La casa en el límite

En pleno giro hacia el terror, recupero otra entrada publicada originalmente en Scifiworld, referida a otro de los precursores del género fantástico moderno y a su obra más reconocida. Como ocurría con “En las montañas de la locura“, no es posible adscribir inequívocamente esta novela a un género específico, pues se escribió durante el período, a principios del siglo XX, cuando el fantástico vivió una revolución extraordinaria.  La literatura de aventuras, fusionada con la sensibilidad romántica por lo sobrenatural (cuyo máximo exponente se vio en la literatura gótica), se vio influenciada por una revolución científica no menos sobrecogedora que los fantasmas de antaño y el resultado fue una literatura que participa tanto del terror como de lo que posteriormente llegaría a conocerse como ciencia ficción (aunque, eso sí, muy alejada del romance científico, que por aquel entonces constituía su encarnación principal). William Hope Hodgson (1877-1919) es una figura clave en esta época, en la que se preconfiguraron los diversos subgéneros fantásticos tal y como los conocemos hoy en día.

Entre su breve bibliografía, limitada por las dificultades económicas, que convirtieron la escritura en una actividad secundaria, y por su temprana muerte durante la Primera Guerra Mundial, destaca la que es considerada su obra cumbre: “La casa en el límite” (también se ha publicado en español bajo los títulos “La casa en el confín de la tierra” y “La casa en el confín del mundo”, pero me parece más acertada y evocadora, como traducción de “The house on the borderland”, la opción que he utilizado como título de la entrada).

Hodgson publicó ésta, su segunda novela, en 1908, aunque en realidad la tenía escrita desde 1904 (un dato importante, como se verá más adelante). La evolución que muestra desde el horror cercano, originado en la culpa y el pecado, hacia la monstruosidad impersonal e inexorable que más tarde se denominaría “horror cósmico”, lo señalan como un influyente precursor de la obra de H. P. Lovecraft (que lo elogiaría en su ensayo “Supernatural horror in literature”… circunstancia que condujo, irónicamente, al redescubrimiento de la obra de Hodgson por parte de los estudiosos del genio de Providence y a su rescate del olvido). La primera parte de la obra no puede ser más lovecraftiana en esencia. Un par de caballeros ingleses, de turismo por Irlanda, encuentran un extraño manuscrito en las ruinas de una mansión. En sus amarillentas hojas se narra la lucha desesperada del antiguo morador de la vivienda contra una raza de horribles monstruos, poseedores de una inteligencia maliciosa, que surgen de un abismo insondable situado bajo los cimientos del caserón. Así, con la única ayuda de un fiel perro y teniendo que cuidar de su hermana trastornada, el protagonista relata con agobiante precisión el terrible asedio al que se ve sometido. En todo este pasaje, el autor muestra una envidiable mano para ir construyendo poco a poco, pero sin desfallecer jamás, la tensión (al igual que en su no menos recomendable obra “Los piratas fantasma”).

Por si hubiera logrado poco con este enfoque, ciertamente adelantado a su tiempo (hoy en día, bien empapados de la literatura de Lovecraft y seguidores, quizás nos pueda parecer incluso tópico, pero en 1908, desde luego, suponía una ruptura brutal con los esquemas solidificados por siglos de tradición), llega un momento en que la trama avanza en una dirección inesperada. Y lo de “avanza” cobra todo su significado cuando nos vemos arrojados a un viaje portentoso a través de los mares del tiempo, hacia un lejano y tenebroso futuro donde somos testigos, de la mano del protagonista que se ha convertido en un observador puro, de la muerte de la Tierra y del propio Sistema Solar. Las imágenes plasmadas por estos párrafos son de una fuerza evocadora que aún no ha sido superada. Nunca antes el hombre había sido enfrentado a su propia insignificancia a nivel cósmico como en esta narración de soledad, decadencia y muerte. Pero es que además Hodgson no se limitó a dar rienda suelta a su imaginación, sino que tuvo muy en cuenta los conocimientos de la época, adelantándose a las pesadillas científicas que plagarían las narraciones de tantos escritores tras él (de un modo plenamente moderno, alejado de la afección victoriana de la obra de anticipación de H. G. Wells, más en la línea de autores como Olaf Stapledon, casi coetáneo de Hodgson, aunque desarrollara su carrera literaria en una fase mucho más tardía de su vida).

