Ciclo de fuego

Hal Clement fue uno de los padres de la ciencia ficción dura, subgénero que empezó a cobrar entidad diferenciada tras la Segunda Guerra Mundial, separándose del núcleo principal campbelliano, aunque guardando estrechos lazos de contacto con esta forma de entender la ciencia ficción. Básicamente, se trataba de potenciar la verosimilitud científica de los planteamientos, hasta el punto de concebir las historias como pequeños puzzles encajados entre los férreos corsés de las leyes naturales.

Sus novelas son paradigmáticas de las virtudes y defectos del hard, pues aúnan la fascinación del exotismo plausible, el juego intelectual riguroso y los personajes unidimensionales y un tanto acartonados. Como por ejemplo, en “Ciclo de fuego” (“Cycle of fire”), publicada en 1957.

Como se puede comprobar leyendo este libro, a Harry Clement ciertas facetas de la ciencia ficción típica de la Edad de Oro, tales como el gusto por la aventura o por los héroes de una pieza, se la traían al pairo.  En todo el libro, la escena más excitante se organiza en torno al salto de una grieta (acto que, por cierto, se despacha con sencillez y ciertas doses de ironía). Los protas escapan de un desierto, son capturados por una tribu primitiva, exploran una ciudad ancestral, escapan de la muerte por los pelos en varias ocasiones… y ni siquiera aprietan el paso en ningún momento.

Prima la actividad intelectual sobre la física, la resolución de conflictos mediante el diálogo al uso de la fuerza (opción que goza de muy baja estima y basta para hacer dudar de la inteligencia del proponente, en otro pasaje claramente metaliterario). Los protagonista, por ejemplo, son Dar Lang Ahn, nativo del planeta Abyormen, y Nils Kruger, piloto-cadete del crucero de investigación terrestre Alphard, náufrago en el mismo. En cualqueir otra novela, los dos seres, mutuamente alienígenas, se pasarían medio libro desconfiando el uno del otro hasta encontrar los puntos en común y acabar cooperando para beneficio común. La relación que propone el autor es muy distinta. La opción por defecto consiste en buscar activamente los puntos de contacto (sin abandonar por completo alguna pequeña suspicacia, pero con disposición a conceder el beneficio de la duda). Así pues, pese a las diferencias, Dar y Kruger se hacen pronto amigos… y luego emplean el resto del libro en tratar de conocerse.

Una de las máximas de Campbell, impuesta a sus escritores como un regla dorada, era: “presentadme extraterrestres que piensen tan bien o mejor que un hombre, pero no como un hombre”, principio que Clement aplica a rajatabla. Las diferencias provienen mayoritariamente de antagonismos culturales, de modo que tampoco se puede afirmar que el pensamiento de Dar sea completamente inhumano, pero el autor es lo bastante perspicaz para diseñar una cultura tan ajena a cualquier ejemplo humano que le basta mantener la coherencia con sus postulados para cumplir la exhortación.

En la base de todo, como suele ser habitual en Clement (y en autores posteriores, como Robert L. Forward), se encuentra un escenario inusual, donde las leyes de la física y la química imponen sus propias condiciones. Si en “Misión de gravedad”, su obra más famosa, se trataba de un masivo planeta transjupiterino y en “Cerca del punto crítico” lidiaría con unas condiciones de presión y temperatura capaces de provocar todo tipo de curiosos fenómenos con el agua, para “Ciclo de fuego” diseñó un sistema estelar peculiar: un planeta orbitando una enana roja que a su vez orbita una gigante azul en una región del espacio con una elevada densidad de polvo. Esta configuración, que el propio Clement tilda de astronómicamente improbable (por lo que se sabía acerca de la formación de sistemas estelares), provoca en Abyormen acusadas diferencias estacionales en un superciclo que dura ochenta años, lo cual fuerza a las criaturas vivas, incluyendo a las inteligentes, a ajustar a esta realidad inapelable su ciclo vital.

Por desgracia, hace falta una buena imaginación espacial para visualizar las peculiaridades de esta configuración, que tan sólo se vuelve interesante cada cuarenta años (terrestres). El tema central, al contrario de lo que pudiera parecer, no es el planeta y sus peculiarides, ni siquiera sus habitantes, sino algo mucho más insustancial: la ciencia.

Dar, por ejemplo, es el científico perfecto: curioso, adaptable, con memoria fotográfica, carente de prejuicios, alto sentido del deber comunitario… ; salvo por un pequeño detalle. La transmisión de conocimientos en su cultura no favorece (más bien al contrario), la iniciativa. Se basa en un sistema de transmisión de la sabiduría directamente entre maestros y discípulos, sin que quede lugar para la discrepancia. Un sistema con la rigidez aparente de una escuela medieval (libros de saber incluidos, aunque se permite e incluso alienta la escritura de nuevos tomos al respecto de cualquier tema novedoso). La relación entre Nils y Dar, además de ser de amistad, implica fuertes paralelismos con la de maestro-discípulo (sin que la asignación de roles sea unívoca), aunque las principales lecciones no son explícitas. Dar enseña al humano a liberarse de preconcepciones, y éste (con un poco de ayuda al final) transmite a aquel algo de crucial importancia, todo un sistema de pensamiento, el método científico (predicado con el ejemplo).

Llegados a este punto, sin embargo, debo moderar mi entusiasmo, porque una cosa son las intenciones y otra los resultados. “Ciclo de fuego” no es una mala novela, pero tampoco la recomendaría incondicionalmente. El ambiente, aunque exótico, tampoco es tan diferente de cuanto podríamos encontrar en cualquier desierto. Los cambios drásticos estacionales tan sólo cobran protagonismo hacia el final de la novela, de modo que el exotismo, uno de los pilares de la ciencia ficción (sobre todo en aquella época), se resiente bastante. Para terminar de estropearlo, las consecuencias más importantes no son físicas, ni químicas, son biológicas, pero de un modo arbitrario. La rigurosidad biológica pocas veces se mantiene, ni siquiera en las obras de este tipo, en las que los personajes suelen ser marionetas al servicio del paisaje. No es exactamente el caso, pero, una vez pasada la agradable sorpresa inicial acerca de la actitud de Dar y Nils, se echa en falta algún tipo de reacción emocional sutil (de las extremas hay alguna, pero su aislamiento les confiere cierta aura de impostura).

Sutileza, por cierto, que atesora con avaricia la sublectura acerca de la naturaleza del pensamiento científico. No resulta difícil perderla de vista en medio de las visicitudes de la trama, hasta el punto que el esquema general sólo es apreciable a posteriori, reflexionando sobre lo leído una vez ya nos ha sido proporcionada la clave para interpretarlo. Cuando la mejor baza temática se encuentra tan disimulada, la fuerza de la narración recae en su componente literario… y desde luego el estilo de Hal Clement podía tener muchas virtudes, pero entre ellas no se contaba la excelencia literaria.

“Ciclo de fuego” es una obra menor dentro del hard. Agradable y fácil de leer (no presenta grandes complicaciones científicas, y curiosamente todo este componente puede quedar brumoso sin afectar por ello a la esencia de la historia), pero no imprescindible; con un interés más histórico que intrínseco. El subgénero ha evolucionado bastante en el medio siglo transcurrido desde su publicación, pero nunca está de mas echarle un vistazo a las raíces.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 14, 2010.

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