A diez mil años luz

En un momento como el actual, sin revistas profesionales (o semiprofesionales) que nos presenten la producción breve actual de los autores anglosajones, resulta fácil olvidar la pujanza que este medio de expresión tiene en otros países (en la situación nacional mejor no me meto, que me deprimo). Esto llega al punto de existir una serie de escritores cuya producción ha llegado a consistir, si no exclusivamente si de forma predominante, en cuentos publicados a lo largo de los años en las distintos proyectos editoriales dedicados a la literatura breve fantástica.

Este mercado, cuya importancia ha ido oscilando a lo largo de los años, fue en numerosas ocasiones (quizás no tanto a día de hoy) el vehículo primario para presentar ya no sólo cuentos, sino incluso novelas serializadas. Después, si la popularidad lo aconsejaba, estas historias se recopilaban en volúmenes, bien fueran antologías de varios autores o, cuando la cantidad y calidad de la producción lo permitía, de autor único. Esto permitió, por ejemplo, la aparición de nombres como James Tiptree Jr., quien entre 1967 y 1987 publicó cerca de 70 relatos y novelas cortas (que cosecharon dos Hugos y tres Nebulas entre otros premios) y dos novelas.

Aparte de la calidad intrínseca de este corpus literario, la obra de Tiptree Jr. es relevante por una cuestión de género, pues ese nombre no era sino el seudónimo de Alice B. Sheldon, una de las pioneras de la ciencia ficción y responsable en gran medida de echar por tierra los tópicos sobre la diferencia intrínseca entre la cifi escrita por hombres y por mujeres. Alice Sheldon tenía cuando se metió en serio en la literatura 52 años. Hasta entonces se había dedicado a la pintura y a la crítica de arte, había participado en la Segunda Guerra Mundial como especialista de análisis fotográfico, había trabajado tres años en la CIA al terminar el conflicto y había retomado sus estudios hasta doctorarse en psicología experimental.

Estos datos biográficos eran ampliamente conocidos, lo que nadie sabía, ni siquiera sus editores (el contacto era epistolar), era que tras el seudónimo de James Tiptree Jr. (no se ocultó jamás que no era su nombre verdadero) se escondía una mujer. Las razones para esta fachada las proporcionó la propia Sheldon muchos años después. Simplemente, no quería ser juzgada en base a su sexo. Estaba harta de ser la primera mujer en diversos campos.

Algo se percibía, por supuesto. Al parecer, los debates en torno a la identidad real de James Tiptree Jr. fueron constantes, con grandes meteduras de pata como la de Silverberg afirmando categóricamente que NO podía ser una mujer. En general, el consenso parecía estar en que se trataba de un hombre con una sensibilidad especial para entender los problemas de las mujeres (siendo destacable habida cuenta la reconocida torpeza de buena parte de los autores clásicos al respecto). Los 70 fueron también la época en que las mujeres, con Ursula K. Le Guin a la cabeza, se abrieron un hueco en el mercado fantástico, aunque casi siempre con una inclinación muy particular (fantasía y ciencia ficción soft de orientación feminista). Alice Sheldon/James Tiptree Jr. no estaba interesada en escribir desde una perspectiva femenina arquetípica, sino sólo desde su propia perspectiva personal; no reconocía limitaciones o temáticas genero-específicas. Así, cuando en 1977 se descubrió el pastel (sin que ello mermara en absoluto su popularidad), su ejemplo sirvió para derribar barreras perceptuales y contribuir a la plena integración de las mujeres dentro del mundillo de la ciencia ficción.

“A diez mil años luz” (“Ten thousand light years from home”, 1973), fue el primer tomo recopilatorio que publicó, y está integrado por quince relatos, publicados originalmente en distintas revistas (If, Analog, Amazing, Galaxy, The Magazine of Fantasy and Science Fiction…) entre 1968 y 1972 (hay al menos otros siete coetáneos que no entraron en esta antología). Aunque algunos de los relatos ya habían sido traducidos a nuestro idioma, la actual edición de Grupo Editorial AJEC es la primera completa (y, por supuesto, conjunta) de la antología.

