The cool war (Trilogía del reverendo Hake)

Hoy criticaré una de las obras menores de Frederik Pohl, “The cool war” (1980), pero antes de entrar en materia quisiera comentar un aspecto oscuro de su publicación en castellano, que por desgracia implica a la infame Pulp Ediciones. Ésta se produjo en el 2003, bajo el título de “Trilogía del reverendo Hake” (posiblemente para despistar), con total desconocimiento por parte del agente del autor para nuestro mercado, tal y como se revela en este artículo publicado en Cyberdark por Alberto Cairo. Ignoro si, una vez destapado el escándalo se alcanzó algún acuerdo para resarcir económicamente a Pohl (algo que aún están esperando muchos, si no la totalidad, de los autores nacionales afectados). En cualquier caso, se trata de un proceder inexcusable, casi con absoluta seguridad malicioso, y que posiblemente nos haya privado de una futura edición legal de la novela (pues carece de la entidad suficiente para justificar el riesgo de apostar por un producto ya explotado, aunque haya sido como carne de saldo).

En fin, no fue el primero y, lamentablemente, no ha sido el último caso de prácticas editoriales deshonestas (lo cual no es óbice para no condenarlo enérgicamente). Mejor me centro a partir de ahora en la vertiente puramente literaria de esta obra.

Al igual que con la recientemente reseñada “Mi nombre es legión”, de Zelazny, “The cool war” es un fix-up de tres novela cortas, publicadas en cuatro números de la Asimov’s Science Fiction Magazine entre marzo de 1979 y enero de 1980 (la última se repartió en dos volúmenes). Se trata de un proceder típico. Los autores cobraban por su edición en formato de revista, lo cual constituía el mercado primario, y posteriormente (a veces con pocos meses de retardo y unos retoques mínimos) la obra se recopilaba y se explotaba secundariamente en formato libro (tapas blandas) y, si había suerte y su fama lo propiciaba, mucho más tarde en una compilación de novelas de similar temática en una edición ómnibus. Este sistema nutría de novedades el mercado y generó muchísimas obras con una estructura tripartita más o menos independiente, que es muy común en ciencia ficción, incluso en mercados como el nuestro en que la existencia de un circuito profesional de explotación de novelas cortas ya no sólo es cifi, sino incluso fantasía épica.

La trampa narrativa que esto supone es evidente: cada fragmento debe poseer suficiente entidad independiente como para resultar una lectura satisfactoria, al tiempo que el conjunto debe presentar una adecuada progresión dramática y temática. No es algo fácil, sobre todo si el tiempo apremia y los plazos de entrega se ciernen en el horizonte. Así que por cada obra maestra como “Alas nocturnas” de Silverberg, nos encontramos con una “trilogía” insatisfactoria, como “The cool war”.

El protagonista de la historia es el reverendo (unitario) Hornswell Hake, conocido por todos, y no es broma, como Horny (apelativo bastante descriptivo, pues se pasa gran parte del libro pensando, a menudo sólo eso, en mujeres). Cierto día, Horny es llamado a filas (se encuentra, por una serie de rocambolescas circunstancias, en la reserva), para formar parte de una misteriosa agencia gubernamental secreta, cuyo propósito es promover la desestabilización de cualquier potencia extranjera que se ponga a tiro. El resto de personajes apenas pasan de secundarios más o menos pintorescos, lo cual hace recaer el peso de la narración en el reverendo Hake, un hombre que, por imperativo argumental, se pasa todo el libro dejándose llevar por la corriente. No es, por decirlo de algún modo, el personaje más interesante que haya creado Pohl (Robinette Broadhead, el protagonista de “Pórtico”, también es en cierto modo un derrotista pasivo, pero su entorno y la profundidad psicológica con que lo retrata bastan para elevarlo muy por encima de Horny Hake).

Hablando de entorno, el diseñado para “The cool war” no carece de interés. Los israelíes, desesperados, decidieron destruir las reservas petrolíferas árabes mediante bombas nucleares de carga hueca (sic), socavando la base de su poder. Esto provoca, colateralmente, una grave deficiencia energética a nivel mundial, con el uso obligatorio de combustibles alternativos, como el hidrógeno. Un escenario simplista, pero suficiente para según qué desarrollos, pues sólo se utiliza como fondo para dotar de colorido a la historia (con cortes de luz habituales, motores inerciales y de hidrógeno, grandes colectores de microondas…) y como sustrato de la tesis principal, que paso a analizar a continuación.

El planteamiento tampoco carece de perspicacia. En este mundo empobrecido, una guerra abierta sería demasiado onerosa para cualquiera de los dos contendientes, y la guerra fría es una estrategia insuficiente para alcanzar, siquiera a largo plazo, el objetivo final, que sería la prevalencia. Así pues, se impone un nuevo tipo de enfrentamiento, la guerra tibia (“cool war” en inglés), consistente en hacer la puñeta todo lo posible al resto de naciones, con cualquier perrería no mortal imaginable. En el texto se utiliza la metáfora de “hacerles la zancadilla”, aplicable a temas como la economía, la moral, la salud pública, la ecología o el viejo espionaje industrial de toda la vida.

Pese a que, a primera vista, puede parecer una premisa interesante, no acaba de cuajar, bien sea por carencias del texto (que jamás intenta profundizar en implicaciones de mayor calado), o por falta de credibilidad a poco que se analice (sus principales deficiencias cabe encontrarlas en la adjudicación de toda responsabilidad por lo que quiera que vaya mal a agentes extranjeros, lo cual libera de la misma a los actores, y en la ingenuidad de Pohl a la hora de plantear su guerra tibia, como un juego sin estrategia a largo plazo ni objetivos definidos). Por estas mismas razones, la trama de espionaje tampoco acaba de despegar. Eso por no hablar de que nuestro punto de vista se haya anclado en Horny, y el muy pánfilo no pilla una.

La conclusión hacia la que se dirige Pohl también hubiera podido salvar el conjunto (o al menos hacerlo más digerible), pero de nuevo se queda a menos de mitad camino. Sin desvelar demasiado, pretende ofrecer una explicación a las actitudes ilógicas y contradictorias de los personajes y del propio concepto de “guerra tibia” (en otras palabras, ¿no sería mucho más productivo trabajar juntos?), extensible a la naturaleza humana en general. ¿Lo logra? Sí y no. Por un lado, lanza una propuesta merecedora de consideración. Por otro, se olvida de apoyarla con argumentos pertinentes o de proyectar consecuencias en el futuro o realizar predicciones verificables en el presente.

En resumidas cuentas, tanto el escenario, como el planteamiento, el desarrollo y la conclusión son interesantes a priori, pero muy decepcionantes en su ejecución. Sería, por utilizar un símil culinario, como si Pohl hubiera mezclado correctamente los ingredientes (faltaría cuarto y mitad de personaje, pero se lo perdonamos), hubiera amasado la pasta, la hubiera dispuesto en forma de bocadillos y se hubiera olvidado (o no hubiera tenido tiempo) de hornearla. El pan estaba potencialmente ahí, pero lo que se nos acaba sirviendo es una masa blancuzca y blandengue.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 9, 2010.

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