La fragua de Dios

Parte de la contrarrevolución que experimentó la ciencia ficción en los 80 cabe achacarla a la irrupción de una nueva generación de escritores (nacidos en los años 50), les caracterizaba una sólida formación científica, una clara conciencia de los requisitos literarios ya imprescindibles, aunque con una aproximación popular antes que experimental y un retorno a los viejos temas de la Edad de Oro, revigorizados por un para de décadas de fascinantes desarrollos científicos (en particular, aunque no de forma privativa, destacaría la astrofísica). De entre esta savia nueva (aderezada por el retorno triunfal de algunos de los viejos maestros), suele destacarse a las tres Bs: David Brin, Gregory Benford y Greg Bear.

Centrándonos en este último, nos encontramos con una licenciado en física y matemáticas, con fuertes vínculos con la comunidad literaria fantástica, cuya obra podría caracterizarse por la adopción consciente de esquemas y recursos propios de la literatura popular generalista (cercano al modelo bestseller ochentero, aunque prescindiendo de las referencias pop). Así pues, Bear tiende a envolver el núcleo especulativo de sus novelas con drama humano, escenificado a través de un protagonismo coral, con múltiples líneas paralelas y gran diversidad de escenarios.

Todo ello nos lo encontramos en “La forja de Dios” (“The forge of God”, 1987), su tercera novela de ciencia ficción, nominada a los premios Hugo y Nebula (y 4ª en la votación de los Locus), en la cual confluyen dos grandes tradiciones: la de la descripción de un primer contacto y el relato apocalíptico.

La historia abarca alrededor de un año, entre los veranos de 1996 y 1997 (más o menos una década en el futuro con respecto al momento de su escritura y publicación). Cierto día, sin previo aviso, Europa, la luna de Júpiter, desaparece, y poco después sendas formaciones rocosas, evidentemente artificiales, son descubiertas en Australia y en EE.UU., en los lindes del Valle de la Muerte. Del artefacto australiano surgen tres robots ultrasofisticados, que anuncian el advenimiento de una era de prosperidad sin precedentes para los terrestres. El visitante norteamericano resulta bastante más ominoso, pues surge de él un alienígena agonizante, que no pierde tiempo en avisar de la futura e inevitable destrucción de la Tierra, por causa de unos artefactos autorreplicadores Von Neumann, sembrados por la galaxia con el propósito específico de erradicar cualquier tipo de vida inteligente.

La apuesta de Bear es clara. Sin renunciar por completo a la especulación, busca a través del uso de una estructura familiar conectar con el gran público, procurando de paso no alienar demasiado a su público primario. A tenor de los resultados, el segundo objetivo lo cumplió razonablemente bien. En cuanto al primero… Digamos que han hecho falta casi veinticinco años para ese tipo de historias cale en películas como “2012” o “Mensajes del futuro”, aunque por el camino toda pretensión de rigurosidad se haya perdido y tan sólo quede la satisfacción de ver explotar cosas sin ningún sentido.

Personalmente, esta aproximación me resulta bastante aburrida. Hay que esperar hasta más allá de mitad libro para que empiecen a ocurrir cosas interesantes, y el presunto drama humano es de una superficialidad y frialdad desesperantes. Los protagonistas son a menudo personajes-caricatura, de esos tan habituales en la literatura de bestseller, que enmascaran su vacuidad exhibiendo dos o tres rasgos muy marcados (el enfermo terminal de cáncer que no falte). Por añadidura, el motor de la trama no recae en ellos, sino que se limitan a aportar el trasfondo humano, y se muestran muy deficientes en desempeñar esa función (creo que nunca había leído un apocalipsis tan reposado).

Bear es un escritor bastante plano. Al renunciar al lenguaje propio de la ciencia ficción y optar por una aproximación más… documental, renuncia a toda una serie de eficientes herramientas narrativas que no sabe suplir. “La fragua de Dios” no transmite angustia, ni desesperación, ni ira; la humanidad afronta su extinción casi con un encogimiento de hombros. Todo cuanto queda fuera del foco descriptivo (el resto del mundo no estadounidense, por ejemplo) es como si no existiera (ni tan sólo se aprecian sus efectos), la economía no se colapsa, la estructura social no se ve alterada salvo por pequeños ajustes (todo ello de una verosimilitud nula). Es casi como si Bear hubiera maquinado una forma molona de destruir el mundo y todo lo demás fuera el relleno.

Para añadir leña al fuego, la opción de multiplicar los puntos de vista se antoja un mero recurso para rellenar páginas. Las líneas argumentales no se apoyan mutuamente, no hay ninguna gran idea que surja del conjunto, sino que muchos personajes hubieran podido ser sustituidos por otros diferentes por completo, con vivencias diametralmente opuestas, y eso no hubiera modificado significativamente la impresión global. Un tremendo error, pues a mi entender en una novela todo capítulo, todo personaje, incluso todo párrafo debe ser, ante todo, parte de un concepto (una reflexión, una emoción o una superestructura) superior.

La aparición de las formaciones rocosas artificiales, que sirve de punto de partida a la historia, por ejemplo, carece de conexión lógica con el destino de la Tierra. Bear no se molesta en atar cabos y ofrecer una explicación razonada, sino que se limita a un vago: “los alienígenas son misteriosos”. Cuando la situación alcanza un punto muerto, el autor se saca de la manga un elemento nuevo (un deus ex machina como la copa de un pino) que se encarga de reconducir la situación.

Podría decir que la novela ha supuesto una decepción, sólo que para empezar ya no tenía a Bear en muy alta estima. Aplaudo la intención de humanizar el hard, pero para tener en cuanta el factor humano hace falta mucho más que insertar unos cuantos estereotipos. El hombre es una criatura emotiva, no sólo intelectual, y un puñado de conflictos precocinados no bastan para retratarlo fidedignamente. Y ni qué decir tiene que un apocalipsis incapaz de provocar un solo estremecimiento no merece tal nombre.

Sea como fuere, “La fragua de Dios”, como ya he comentado, quedó bien posicionada en la carrera por los galardones de aquel año (una hornada bastante floja, todo hay que decirlo). El premio Hugo de 1988 lo acabó conquistando “La rebelión de los pupilos” de David Brin (quizás el libro más flojo de la primera trilogía de la elevación), mientras que el Nebula de 1987 fue para “La mujer que caía” de Pat Murphy (uno de los ganadores más flojos del premio).

La novela cuenta con una secuela “The sky anvil”, que nunca ha sido traducida al español.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en agosto 23, 2010.

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