La velocidad de la oscuridad

Los premios Nebula son bastante peculiares. Al concederlos los compañeros escritores en vez de ser una votación popular como los Hugo cabría esperar unas elecciones realizadas con un criterio más estable, pero lo cierto es que en no pocas ocasiones resulta difícil imaginar en qué estaban pensando los socios de la SFWA cuando emitieron su voto, pues en general, echando la vista atrás, el listado de ganadores menos discutible es el de los Hugo. Lo cual no quiere decir que, de vez en cuendo, no rescaten alguna obra meritoria cuyo fuerte no estuvo en la popularidad inmediata.

La añada de 2003 fue bastante peculiar. No sólo no se presentó coincidencia en el ganador, sino que el quinteto de finalistas difirió por completo entre los dos grandes premios; por no hablar de que el Locus tuvo otro vencedor, y tres de las cinco primeras posiciones fueron novedosas con respecto a sus hermanos. La quinta correspondió a “La velocidad de la oscuridad” (“The speed of dark”, Elizabeth Moon), vencedora del premio Nebula a mejor novela en 2004; entre los finalistas se contaba “Inmunidad diplomática” de Bujold, mientras que “Cielo de singularidad” de Stross fue candidata al Hugo que, esta vez sí, conquistó Bujold con “Paladín de almas”).

Por estos lares no conocemos demasiado bien a Elizabeth Moon, una autora dedicada principalmente a la fantasía épica y al space opera militarista, de la que tan sólo se han traducido sus dos novelas más atípicas: “Restos de población” y esta que nos ocupa (también son las que han alcanzado un mayor reconocimiento crítico).

“La velocidad de la oscuridad”, como “Restos de población”, es una novela centrada en su protagonista, en este caso Lou Arrendale, un autista con alto grado de independencia que trabaja para una compañía farmacéutica detectando pautas. Como buena muestra de la ciencia ficción de la pasada década, se inscribe en la tradición del futuro-cercano, con una ambientación que sólo difiere de la contemporánea en los detalles justos para propiciar la especulación. Al contrario que en otras obras similares, Moon presenta la habilidad necesaria para evitar en gran medida la caducida inherente a este tipo de ficción, al dejar no ya en segundo sino incluso en tercer plano los detalles tecnológicos.

La trama arranca con la llegada de un nuevo director de sección (una sección en la que todos los trabajadores son autistas), con ideas muy definidas sobre la falta de productividad de una panda de minusválidos que disfrutan de prerrogativas inadmisibles. Lou y sus compañeros empiezan a sufrir acoso laboral, encaminado a forzarlos a participar como “voluntarios” en el experimento clínico de una nueva terapia que podría curar el autismo. Claro que para ellos su condición no es una enfermedad, sino algo que los define, y volverse “normales” supondría dejar de ser ellos mismos.

La narración es principalmente en primera persona y en presente, con frases cortas, expresando ideas recurrentes, a menudo con una estructura lógica muy estricta y lineal. Todo ello diseñado para meternos en la mente de Lou Arrendale, mientras se enfrenta no sólo a su complicada situación laboral, sino también a los hechos cotidianos de la vida y a su peculiar forma de establecer relaciones personales con un grupo de amigos normales (pertenecientes a un club de esgrima). De tanto en tanto, se intercalan breves segmentos en tercera persona y en pasado, para referir hechos que acontecen fuera de la presencia y el conocimiento de Lou. Su función es doble. Por un lado, se trata de pegotes para hacer avanzar la trama, por otro, constituyen pequeños islotes para descansar del estilo seco de la novela (demasiado larga para sustentar el ritmo sin este recurso) y servir de recordatorio periódico sobre lo que es una interacción normal (renueva, por tanto, la extrañeza del discurso de Lou, al que podríamos llegar a acostumbrarnos de no mediar estas rupturas).

“La velocidad de la oscuridad” resulta una lectura ambigua, reflejando quizás la propia ambivalencia en los sentimientos de la escritora respecto a algunos de los temas expuestos (¿Aceptar o no la cura? ¿Doblegarse a la imposición de lo que otros consideran normalidad? ¿Arriesgarlo todo por la posibilidad de una mayor integración?). El tema toca muy de cerca, pues es madre adoptiva de un niño que al crecer se reveló como autista (tenía ya 18 años cuando Elizabeth Moon emprendió la escritura) y a veces cuesta no ver en el enfoque escogido la lógica parcialidad de alguien directamente implicado (con todas las frustaciones que supone la crianza de un niño con unas habilidades sociales y comunicativas muy inferiores a Lou y sus compañeros, beneficiarios de una educación especializada). La subjetividad no es necesariamente perjudicial, pero resta matices al desarrollo de la novela y, sobre todo, a su conclusión.

Otra crítica que cabría hacerle es que los personajes resultan excesivamente planos. El único autista con cierto protagonismo es Lou, un hombre joven sin defecto alguno (quitando de su condición), mientras que los  “normales” con que interacciona se pueden clasificar en grupos: aquellos comprensivos que lo aceptan sin ambages, peculiaridades y todo, y un par de sujetos de la peor calaña que lo odian por ser diferente, piensan que se beneficia de injustas ventajas y que no tienen empacho en descender a la más profundas simas de crapulencia para demostrar la tesis de que su postura es incorrecta. El único personaje que no se decanta claramente por uno de los dos extremos está ahí para proporcionar la necesaria tensión argumental y encarrilar la historia hacia un final anticlimático (que, personalmente, encuentro mal justificado, como si tras cuatrocientas páginas de cavilaciones se decidiera todo lanzando una moneda al aire).

Pese a todo, la lectura de “La velocidad de la oscuridad” no resulta particularmente frustrante y, de hecho, existen varios elementos de interés. Aunque la resolución decepcione, el planteamiento del dilema de Lou es concienzudo e invita a la reflexión. Su propuesta de considerar el comportamiento autista como un ejemplo extremo de lo que consideramos normal incita a reexaminar bajo una nueva luz nuestra propia capacidad de interacción social (sobre todo si ésta tiende a nula) o nuestras carencias en otros campos. En esencia, viene a ejemplificar el conflicto entre la individualidad humana y la presión igualadora de la sociedad, y muestra el proceso por el que se alcanza una solución de compromiso, algo automático en cualquiera que no sea autista.

Existe incluso una subtrama sobre conspiraciones corporativas que adereza algo la trama, aunque al final todo quede en algo bastante simplón.

No se trata, por tanto, de una obra maestra (las comparaciones con “Flores para Algernon“, que el editor se apresura a invocar, no le son nada favorecedoras), pero cumple bastante bien su función como generadora de preguntas. Tan sólo hay que ir a buscar las respuesta a otra parte.

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en mayo 3, 2010.

Una respuesta to “La velocidad de la oscuridad”

  1. Reblogueó esto en Paseos Intersticialesy comentado:
    La velocidad de la oscuridad

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