La Muerte Negra: el triunfo de los no-muertos

La Editorial Dolmen me ha hecho llegar unos libros de su línea Z como material de prensa. Evidentemente, esto no cambia en absoluto mi aproximación a la crítica, pero he querido comentarlo para presentar una nueva página del blog, creada a raíz de esta circunstancia (que se une a la recepción, no hace mucho, de un ejemplar de prensa de la nueva editorial NGCFicción!). Mi intención es demorar lo menos posible la lectura y crítica de estos libros (máxime si son de autor español), pero ante la posibilidad de imponderables he decidido cuanto menos hacer mención inmediata de su recepción (y emplazarlos para una futura reseña) en la página “Libros recibidos” (dependiente del “Archivo de reseñas“).

En el caso concreto que nos ocupa, tenía que decidir por cuál empezar, algo que a fuer de ser sincero no me ocupó demasiado tiempo, pues dentro de la fiebre zombi que nos invade siempre ha habido un subsubgénero que ha llamado mi atención y que, en mi opinión, se encuentra poco explotado: los zombis con ambientación histórica.

“La muerte negra: el triunfo de los no-muertos”, de Házael González, aborda uno de los escenarios más sugerentes que quepa imaginar, al vincular la pandemia de peste bubónica que llegó a Europa en el año 1347, con un apocalipsis zombi. Aquellos que mueren presentando bubas se levantan al poco como no-muertos, en una epidemia, complementaria a la peste, que es la que recibe propiamente dicho el apelativo de la Muerte Negra.

Como no es difícil imaginar, la novela no sigue el patrón típico de la literatura zombi. Hubiera sido poco menos que un pecado desperdiciar en una trama confinada a un escenario limitado las posibilidades que ofrece la premisa (eso está bien para películas de bajo presupuesto, pero  hay que saber aprovechar la libertad que ofrece un libro). Así pues, cada capítulo (salvo el final) se compone de dos partes: un breve relato inicial, que, sin guardar continuidad argumental, detalla cronológicamente el avance de la pandemia (y de los muertos vivientes), desde la colonia mercante de Kaffa, en el Mar Negro, hasta los más distantes rincones de Europa; y otro fragmento más largo, ocupado en relatar la historia principal, el viaje de un misterioso occinato llamado LeBlanc desde el monasterio de Monserrat hasta… muy lejos, cumpliendo unas misteriosas consignas que le llevan hacia el este, al encuentro del foco de la plaga y más allá.

El componente zombi de la historia se muestra bastante contenido (lo que dividirá, sin duda, a los posible lectores). Personalmente, agradezco que la faceta histórica cobre protagonismo, especialmente en una época tan convulsa y atractiva. Se nota una importante documentación (tan sólo me chirría un poco un noruego del siglo XIV jurando por Odín), tanto en lo referente a acontecimientos puntuales como a personajes o escenarios. En las 250 páginas de la novela se nos ofrece una panorámica del mundo de la época y de los estragos causados por la epidemia, salpicado aquí y allá por algún encontronazo con cadáveres andantes que se resuelve como Dios manda, a espadazos. Tal vez no concluya de un modo plenamente satisfactorio (constituye un final pseudomístico un tanto vago), pero desde luego es uno de esos casos en que quizás lo importante no es tanto el destino como el viaje.

Si no me equivoco, se trata de la primera novela de su autor, y constituye un esfuerzo más que encomiable. Tanto las descripciones como los diálogos  son correctísimos, con un gran dominio de la escena. No está exenta, sin embargo de algunas debilidades (en modo alguno defectos, tan sólo aspectos mejorables). Ante todo, cabría destacar cierta frialdad narrativa, que le impide sacar todo el partido posible de escenas como el encuentro con el papa Clemente VI (en su trono de Avignon, rodeado de hogueras alimentadas incansablemente con el fin de mantener a raya a la plaga) o de sus personajes  (en particular, para ser el protagonista, LeBlanc resulta excesivamente plano). Además, la estructura deviene en episódica, con pequeños tramos descriptivos separados en ocasiones por meses de viaje que se eliden por completo. Para terminar, cabría resaltar el uso reiterativo de determinados vocablos (como “maldito/maldita”).