Para tratarse de su producción inicial, son unos textos muy maduros (algo acorde, por supuesto, con su edad y vivencias), en los que la inexperiencia (en ciencia ficción) de la autora se pone de manifiesto sobre todo en la tentativa exploración temática de escenarios clásicos de la ciencia ficción, aunque siempre filtrados según la particular óptica de Tiptree. Así pues, nos encontramos desde ambientes postapocalípticos hasta narraciones de primer contacto, o incluso propuestas cercanas al space opera.

Pese a esta diversidad, no cabe duda de que nos encontramos ante la obra de alguien que va definiendo relato a relato un estilo y una temática propios, esa voz personal que resulta imprescindible para destacar en un campo tan competitivo como es el del cuento. Parte de la receta tiene que ver con el estilo, muy alejado de la descripción simple que primó durante las décadas previas. Tiptree propone una inmersión directa en la historia, con muy poca (o ninguna) introducción que centre la acción, lo cual hace en ocasiones dificultosa la asimilación inicial del escenario y los personajes. Los esquemas argumentales huyen en ocasiones de la simple linearidad, lo cual superpone una capa extra de complejidad (la traducción tampoco ayuda demasiado en ocasiones, pero ya entraré en esta cuestión más adelante).

En cuanto a las historias, destaca enormemente el cinismo con que se encaran muchas de ellas, que, en otras manos, hubieran servido de materia prima para aventuras y descubrimientos asombrosos. Incluso en aquellos relatos que recurren al humor, resulta habitual encontrar un poso de amargura subyacente (que, quizás por ello mismo, se hace más evidente). El ser humano se encuentra a menudo en las historias de “A diez mil años luz” en el lado incorrecto de un choque cultural. Otro de los rasgos característicos lo podemos encontrar en la relevancia del sexo en muchos de los textos, un tema tabú hasta el momento que entronca, de hecho con la revolución temática de la New Wave que justo en ese momento daba sus primeros pasos (se trata, sin embargo, de un tratamiento más natural, no tanto un intento consciente de transgresión como un interés personal en explorar ese elemento a través de la lente de la ciencia ficción).

Los altibajos son inevitables (en el apartado negativo, tenemos desde cuentos inmaduros, los menos, hasta desarrollos que, lo confieso, me han dejado perplejo y que no puedo afirmar que haya entendido por completo). Sin embargo, hay una serie de cuentos realmente imprescindibles, entre los que destacaría “Os somos fieles, Terra, a nuestra manera” (una auténtica locura alienígena casi a lo David Brin, frenética, deslumbrante, con una carga de profundidad reservada para el final que convierten el cuento en uno de los mejores que he leído en mucho tiempo), “El hombre que volvió” (un cruce entre historia postapocalíptica y paradoja científica), “Te estaré esperando cuando la piscina esté vacía” (una condena en clave humorística del colonialismo “por el bien de los salvajes”; tema ya tocado en “Socorro”) o “Nacimiento de un viajante” (una contrarreplica a la homogeneidad cultural que caracteriza a los alienígenas de la Edad de Oro).

“A diez mil años luz” nos conduce a un momento fascinante en la evolución de la ciencia ficción, en el que los viejos esquemas de la Edad de Oro iban siendo superados bajo el empuje de las inquietudes que predominarían durante el apogeo de la New Wave, y en el que el listón de exigencia estilística subió varios puntos. Resulta, además, la introducción perfecta a la obra de James Tiptree Jr., un autor (autora) clave tanto en el desarrollo del relato fantástico como en la normalización del papel de las mujeres en la ciencia ficción.

La única pega que se le puede poner al tomo (aparte de una maquetación no demasiado afortunada), es la traducción. Podemos dar gracias a que el traductor original (Fernando March) no llegara a completar la tarea asignada, porque su trabajo deja muchísimo que desear. Hasta el punto que no descarto que interfiera en la comprensibilidad en algunos momentos. Para muestra, traduce el título de uno de los cuentos como “Las puertas del hombre dicen hola”, cuando debería ser algo así como “El hombre al que saludaban las puertas” (“The man doors said hellow to”). Los relatos traducidos por María Pilar San Román (7, incluyendo afortunadamente “Os somos fieles, Terra, a nuestra manera”) presentan mucho mejor acabado.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “A diez mil años luz” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en diciembre 13, 2010.

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