición) durante el transcurso de la novela.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en febrero 1, 2011.

5 comentarios to “Mundos”

  1. […] Mars comenta Mundos, de Joe Haldeman, y Mundo de día, de Philip José Farmer. […]

  2. tengo pendiente de lectura La guerra interminable por lo que parece es superior a esta no? aunque Mundos tambien me ha interesado bastante. Leo La guerra interminable antes de intentar hacerme con esta? La guerra interminable es una especie de extrapolacion de la guerra de Vietnam?
    interesante esa constante de la literatura de c/f norteamericana por la independencia de las colonias, un reflejo de su propia historia, aunque lo de el etnocidio de los indios norteamericanos que haya leido solo lo he percibido en Cronicas marcianas de Ray Bradbury

  3. “La guerra interminable” es muy superior, no sólo a “Mundos”, sino a casi cualquier otra novela de ciencia ficción. Se trata de una de las obras fundamentales del género y uno de los alegatos antibelicistas (que no antimilitarista) más demoledor que pueda leerse.

    Haldeman es un veterano de la guerra de Vietnam, y “La guerra interminable” es un reflejo directo de sus experiencias, pero como todas las grandes obras de arte trasciende su referente directo y adquiere una cualidad universal. Además, en “War year”, su primera novela, no de género, ya trató específicamente el tema de la guerra de Vietnam, por lo que con toda probabilidad sus intenciones para “The forever war” fueran expandir el marco referencial (empleando el potencial de la ciencia ficción a ese respecto).

  4. Creo que “La guerra interminable”, en cualquier otra cosa que no sean las batallas, flojea hasta convertirse en ridícula. Me cae fenomenal Haldeman, lo cual me frustra mucho ante lo muy torpes que me parecen sus novelas.

  5. Desde mi punto de vista, las batallas son lo menos importante de “La guerra interminable” (aunque no están nada mal, e incluso no desmerecerían en cualquier space opera moderna). Lo realmente importante ocurre entre campañas. Haldeman ejemplifica la alienación del soldado a la vuelta de un conflicto por medio de la desconexión que sufre Mandella con la sociedad terrestre debido a la deuda temporal acumulada en sus viajes cuasilumínicos; de igual modo, presenta el progresivo distanciamiento entre los oficiales veteranos y los nuevos reclutas; y entremezclado con todo ello reflexiona sobre los motivos (o carencia de los mismos) para el conflicto.

    Utiliza el lenguaje de la ciencia ficción para exagerar metafóricamente estos temas, y no duda en recurrir al humor sardónico para ejemplificar lo ridícula que, en última instancia, es la guerra.

    Vamos, que me parece sobresaliente (ahora bien, si dirigimos la vista hacia “Paz interminable”…).

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