Luna de invierno

Regreso al blog tras unos días de “vacaciones”. La verdad es que podría encontrar sin mucho esfuerzo excusas de sobra para dejarme de actualizaciones durante una temporadita, pero me temo que con lo dado que soy a dejarme llevar por la inercia, eso podría ser desastroso para Rescepto Indablog (me basta con comprobar lo que me está costando retomar la marcha). En fin, hay que poner en acción de nuevo los dedos, que no puedo dejar que se atrofien si quiero escribir mi novela de zombis (el mercado manda, que estoy harto de que mi producción estival languidezca en cajones virtuales).

Nada más propio que dirigir la vista hacia un producto eminentemente veraniego, como es el del bestseller, cosecha de 1994, en la forma de “Luna de invierno” (“Winter moon”) de Dean Koontz (el Stephen King de la segunda división literaria).

Koontz es un escritor competente, que en su obra sigue casi al pie de la letra el manual de estilo del maestro de Maine, con una notable capacidad para introducir en escenarios cotidianos desarrollos fantásticos, produciendo trhillers sobrenaturales (más o menos influenciados por el horror) tan ágiles como a la postre intrascendentes. En contadas ocasiones, como esta que nos ocupa, suma a la mezcla elementos de ciencia ficción, con bastante efectividad (mejor que King, de hecho, lo cual me hace sospechar que si no se ha prodigado más ha sido por la escasa comercialidad de esta propuesta).

Los principales protagonistas de “Luna de invierno” son Jack y Heather McGarvey, una pareja de Los Angeles, policía él, programadora en el paro ella, con un hijo de ocho años, Toby (Koontz siente predilección por tipos de profesionales, policías y pintores; aquí ha tocado el primero). La novela da comienzo con un incidente en el que se ve involucrado Jack, que se obligado a matar a un loco que está montando una barbacoa con una uzi en una gasolinera. El enfrentamiento se salda con dos civiles muertos y Jack gravemente herido, pero lo peor resulta ser que el loco era un prometedor y polémico director (leyendo el libro salta a la mente el nombre de Quentin Tarantino), y sus fans empiezan a montarse conspiraciones paranoicas y a acosar a Heather, que bastante tiene con lidiar con su precaria situación económica y con la posibilidad de que Jack se quede paralítico de por vida. Paralelamente, y sin que en principio exista ningún nexo evidente, en un rancho de Montana el anciano Eduardo Fernández despierta por las noches con la certidumbre de que algo muy extraño está ocurriendo en los bosques cercanos.

Ambas líneas argumentales avanzan sin molestarse. La primera en plan drama humano, con el típico tratamiento de personajes del bestseller americano de los 80 y principios de los 90 (un poco novela costumbrista, otro poco estudio psicológico, con abundantes referencias pop para situar la acción). La segunda con un tono decididamente más fantástico, a medida que los acontecimientos van precipitándose. Para el lector experimentado, pronto resulta evidente que las vivencias de Eduardo constituyen el remake de uno de los relatos más innovadores de la historia de la ciencia ficción, “El color surgido del espacio” de H.P. Lovecraft. 70 años no pasan en balde en lo tocante a originalidad, sin embargo Koontz logra transmitir a la perfección la sensación de una voluntad alienígena, con motivos y ambiciones totalmente ajenos al hombre. Esta parte se cierra de forma brillante, dejando planteados los fundamentos para un horror todavía mayor.

En la segunda parte, los McGarvey, cansados de la persecución que sufren en Los Angeles, y merced a una serie de casualidades, acaban mudándose a cierto rancho de Montana que ya conocemos, en donde tras las escenas costumbristas de rigor (sin descuidar la idealización de la vida en comunidades rurales), pronto empiezan a verse acosados por el mismo ente alienígena, cuyo interés se centra particularmente en Toby (¿Para qué sirve si no un niño de ocho años?).

El gran error de Koontz consiste en abandonar la senda que él mismo se había marcado, así como la tesis sobre la naturaleza alienígena (en su sentido más amplio) del invasor. Así pues, aunque se esfuerza en mostrarnos (por intermediación del niño) el abismo que media entre este ser (el Dador) y los humanos, lo cierto es que lo que va haciendo es concretar cada vez más la amenaza y hacerla más explícita, logrando con ello reducir su impacto. Así pues, el experimento narrativo se abandona a favor de una típica trama de personajes (una familia en concreto) atrapados frente a un peligro que les obliga a emprender acciones desesperadas al más puro estilo americano (casi todo se resuelve con suficiente potencia de fuego).

