El fuego sagrado

Ciertos autores se ven encasillados en un subgénero en la mente de los aficionados, sin importar realmente qué camino tome su obra a partir de determinada época. Tal es el caso, por ejemplo, de Bruce Sterling, asociado para siempre en el imaginario colectivo como autor cyberpunk. Mucho después llegan novelas como “El fuego sagrado” (“Holy fire”, 1996) y cuesta cambiar la perspectiva para valorarlas según sus propios méritos (en su caso, es muy recurrido el curarse en salud tildando sus ficciones como postcyberpunk… que lo es, aunque con muchos matices).

La protagonista absoluta de “El fuego sagrado” es Mia Ziemann, una anciana de 94 años a finales del siglo XXI, un futuro obsesionado por la extensión por procedimientos médicos de la vida. Sterling extrapola tendencias ya presentes hace década y media y reconstruye un futuro gerontocrático, donde se premian los estilos de vida saludables y el estatus viene determinado por la edad. Los ancianos, cada vez más sanos, se perpetúan en los puestos directivos y extienden su influencia en facetas como la investigación científica o el arte por décadas, sin dar ocasión a que se produzca el natural relevo generacional. Los jovenes, por su parte, son los nuevos parias, sin privilegios ni responsabilidades, apartados de cualquier tipo de decisión concerniente al futuro de la raza humana.

Al poco de comenzar la novela, Mia se somete a un agresivo y experimental tratamiento rejuvenecedor. Todos los ancianos son en realidad conejillos de indias voluntarios en la caótica carrera por encontrar el procedimiento más efectivo para extender la vida, con la vista puesta en el premio de la inmortalidad. El protocolo se muestra, en cierto sentido, como todo un éxito, devolviéndole una apariencia de veinte años, pero también constiuye un fracaso estrepitoso, pues no sólo rejuvenece su apariencia, sino que su nueva condición altera sus prioridades y la transforma, de ultracuidadosa y responsable a inquieta y aventurera.

Mia decide entonces abandonarlo todo, cambiarse de nombre (pasa a llamarse Maya) y huir a Europa, perdiéndose en los círculos juveniles bohemios, experimentando como si fuera por vez primera la vida y la sexualidad, en pos del fuego sagrado, la creatividad que han perdido los ancianos.

“El fuego sagrado” es una novela compleja de analizar. Por un lado, tanto sus planteamientos filosóficos como su vertiente especulativa son de primer orden. Pocas novelas han examinado mejor los problemas e inevitabilidades del transhumanismo. Sterling no se limita a invertir el concepto de brecha generacional, sino que ahonda en cuestiones como el precio de la evolución, la capacidad humana para dirigirla y, en última instancia, la definición de los parámetros básicos de la humanidad, que son los que habría que intentar conservar en la etapa posthumana.

Por contra, la secuencia de acontecimientos resulta en sí misma poco inspiradora. El movimiento underground juvenil que encuentra Maya en Europa no se muestra como particularmente interesante, ni sus partícipes llegan a ser fascinantes. Sterling confunde términos, y si a la hora de diseñar un futuro dominado por las grandes empresas farmacéuticas resulta incisivo, su reservorio de creatividad no deja de parecer el típico movimiento contracultural, basto y poco original. De una alternativa vital a un futuro estancado cabría esperar mayores aspiraciones e incluso mayor radicalismo. Los jóvenes parecen  entregados a un hedonismo caótico y derrotista, que no busca imponerse, sino sobrevivir, como si sólo hicieran tiempo, entregados a pataletas contestatarias, a la espera de entrar en algún momento muy lejano en el futuro en las filas de los escogidos.

Como novela, por tanto, “El fuego sagrado” no puede considerarse como un éxito. La lectura no emociona. Sus méritos se quedan en el frío plano intelectual, por lo que resulta mucho más interesante como fuente de reflexión posterior que como lectura recreativa (algo es algo, pero para eso ya hubiera valido un ensayo). Es, sin embargo, una referencia ineludible para cualquiera interesado en el transhumanismo, e incluso algunas de sus ideas han permeado más allá de sus páginas. Por ejemplo, me he encontrado en otra novela (ahora mismo no sabría precisarla) una mención al efecto Sterling, en referencia a un cambio de personalidad provocado por la aplicación de técnicas rejuvenecedoras.

El renacimiento de Mia como Maya (la materia ilusioria del hinduismo) debe entenderse como un anticipo del proceso hacia el cual se dirige la humanidad. El mundo descrito por Sterling se está precipitando hacia una singularidad evolutiva, a través de un proceso que esconde, bajo una rígida superficie de aparente control, un sustrato impredecible y vital. Otra interpretación que cabría realizar es en clave evolutiva. La gerontocracia inicial se identificaría con la vieja humanidad (la nuestra), que ha agotado su ciclo existencial y que para recuperar su impulso, el fuego sagrado del título, debe renacer como Mia a una existencia transhumana.

Esta novela fue finalista del premio Hugo en 1997, perdiendo ante “Marte azul”, de Kim Stanley Robinson. Casualmente, otra de las obras finalistas tenía como protagonista a una anciana, sólo que en su caso seguía siéndolo durante todo el transcurso de la historia. Se trata de “Restos de población” de Elizabeth Moon.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en noviembre 24, 2010.

2 comentarios to “El fuego sagrado”

  1. “Los jóvenes parecen entregados a un hedonismo caótico y derrotista, que no busca imponerse, sino sobrevivir, como si sólo hicieran tiempo, entregados a pataletas contestatarias, a la espera de entrar en algún momento muy lejano en el futuro en las filas de los escogidos.”
    ¿Eso es un fallo y no un acierto especulativo? ¿De verdad?

  2. Es un fallo dentro del contexto de la novela. Por eso comentaba lo de que el autor confunde términos. Si pretendía realizar una extrapolación, (casi) perfecto (a cien años vista resulta muy poco evolucionada). Sin embargo, la tesis de la novela apunta hacia la recuperación del vigor y la creatividad juveniles en contraposición al inmovilismo de la senectud, y en ese sentido resulta muy poco convincente, pues a su contracultura se le ve tan poco futuro como a la cultura dominante.

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