Los aborígenes de Andrómeda

Sigo fagocitando mi producción previa. No es que me produzca graves quebrantos morales, pero no sé qué haré cuando se me acabe. Como la anterior, esta reseña (con mínimos retoques) fue publicada originalmente en Scifiworld.

En 1978 salió al mercado Albia Ficción, una colección de ciencia ficción que apostaba por autores españoles y europeos (sobre todo rusos y franceses). Duró apenas 11 números, siendo el primer título “Los aborígenes de Andrómeda”.

Pese a la brevedad de su andadura, Albia Ficción constituyó un interesantísimo proyecto, que publicó por primera vez, por ejemplo, dos clásicos de la ciencia ficción española como son “La caída del Imperio Galáctico”, de Carlos Saiz Cidoncha, y “El Señor de la Rueda” de Gabriel Bermúdez Castillo. Además, nos acercó a corrientes literarias no exentas de cierto exotismo, como la cifi soviética.

Quizás lo más reseñable fue su decidida apuesta por la producción nacional, que copó casi la mitad de los números (cinco, para ser exactos), e incluso inauguró la colección. También llama la atención su formato, en un tiempo en que triunfaban las novelas de a duro, en especial la segunda edición de la Saga de los Aznar de Editorial Valenciana,  La Conquista del Espacio de Bruguera y Galaxia 2001 de Andina (allí era donde acababan publicando, con seudónimo anglosajón, los autores españoles, en un formato y unas condiciones que muy pocos consiguieron trascender). No es de extrañar, por tanto, que los frutos de un árbol tan peculiar posean un sabor distinto. Centrándonos ya en “Los aborígenes de Andrómeda”, nos hallamos ante una novela distinta a todo cuanto podáis haber leído, que cabría calificar como una ilustración de Mingote, sólo que narrada; y de ciencia ficción, claro.

El autor, que firma como Kalikatres, es Ángel Menéndez y Menéndez, descrito en la contraportada como humorista y científico al cincuenta por ciento, así que no debe resultar una sorpresa comprobar que “Los aborígenes de Andrómeda” es, ante todo, una novela de humor, de esa variedad satírica tan hispana que se prodiga en el mundo de la ilustración (desde la Codorniz hasta, en la actualidad, el Jueves) pero que no se traslada con facilidad al texto puro. El autor no deja que la verosimilitud le arruine un pasaje, optando por el surrealismo como medio de comunicación (vamos, como Douglas Adams, pero con humor español en vez de británico, que es un poco menos irónico pero más socarrón).

Otro aspecto por el que destaca es el lenguaje empleado, de una extraordinaria riqueza, tanto en vocabulario como formal, plagado de digresiones de todo tipo, que al final acaban por confluir, inconcebiblemente, en la trama principal. Y ahora que ha salido el tema, quizás convenga apuntar un poco sus líneas maestras. La novela narra el viaje intergaláctico de tres científicos y un militar (como niñera y cocinero), en una nave impulsada a velocidad superlumínicas gracias a las propiedades cáusticas de las berenjenas de Almagro. Lo que no podían esperarse, en llegados a Andrómeda, es que allí, en el quinto pino, encontrarían bastante más de lo que habían ido a buscar (y que, por cierto, hubieran podido hallar a la vuelta de la esquina, como quien dice).

El problema es que nada de cuanto explique puede dar una idea cabal de lo que nos podemos encontrar en “Los aborígenes de Andrómeda”, así que optaré por la vía fácil, copiando lo que tiene que contar acerca de la paternidad:

Antaño, las cosas pasaban de diferente manera. No había más que una clase de padre. Hogaño, ya no; que eso del taylorismo ha entrado a saco, también, en esta función y la ha dividido, técnicamente, en dos especialidades; a saber:

a) Padres fisiológicos, rollo que lo podemos ser todos. Está, salvo casos muy rebeldes a los potingues de botica con hormonas, al alcance de cualquier andóbal. A nadie se le veda, siempre y cuando encuentre una hembra vegetativamente potable que se avenga, con él, a la participación; y

b) Padres profesionales, y esto, ¡ah, esto sí que ya es harina de otro costal y no está, así como así, mollar para todo quisque! Menester son estudios, certificados de buena conducta, años de meritoriaje, currículum vitae, diplomas con sus sellos y firmas, amén de un carné que lo expiden los sindicatos correspondientes. Ya no es como antes, que cualquier mambrú, sin otros méritos más aparentes, ni asignaturas, ni títulos que haber cubierto con éxito y provecho a una señora, podía luego —las leyes, incluso, se ponían muy chinches en obligarle— darse a la crianza, educación y desarrollo de la prole; y eso, aunque fuese analfabeto, aunque no tuviese ni pocha idea de puericultura, psicología infantil, zarandajas adyacentes y, para colmo, ¡hasta tuviese unos antecedentes penales de aquí te espero!

Añádasele a este estilo diálogos vivos, personajes estrafalarios y ciencia cañí (paradojas temporales incluidas) y tendréis un atisbo de lo que es “Los aborígenes de Andrómeda”. Si la imagen es de vuestro agrado, ya sabéis, a bucear en librerías de viejo. Vale la pena el esfuerzo.

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~ por Sergio en abril 19, 2010.

6 comentarios to “Los aborígenes de Andrómeda”

  1. Joder, que bueno. El autoestopista galáctico y las aventuras de IJon Tychy, un mierda.

    ¡Saludos!

  2. Di que sí. Ni siquiera haría falta avisar de que el autor es español. Es humor con denominación de origen.

  3. Si os digo la verdad, aunque el comienzo es desternillante, a partir del momento en que llegana Andrómeda y encuentran sus “peculiares” aborígenes, se me volvió ya pesado de leer.
    Ahora la presentación del protagonista y sus terrificos pistolones, y pacificadores triquitraques, la descripción del motor de la nave (¡incluyendo un botijo!) y los relatos de las historias de los cientificos son desternillantes.

    Tengo que releerla, aunque ya no se por donde andará.

  4. Que bueno, es genial

  5. aunque varias veces la he tenido en mis manos, nunca me he atrevido a comprarla, por las malas críticas que he leído, Y creo que es una de las poquísimas que me faltan de Albia, sino la única

  6. Es un libro diferente, sin duda. Parece ser que la ciencia ficción y el humor no congenian bien, al parecer de muchos, por estas tierras. Personalmente, y pese a cierta reiteración de temas y chanzas, creo que merece la pena.

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