La base científica de su apocalíptica visión procede de la obra de William Thomson, más conocido como Lord Kelvin, importantísimo físico teórico, uno de los hombres que condujeron dicha disciplina hacia su forma moderna y gran impulsor de la ciencia de la termodinámica. La larga noche que se abate sobre el Sistema Solar en “La casa en el límite” sigue los postulados de la muerte térmica predicha por Lord Kelvin:

Creo que no existe ninguna acción física capaz de restaurar el calor emitido por el Sol, y que esta fuente no es inagotable; también que los movimientos de la Tierra y los otros planetas están perdiendo vis viva, que se convierte en calor; y que, aunque algo de vis viva puede ser restaurada en cierta forma a la Tierra por el calor que recibe del Sol, o por otros medios, la pérdida no puede ser exactamente compensada.

Esta terrible predicción, de un universo que va enfriándose poco a poco hasta detenerse por completo, alimenta el terror cósmico (materialista en contraposición con el sobrenatural encarnado en las criaturas invasoras) de Hodgson y nos depara uno de los más extraordinarios pasajes que ha imaginado la literatura fantástica.

¿Por qué apunté antes que era importante la fecha de escritura? Bueno, en 1905 un tal Albert Einstein revolucionó el mundo de la física con cuatro artículos que transformaron nuestro conocimiento del universo (se conoce la proeza como el annus mirabilis; los textos versan sobre el movimiento browniano, la relatividad especial, la relatividad general y el fenómeno fotoeléctrico… que sería el que le proporcionaría el premio Nobel en 1921 y que sentaría las bases para la siguiente gran revolución: la mecánica cuántica). Estos avances dejarían la física de lord Kelvin superada por completo (aunque su visión de la muerte térmica siga siendo, con los ajustes necesarios para actualizarla a los nuevos conocimientos, uno de los posibles destinos del universo), y por ende también la ficción de Hodgson (en la década de los veinte, Lovecraft tomaría estas ideas, que dibujaban un Universo aún más hostil e incomprensible, y las haría parte constituyente de su mitología). Todo lo cual, que duda cabe, no resta un ápice de fuerza a las descripciones de “La casa en el límite”.

Quizás el estilo literario de William Hope Hodgson no sea de lo más depurado. De hecho, se tacha a menudo su novela “El país de la noche”, publicada en 1913 aunque quizás escrita hasta diez años antes, que desarrolla temas similares a “La casa en el límite”, de ilegible por su arcaicismo de imitación… un estilo que no se reproduce, salvo de un modo muy somero, en la obra que da pie a esta entrada. Sin embargo, ofrece una visión completamente personal y única, capaz de enfriar nuestros corazones con la gélida soledad de un universo muerto. Una obra imprescindible, tanto para entender la evolución del género fantástico como por sus propios méritos literarios, y un autor a reivindicar, como figura crucial de una época fascinante.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 6, 2010.

5 comentarios to “La casa en el límite”

  1. De Hogdson fue para mi una revelación los piratas fantasmas. Para mí es mejor que Lovecraft en muchos aspectos, el de Providence se basa en adjetivar y adjetivar… En cambio Hogdson construye a partir del lenguaje, si marineros se instala en el léxico naval para pintar el horror. Si ciencia, en el científico. Quiza L. es mejor en la construcción de teogonías de gran originalidad, pero como prosista psss….

  2. Es que Hodgson fue marino, así que conocía a la perfección el léxico naútico. De todas formas, sí que es cierto que a nivel de estructura es bastante más elaborado.

    En cuanto a Lovecraft… quizás pesan demasiado en su contra los pecadillos de juventud. A partir de 1928, cuando empezó a desarrollar sus Mythos (al imprimir un giro hacia la ciencia ficción), dejó atrás buena parte del barroquismo de su etapa Dunsany (al tiempo que exploraba en profundidad los temas, ya incipientes en la obra de Hodgson o Abraham Merrit, que le dieron fama).

  3. Por fin me decidi a leer esta novela despues de varios años de leer acerca de ella y vaya que no solo no quede defraudado sino que ha superado mis expectativas. Es en realidad un relato de una fuerza extraordinaria y no ha envejecido nada. De lo más recomendable.

    • Pues te recomiendo encarecidamente “Los piratas fantasma”, también de Hogdson. Una obra breve pero magnífica, de la otra especialidad del autor, el terror náutico.

  4. […] de que me dejo muchas obras y numerosos autores en el tintero, como William Hope Hodgson y La casa en el límite, o incluso relatos y novelas de estos mismos escritores. Sin embargo, no pretendía realizar una […]

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