Té con el dragón negro

En 1983 irrumpió con fuerza en el panorama fantástico R. A. MacAvoy, una nueva autora (R. A. corresponde a Roberta Ann) de fantasía, que con su primera novela, “Té con el dragón negro” (“Tea with the black dragon”, 1983), cosechó nominaciones a los principales premios de género, alzándose con el triunfo en dos específicos para nuevos autores: el Locus de primera novela y el John W. Campbell para nuevo escritor (no confundir con el más prestigioso John W. Campbell Memorial… confusión que la edición española en Acervp propicia).

Tal vez no parezca mucho, pero lo cierto es que, quitando de la novela que cosechó todos los premios importantes ese año (“Marea estelar” ni más ni menos), la única que hizo doblete de nominaciones en Hugo y Nebula. Lo cual es mucho más impactante por el hecho de tratarse de una obra de fantasía, siendo los grandes premios tradicionalmente más proclives a la ciencia ficción (aunque en los ochenta empiezan a colarse en los quintetos de candidatos ciertos títulos, sobre todo híbridos entre cifi y fantasía).

La (breve) novela narra las peripecias de Martha MacNamara, una violinista de unos cincuenta años que llega a San Francisco atendiendo a la petición de ayuda de Elizabeth, su independiente hija (programadora para más señas). Al llegar, sin embargo, se encuentra con que ésta ha desaparecido sin dejar rastro y sola en una ciudad desconocida, enfrentada a la posibilidad de que su hija estuviera enredada en algún negocio turbio, tan sólo puede recurrir a la ayuda de Mayland Long, un misterioso huésped, medio oriental, que al parecer lleva ya unos años viviendo en el mismo hotel en que se aloja, a la espera de… alguien que le fue prometido en una profecía.

A partir de aquí, Martha y Long se alían para desentrañar el misterio, al más puro estilo pulp, con villanos malísimos y avariciosos, ambientes exóticos (para la época; hoy en día el mundillo informático conserva bien poco exotismo) y héroes sobrehumanos; bastante literalmente, de hecho. Lo curioso del asunto es que el desarrollo tiene muy poco de fantástico. Quitando del misterio que envuelve al señor Long (que no afecta en lo más mínimo al desarrollo de la trama, salvo por concederle habilidades especiales que le permiten salirse con bien de situaciones en las que un “hombre normal” moriría de seguro), nos encontramos con una historia bastante burda de fraude, secuestros y extorsión (solucionada mediante una aproximación directa, con la sutileza de un martillazo). En cierto sentido, todo el componente fantástico es un juego de dobles sentidos a costa de la variedad Oolong (Dragón Negro) de té, dejando caer migajas de filosofía zen y rudimentos de mitología china.

En otras palabras: no sé qué vieron exactamente los aficionados de la época para mostrar un entusiasmo tan unánime en esta novela decididamente menor. MacAvoy al menos conocía bien el terreno por el que se movía. Después de todo, había trabajado cuatro años como programadora para SRI, el principal proveedor internacional de software de la época; y sus recuerdos no debían de ser muy positivos a tenor del modo en que refleja el mundillo de los “magos de la informática”.

Una posible razón para este éxito cabría encontrarlo quizás en la representación atípica (no sé cuán novedosa sería por entonces) de la cultura oriental, más como una fuente de fascinación y sabiduría que como adversaria ancestral de occidente. Mayland Long parece la antítesis del malvado doctor Fu Manchú (encarnación definitiva del “peligro amarillo”), o quizás incluso, considerando sus rasgos y comportamiento medio británicos, una fusión benigna entre éste y su principal contrincante, Sir Denis Nayland Smith (obsérvese la similitud en los nombres, que no se me antoja casual).

La novela cuenta con una continuación, “Twisting the rope” (1986), que nunca ha sido traducida al español y que cosechó mucho menor éxito. De igual modo, hasta 1993 R. A. MacAvoy (quizás las iniciales tenían por objetivo diferenciarse de Anne McAffrey, pues la batalla por el reconocimiento igualitario entre sexos en la literatura fantástica ya se había librado y ganado en los setenta) publicó una decena de novelas (todas listadas como de fantasía, con elementos taoístas y de mitología celta, salvo una de ciencia ficción) y luego nada hasta el año pasado, en que salió al mercado un cuento infantil ilustrado.

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~ por Sergio en septiembre 25, 2010.

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