El precio del barquero en Espada y Brujería

A estas alturas esperaba haber publicado un par de reseñas que ya tengo medio pensadas (suelo ir dándole vueltas a las ideas que me gustaría desarrollar, aunque luego, a la hora de la verdad, siempre hay alguna que se queda en el tintero por no encajar con la redacción final). Por desgracia, las circunstancias tienen la mala costumbre de meterse de por medio y obligar a cambiar los planes.

No todas las circunstancias, sin embargo, tienen por qué ser adversas. Anteayer se publicaba una nueva crítica a “El precio de el barquero”, en la página espadaybrujeria.com, la web de la Federación Española de Fantasía Épica, por parte de su presidenta (y directora de la revista “Imaginarios”) Carmen Cabello.

El párrafo que he escogido para presentarla es el siguiente:

La narración es impecable. Aquí me podría enrollar y decir que menudo dominio del vocabulario y de la gramática… Sí, en mi opinión lo tiene, pero el libro no sería tan sobrecogedor si las historias estuvieran vacías y no transmitieran todo lo que consigue hacer sentir al lector. No olvido la angustia que pasé leyendo “El fotógrafo de epitafios”… y a partir de ese momento fui consciente de que Mars me había llevado también al Hades; y él es un guía mucho más cruel, aún si cabe, que Aisa, porque es capaz de hacerte empatizar con cada uno de los que padecen mientras te hace sentir todas las bajezas humanas: rencor, avaricia y locura… entre otros muchos sentimientos.

¿Cómo no escogerlo, verdad?

Sin embargo, hay un detalle que me ha dejado intrigado:

…no le encuentro pegas a El precio del barquero. Bueno, sí, como un buen amigo me dijo en una red social: quizás no me guste el nombre del autor…

¿Por qué no? A mí sí me gusta (claro que esto no tiene mérito; he tenido muchos años para ir acostumbrándome). Tendré que preguntárselo a Carmen la próxima vez que la vea.

Sea como sea, este concepto abre toda una serie de posibilidades. ¿Y si, como ocurría antaño, me hubiera visto obligado a utilizar un seudónimo para poder publicar?

Desde luego, podría tenerlo fácil. Después de todo, ya ha habido mucha gente que me ha preguntado si Sergio Mars es mi verdadero nombre (el dedicarme a la ciencia ficción supongo que no ayuda a despejar las sospechas). Sin embargo, S. Mars no sería un buen seudónimo para firmar “El precio del barquero”. Haría falta algo más directo. Por ejemplo, K. Ronte. Pulpero a tope. Digno de aparecer en una novelita de Terror Extra de la desaparecida Bruguera.

Claro que si quisiera hacerlo menos obvio, podría inventarme al alemán Karl Onte o al yanqui Kay Ront. O también recurrir al otro barquero infernal, el menos afamado Flegias, con cuyo nombre que componer el rotundo apelativo de Ferryman Flegias (que suena tanto a superhéroe como a duro cazarrecompensas de Kansas City).

Bromas aparte, es una pena que hubiera una época en que para publicar hubiera que pasar por el aro de la mimetización. ¿Fue realmente necesario? ¿Las ventas se hubieran resentido? Quizás si por aquel entonces los lectores hubieran sabido que quienes les hacían soñar cada semana no se llamaban en realidad George, Larry, Curtis o Walter, sino Pascual, José, Juan y Ramón hoy en día no arrastraríamos el gigantesco prejuicio que se tiene en contra de la producción autóctona.

Las cosas están así. Ya no se nos exige escondernos detrás de una farsa… pero a cambio la comparación de la tirada media, incluso descontando a los outliners, entre una novela fantástica de autor extranjero y otra de autor nacional da para echarse a llorar. He ahí un buen ejemplo de profecía autocumplida. Es como lanzar una carrera y fijar la salida para los atletas de casa al doble de distancia.

¿Qué es mejor, poder vivir de la literatura fantástica sacrificando tu nombre y tu libertad creativa, o conservar ambos a costa de arrastrarte por un circuito amateur con pocos visos de que vaya a mejorar? Es una cuestión meramente académica. En realidad nunca ha habido ocasión de elegir. Hay que jugar según las cartas que se nos reparten y aspirar a, por medio de alguna extraordinaria carambola cósmica, poder ligar una escalera de color (de ser posible, al as), que el contrincante es un fullero de cuidado y a la mínima que tienes buena mano te supera.

En esta lucha estamos.

En aquella lucha estuvieron.

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~ por Sergio en enero 16, 2011.

4 comentarios to “El precio del barquero en Espada y Brujería”

  1. Hola Sergio!!
    Te respondo personalmente por lo del nombre del autor :)
    Hace unas semanas hubo una polémica de reseñas positivas, amiguismos y tal. Casi todo el mundo coincidía en que siempre hay que decir, con buenas palabras, las cosas malas de la novela, lo que no nos cuadra.
    Y, para que nadie me tache de amiga… digo que quizás (quizás) no me guste tu nombre porque, para mí, El precio del barquero es… sobrecogedora. Pero si hay que decir algo malo pues mira, me lo invento de ti que no de tu estupenda novela :)
    Por eso iba. Me gusta saber los nombres de los autores, los reales ya que mi comentario va por donde te acabo de decir :)

  2. Hola, Carmen:

    No, si me parece bien, pero me reconocerás que es un comentario curioso (tampoco es que acabe de entenderte del todo; sí en líneas generales). Pero bueno, de todas formas lo que quería era escribir algo más para no dejar la entrada en una mera referencia, y me pareció una buena ocasión para homenajear a los seudominados autores de Bruguera y Valenciana (sigo pensando que Ferryman Flegias sería un gran nombre de guerra… y si no, por eso de tirar hacia apelativos más cortos, Kay Ront).

    Muchas gracias por la crítica. Me alegra que te haya gustado el barquero.

  3. Resumo de nuevo (además de parecerme estupendo tu homenaje): el fandom (una parte) se queja de amigos que hacen reseñas muy muy positivas a amigos. Dicen que también hay que poner algo negativo.
    Por facebook, en un debate que abrió nuestra Anika Lillo comenté el caso de El precio del barquero, ¿y qué hacemos los que reseñamos y no vemos algo negativo en un libro? Y alguien, en todo bromista, comentó que dijera que lo que no me gustaba era el nombre del autor.
    Sí, es una gran chorrada como también es una gran chorrada que algunos condicionen las reseñas de otras personas.
    La verdad es que me gusta muchísimo tu estilo, nada más que pueda me haré con La mirada de pegaso :)
    Saludos!

  4. Facebook es maligno (y eso que acabo de vender el alma de Rescepto a Zuckerberg y compañía).

    La falta de contexto puede llegar a ser muy confusa (y ya no te digo dentro de unos días). Yo siempre intento no meter en mis reseñas referencias crípticas o con fecha de caducidad, pero supongo que al final siempre acaba colándose algo (es lo que tiene la emoción del momento).

    Yo de ti no me preocuparía por esos temas. Al final, la honestidad del reseñador (y su nivel de objetividad) siempre acaba estableciéndose, por el simple método de evaluar, a través de la experiencia personal, sus opiniones. El trabajo de un reseñador no es algo puntual, sino un proyecto que se construye a largo plazo. Si su criterio es honesto y estable, no importa ni siquiera que sus gustos no cuadren con los tuyos para que sirva de referente.

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