Tritón. Una heterotopía ambigua

Samuel R. Delany no es un autor fácil. Aparecido en escena durante la época de predominio de la New Wave (aunque no integrado en ella), sus libros son complejos, tanto desde un punto de vista estilístico como argumental. En “Tritón” (1976), por ejemplo, tiene lugar la Primera Guerra Solar (entre los planetas interiores y las colonias lunares de los planetas exteriores), aunque estalla, se desarrolla y concluye entre capítulos, dejándonos entrever apenas las consecuencias (terribles, como exigiría un conflicto de tal magnitud y con tal desarrollo tecnológico, nada de las escaramuzas retro de la space opera). Tampoco es que suponga un hito central en la trama. Es tan sólo un elemento del contexto, e interesa en la medida en que afecta al protagonista de la novela, Bron Helstrom

Bron es un especialista en metalógica (una nueva disciplina matemática, derivada del igualmente ficticio cálculo modular, que permite acotar científicamente los problemas lógicos más complejos, tales como las interacciones sociales o las percepciones multisensoriales, para transformarlos en computacionalmente abordables), oriundo de Bellona, en Marte, donde ejerció de prostituto (la prostitución masculina es legal en Marte) y actualmente instalado en Tetis, la principal ciudad de Tritón, que es la mayor luna de Neptuno. La novela sigue sus infructuosos intentos por establecer cualquier tipo de relación interpersonal, ya sea de amistad o afectiva, aunque lo hace desde su perspectiva. Es decir, nos vemos sometidos a todas las alambicadas racionalizaciones que teje como excusas para sus fracasos (si bien, de tanto en tanto, algún otro personaje le enmienda la plana, o, más a menudo, alcanza contradicciones que le impelen a proyectar, y condenar, su propio comportamiento en los demás).

Realmente, no hay mucho más en las casi 400 páginas de la novela. Delany nos obliga a vivir dentro de la cabeza de un personaje despreciable, incapaz de encontrar la felicidad en una sociedad en la que, a efectos prácticos, todo es posible y está permitido (especial relevancia presentan las opciones sexuales, que se distribuyen por todo el espectro desde la heterosexualidad a la homosexualidad estrictas, pasando por cambios de sexo y ajustes voluntarios de preferencias sexuales), y donde las necesidades básicas están aseguradas. Además, por el camino, no se corta un pelo en lanzarse a largas descripciones sobre metalógica y otras ciencias igual de abstrusas (gran parte de la tecnología, e incluso la filosofía, del siglo XXII de Delany deriva de los estudios de Ashima Slade, un genio y revolucionario al nivel de Isaac Newton, incomprensible por definición para nosotros… y no mucho más inteligible para sus contemporáneos). Así pues, “Tritón” es por momentos pendante y casi siempre frustrante. Sin embargo, hay algo que impele a continuar leyendo, quizás la coherencia (dentro de su propia lógica interna), de la sociedad posthumana lunaria.

Quizás la mejor forma de analizar la obra, sin entrar en detalles sobre los sucesivos desencuentros de Bron, sea atendiendo a su subtítulo: “Una heterotopía ambigua”. Su uso se debe a la intención de Delany de establecer, según sus propias palabras, un diálogo con “Los desposeídos”, de Le Guin (subtitulada a su vez: “Un utopía ambigua”), toda vez que para cuando leyó esta novela (con la que se muestra crítico en muchos de sus aspectos) “Tritón” ya iba por su segundo borrador. Lo cierto es que, en ciertos momentos, la obra de Delany constituye una utopía anarquista más creíble. Sólo que no “Tritón” no es una utopía, sino una heterotopía.

El término heterotopía, en su aplicación sociológica, fue propuesto por Michel Foucalt en 1967, y no presenta un sentido unívoco. Por un lado, podría interpretarse como una multiplicidad de modos de vida coexistiendo en un mismo espacio (un concepto muy postmoderno de la vida urbana). La sociedad lunaria de Delany es, desde luego, un crisol de tendencias (sexuales, económicas, culturales…), focalizadas a través de un gobierno central bastante laxo, que no interfiere en nada en la vida privada de sus ciudadanos y que incluso renuncia a cualquier tipo de control en las zonas “no reguladas” de sus propias ciudades. En contraposición, la sociedad de los mundos interiores (Tierra, Luna y Marte) es muchísimo más homogénea y restrictiva (más cercana a nosotros). Así pues, en cierto sentido, el conflicto se establece en el plano de las libertades individuales. Por otra parte, una heterotopía también puede ser un espacio, mucho menos que ideal, inserto dentro de una utopía (o algo que aspira a tal) con el fin de que ésta funcione (a nivel cotidiano: hospitales, cementerios, metro…). Bajo este prisma, Bron, el protagonista, podría constituir (o representar) la heterotopía de “Tritón”, el elemento discordante; en parte por su educación marciana, pero también por lo que se intuye como graves trastornos de personalidad, que le hacen asumir planteamientos arcaicos (más propios de la época de escritura del libro que de la sociedad lunaria, tales como prejuicios sexuales y raciales, que resultan tanto más evidentes por cuanto contrastan con su entorno).

Por supuesto, todo esto no sería ambiguo si el autor no se limitara a dejarlo implícito, dejando al lector la tarea de reflexionar sobre lo leído y alcanzar sus propias conclusiones. Aunque al final no se puede resistir a incluir un apéndice, donde reflexiona, de forma bastante críptica, acerca del arte (en la novela deja caer ideas acerca del microteatro para audiencias limitadas o únicas, aunque en el apéndice ya particulariza en la literatura y, más específicamente, en la ciencia ficción) y del cálculo modular (y, paralelamente, de la genialidad y de la relación entre ciencia, arte, filosofía y locura).

No me cabe duda de que muchos encontrarán esta novela farragosa, pretenciosa y vacua. Lo cierto es que tampoco me atrevería a combatir estas opiniones con demasiado ardor (salvo por lo de “vacua”). Lo que para mí le concede la patente de corso es la calidad literaria, no exenta de cierta experimentación, con un uso extensivo de paréntesis para acotar no clarificaciones, sino inserciones dentro de la narración principal (algo que por momentos constituye un pequeño desafío a la comprensión).

“Tritón” fue candidata al premio Nebula en 1976 (ganó “Homo Plus”, de Pohl, una obra que abordaba también el transhumanismo, pero desde una perspectiva al mismo tiempo más simple y más extrema; y por lo que respecta al Hugo correspondiente, fue incomprensiblemente para “Donde solían cantar los dulces pájaros“). Desde entonces su notoriedad no ha crecido demasiado, aunque no me cabe duda de que ha servido de inspiración a más de un autor (William Gibson reconoce a Delany como una de sus principales influencias y el universo de los Ocho Mundos de John Varley presenta grandes similitudes con la sociedad lunaria imaginada en “Tritón”).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en julio 31, 2010.

Una respuesta to “Tritón. Una heterotopía ambigua”

  1. “Donde solían cantar los dulces pájaros” es una auténtica maravilla, uno de los mejores libros de Simak no escritos por Simak, un fabuloso estudio de personajes bajo una estructura engañosamente simple de fix-up. Nada, no te premito el “incomprensiblemente”.

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