Es lo que tiene Koontz. Su calidad literaria es más que suficiente, y sus planteamientos pueden llegar a ser muy intrigantes, pero los desarrollos y, sobre todo, las conclusiones suelen ser excesivamente formulaicos. Huye como de la peste de cualquier tipo de sublectura, más allá del simple enaltecimiento de los valores tradicionales, conformándose con proporcionar una emoción aséptica a través de escenas de acción bastante tópicas (aunque incluyan seres tentaculares negros, jaspeados de rojo, con cierta querencia necrófila). Lo que decía, vamos, entretenimiento veraniego sin complicaciones.

Una pena, porque toda la primera parte demuestra que, con un poco más de ambición, Koontz podría ofrecer novelas de considerable interés. Cuando menos, “Luna de invierno” constituye, al menos en lo que se refiere a Eduardo, uno de los mejores homenajes a Lovecraft que he tenido ocasión de leer, en tanto no se decanta por el camino fácil de imitar su arcaico y recargado estilo, sino que profundiza en uno de sus grandes temas (muy a menudo obviado incluso por proclamados admiradores de la obra del escritor de Providence): la inescrutabilidad intrínseca de determinadas amenazas, que hace de todo punto imposible cualquier tipo de entendimiento.

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~ por Sergio en julio 22, 2010.

4 comentarios to “Luna de invierno”

  1. No, no lo hagas, compañero, zombies no. Ya sé que el hambre da muchas cornadas, pero es que… zombies!! Sé fiel a ti mismo. Tienes más clase que recurrir a los malditos zombies, que ya han saturado demasiado el mercado. Te invito a la reflexión, amigo, a menos que te hayas ensuciado a estas alturas ya demasiado las manos. Saludos (siento el tono, pero me es que el tema me ha llegado, seguramente desde fuera se ve todo diferente).

  2. Es que no estaba exagerando. Tengo dos novelas, una escrita en el verano de 2006 y la otra en el de 2007 muriéndose de asco entre mis archivos. Las editoriales, las más de las veces, ni siquiera se dignan a realizar acuse de recibo (cumpliendo a rajatabla sus propias normas de envío de originales). Por suerte, la novela corta que escribí en 2008 saldrá publicada el próximo octubre, pero la antología ya estaba apalabrada de antes.

    Eso por no hablar de que entre los dos libros que publico este año no llegaré a 1.000 ejemplares de tirada inicial.

    Por una vez, me gustaría que mi producción llegara al menos al público. Entrar en una librería y encontrarme con uno de mis libros. Si para eso hay que plegarse a las modas, pues adelante. Se puede escribir un libro digno de casi cualquier tema, y los zombis no son una excepción.

    La fidelidad a uno mismo no pasa ncesariamente por escoger unas temáticas en detrimento de otras, sino por abordar cada proyecto con honestidad y procurando cumplir con tus expectativas personales. Así pues, será una novela de zombis, pero también será una novela mía.

    Y no es que el tema me sea del todo ajeno. Recuerdo al menos cuatro relatos míos que podrían entenderse como de zombis… incluyendo “Cenizas del Niflheim” en la Antología Z vol.2, un buen ejemplo de lo que comentaba sobre abordar cualquier temático manteniendo la fidelidad a uno mismo.

  3. a mi tampoco me hace gracia la saturacion zombie…
    del tema Koontz, supongo que estras bromenado cuando dices que es un narrador eficaz… es como Danielle Steele pero en el campo del terror, uno de sus libros que lei Tick tock es mas una comedia romantica que una historia de terror, sus libros recuerdan poderosamente a los telefilmes norteamericanos de las sobremesas televisivas del fin de semana… y eso que sus ideas iniciales a veces son interesantes, caso de aquella novela, lo siento no recuerdo ahora el titulo ahora sobre un niño fallecido que se comunica con su madre, que no pude terminar o Susurros, quiza lo mas salvable que he leido de este autor…
    francisco(ollonois)

  4. Humm, tal vez más que “eficaz” hubiera tenido que decir “eficiente”. Koontz es capaz de suministrar una secuencia ininterrumpida de bestsellers que son tan consumibles como olvidables… y por eso mismo tiene mucho más éxito que autores infinitamente más interesantes.

    Sus planteamientos son a menudo interesantes, es capaz de llevar adelante la trama sin graves dificultades y, por desgracia casi nunca tiene ni puñetera idea de qué hacer con lo que tiene entre manos, de modo que sus finales son casi invariablemente pobres y anticlimáticos. Habré leído tal vez una docena de sus libros, de los cuales sólo destacaría “Relámpagos” (viajes en el tiempo y nazis). Del resto, oscilan entre los espantosos y los que presentan aspectos interesantes, para no terminar de cuajar, como “Luna de invierno”.

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