Estas pequeñas carencias quedan compensadas por virtudes como su capacidad evocativa (por ejemplo, las imágenes conjuradas por una Venecia infestada de zombis después del terremoto de 1348) o el juego que propone de seguir las múltiples referencias y los pequeños guiños históricos (que se explicitan en parte en un apéndice al final del texto), conformando en su conjunto una obra notable (si bien carente de la chispa de genialidad capaz de darle el impulso necesario para subirla por encima del nivel de correcta y transformarla en un auténtico referente). No me cabe duda, sin embargo, de que sólo es cuestión de que al autor coja un poco más de soltura narrativa, porque a nivel técnico poco más se le puede pedir. Ya contaré mis impresiones sobre su segundo proyecto, ni más ni menos que cometer sacrilegio zombi sobre la obra de Cervantes.

Para terminar, quisiera destacar la labor de otro de los profesionales encargados del acabado final del libro. No voy a referirme (salvo de pasada) a Alejandro Colucci, responsable de ilustrar la línea Z, que ofrece otra magnífica portada, alejada un tanto de la iconografía habitual, sino a alguien cuyo trabajo suele pasar mucho más desapercibido pese a ser un ingrediente crucial en determinar la impresión producida por el libro. Me estoy refiriendo a la encargada de la corrección, Elsa Otero. Con esto no quiero implicar que se deba por completo a ella la excelencia gramatical (de donde no hay no se puede sacar) o que piense que pueda haber sido necesaria una extensa labor de corrección,  pero tras haber experimentado de primera mano su labor (en el repaso de mi cuento en la Antología Z volumen 2), no me cabe duda de que habrá constituido un elemento inestimable para alcanzar el impecable acabado del tomo (y, ¡qué caramba!, los correctores también se merecen de tanto en tanto un aplauso, que sólo nos acordamos de ellos para mal).

“La muerte negra” demuestra que hay vida en el subgénero zombi más allá de los cuatro lugares comunes popularizados por el cine. Ahora sólo falta por comprobar si encuentra su público (o si su publico la encuentra a ella).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en julio 4, 2010.

5 comentarios to “La Muerte Negra: el triunfo de los no-muertos”

  1. Vaya, la reseña me ha picado la curiosidad, a ver si encuentro el libro. Estoy bastante desconectado de esta nueva horda de literatura zombi, sólo he leído la antología de Minotauro y es que con todas las novedades que salen, prefiero esperar a que sean otros los betatester y así saber qué libro es bueno y cuál es malo. Supongo que se cumplirá la Ley de Sturgeon, y las posibilidades de acertar con un libro escogido a ciegas son bastante reducidas.

  2. Lo cierto es que en las modas la ley de Sturgeon se magnifica (porque el filtro suele relajarse).

    De todas formas, ya he leído algún título bastante bueno, como por ejemplo, y contra todo pronóstico, “Lazarillo Z”.

  3. Ya contaré mis impresiones sobre su segundo proyecto, ni más ni menos que cometer sacrilegio zombi sobre la obra de Cervantes.

    socorro… nadie va a evitar esa mamarrachada…?
    francisco(ollonois)

  4. Pues para mí y como deje constancia en la reseña que hice para Anika Entre Libros, La Muerte Negra es el título más flojo de los que han salido de la Línea y lo digo tras haerblos leído todos.

    Fer

  5. Sólo he leído tres (cuatro incluyendo la antología en la que salgo, pero supongo que ése no cuenta), y éste fue el primero. Formalmente, no está nada mal, aunque la falla la tensión dramática (curiosamente, en las obras primerizas suele ocurrir justo al revés). Lo que sí me parece es poco zombi (y con poca “creatividad” en los pasajes con no muertos).

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