Hacedor de estrellas

“Hacedor de estrellas” (“Star maker”, Olaf Stapledon, 1937) es, sin duda, una de las obras más extraordinarias de la historia de la ciencia ficción. Como novela tiene sus fallos. La narración es puramente descriptiva, casi ensayística, sin personajes (más allá del observador puro protagonista) ni auténtica trama. Constituye, sin embargo, una de las cumbres de la tradición británica del romance científico, y una obra cuya sombra se cierne influyente sobre toda la ciencia ficción posterior. “Hacedor de estrellas” abrió caminos que aún no hemos terminado de explorar y forzó los límites del género, mostrando, casi literalmente, sus infinitas posibilidades.

Ya he hablado en alguna ocasión de las diferencias evidentes en la ciencia ficción temprana a ambos lados del Atlántico (considerando básicamente EE.UU. y Gran Bretaña). Mientras que en Norteamérica el pulp evolucionó hacia un pujante  entramado de revistas temáticas que favorecieron los enfoques más aventureros y espectaculares (el famoso “sentido de la maravilla”), la rama británica, influenciada por la obra de H.G. Wells, tomó derroteros más intelectuales, utilizando el género como medio de expresión de ideas sociales, políticas y filosóficas (sin abandonar la conexión con la ciencia y la especulación).

Entre los “discípulos” de Wells, quizás el más aventajado fue Olaf Stapledon, intelectual y filósofo que encontró en el romance científico la forma de transmitir sus reflexiones a un público amplio. La tradición de la ciencia ficción como vehículo de ideas resultó crucial enel desarrollo, décadas después, del movimiento de la New Wave, por parte de escritores que en su juventud habían leído a los maestros de la Edad de Oro americana y a autores más reflexivos como Wells o Stapledon.

La novela arranca con la subida de un protagonista innominado a una colina cierta noche. Allí, comienza a reflexionar sobre la inmensidad del universo y, de súbito, se ve arrastrado a una especie de viaje astral que lo proyecta, en el tiempo y en el espacio haciéndolo testigo de la infinita diversidad del cosmos. Desde lo más cercano (un mundo similar a la tierra, aquejado por conflictos equivalentes, que es examinado en detalle), va cogiendo velocidad, ampliando la panorámica para abarcar sistemas estelares, galaxias, imperios, alienígenas casi inimaginables, conflictos comparados con los cuales las pobres miserias humanas resultan insignificantes… Y no contento con ello, Stapledon empuja más y más lejos, apuntando al despertar de una conciencia colectiva, una unión de mentes que evoluciona, a través de terribles pruebas, hacia una consciencia cósmica cuyo objetivo último busca la fusión con una entidad creadora, el Hacedor de Estrellas.

No contento con imaginar este tapiz incomparable (llegando a exponer en cada página más ideas de las que contienen muchas novelas), no se detiene en la muerte del universo, sino que imagina una cosmogonía y una creación cíclica, una sucesión de universos que van moldeándose según los deseos del Creador. Nosotros, los seres humanos, no seríamos sino un efímero accidente en uno de estos universos (el primero de los maduros, aunque infinitamente lejos todavía de la perfección); un boceto preliminar que será desechado en su debido momento.

Este despliegue imaginativo sin parangón no se queda en una mera exhibición (“mera”, ¡quién pudiera acceder siquiera a una fracción de esa inventiva!; no importa lo que llegues a idear, es muy posible que Stapledon ya lo esbozara en “Hacedor de Estrellas”). Hay un propósito muy definido detrás, uno que el mismo autor ya expone en el prefacio. En 1937, la sombra de la II Guerra Mudial planeaba sobre el mundo. El enfrentamiento ideológico (capitalismo, comunismo, fascismo, anarquismo…) estaba a punto de alcanzar masa crítica y empujar a las naciones a una barbarie que llegaría incluso a empequeñecer la de la Guerra que Acabaría con Todas las Guerras (como cándidamente se bautizó la Primera Guerra Mundial, aquella en la que un joven Stapledon participó, siendo objetor de conciencia, como conductor de ambulancias).

La ficción de “Hacedor de Estrellas” refleja primero las imperfecciones humanas en las sociedades extraterrestres que el viajero contempla (sumidas en los mismos errores y fanatismos), para poco a poco trascender, apuntando hacia una perfección futura que el hombre (ni tan siquiera su universo), llegará a conocer. De igual modo, aborda temas tan espinosos como el porqué de la existencia del mal y la moralidad de un creador que permite la existencia del sufrimiento; un creador que muestra ciertos paralelismos con el Dios judeocristiano, los suficientes como para provocar el distanciamiento entre Stapledon (agnóstico) y Wells (ateo), aunque sus acciones se aproximan más a las de un principio evolutivo puro, similar a la progresión hacia el Punto Omega del teólogo jesuita Teilhard de Chardin (que intentó conjugar, por aquellas fechas, la ortodoxia cristiana con las nuevas teorías científicas, en particular la evolución darwiniana).

El pesimismo de los tiempos queda reflejado en la imperfección intrínseca del hombre, de sus obras y del propio universo en que habita, lo cual parece sostener (como así ocurrió) la inevitabilidad de la guerra y, en último término, la futilidad de cualquier esfuerzo por sobreponerse a este destino natural. La existencia del Hacedor de Estrellas, sin embargo, define un imperativo categórico que empujaría a un ser humano moral hacia la perfección, aun a sabiendas de que ésta es inalcanzable. Así que, en el fondo, la historia (el mito) guarda un hálito de esperanza.

Se interprete como se interprete (catálogo de maravillas o tratado filósofico), “Hacedor de estrellas” es una obra monumental, cuya amplitud es sólo equiparable a su profundidad. Literariamente puede llegar a ser una lectura árida, pero el brillo de sus ideas compensa cualquier carencia en ese sentido.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en diciembre 10, 2010.

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