Inmunidad diplomática

¿Qué lleva a un escritor (aparte del evidente rédito económico) a dedicar quince (o más) novelas a un mismo universo, la mayor parte de ellas a un único protagonista principal? La verdad es que no sabría cómo contestar a esa pregunta. Tendría que formulársela a alguien como Lois McMaster Bujold, cuyas dos docenas de novelas asumen, salvo un caso aislado (por mala recepción y ventas), la forma de seriales: el universo del Nexo de agujeros de gusano, con quince libros hasta la fecha (el decimosexto está en camino) y las series de fantasía de Chalion (tres volúmenes) y del Vínculo del Cuchillo (cuatro por ahora).

La serie más antigua, larga y exitosa es la del contrahecho (por trauma químico embrionario), hiperactivo y genio superdotado (para causar y resolver problemas) Miles Vorkosigan, que asume la carga principal de la saga del Nexo. Esta serie se inició en 1986, con la publicación de “Aprendiz de guerrero” (conjuntamente con “Fragmentos de honor” y “Ethan de Athos”), y su último capítulo hasta la fecha, en formato de novela, se escribió en el 2002 con “Inmunidad diplomática”.

Este año, Bujold regresará a la serie con “CryoBurn”, después de una década orientada a la fantasía, y desde luego, si “Diplomatic immunity” constituye una muestra significativa, Miles necesitaba quedarse unos añitos en barbecho para recuperar frescura. No es que se trate de una novela mala. Se lee en un suspiro y el personaje sigue siendo atractivo. Sin embargo, no sé si en toda la historia es posible encontrar una sola idea original.

Miles y su mujer, Ekaterin, se encuentran en pleno (y pospuesto) viaje de luna de miel, mientras sus dos primeros hijos se van gestando en placentas artificiales en Barrayar, cuando les alcanza un correo imperial que les transmite órdenes del emperador Gregor. Al parecer, en la Estación Graf, uno de los principales enclaves orbitales del sistema de los cuadris, la escolta militar barrayaresa de un convoy comercial komarrés se ha metido en problemas con las autoridades locales. La situación está empantanada y se requieren los servicios de un auditor para tratar de resolver el lío.

Por supuesto, para quienes no conozcan la serie, este planteamiento les resultará bastante críptico. No sabrán, por ejemplo, que los “cuadris” son los cuadrúmanos, unos humanos modificados genéticamente, con las extremidades inferiores sustituidas por un par extra de brazos, para trabajar en cero G (presentados en la novela “En caída libre”, 1988), o tampoco qué porras es un auditor en el complejo entramado político de Barrayar. Es el problema de las series largas, incluso de las orientadas a personaje como la de Miles (que son, a día de hoy, las predominantes). El corpus de personajes, culturas, sistemas estelares, tecnologías y complejidades políticas va creciendo con cada entrega, y llega un momento en que debe darse la información por conocida, renunciando a reiterar explicaciones que lastrarían la historia.

También puede revertirse el argumento: los conocedores de la serie disfrutan con el reencuentro con viejos conocidos. Lo exigen, incluso. Además, seamos sinceros, resulta dudoso que a estas alturas los editores esperen captar muchos lectores nuevos. Lo único que necesitan es algo de chicha nueva para mascar, y en eso, me temo, “Inmunidad diplomática” se queda corta. La trama se construye a partir de retales, autorreferencias, ampliación de elementos ya presentados en entregas anteriores y celebración de la personalidad “Naismith” de Miles (la que le impulsa a arriesgar en exceso y a improvisar estrategias sobre la marcha, incluso con la responsabilidad paternal pendiendo sobre su cabeza). Es ágil y convenientemente enrevesada, pero carece de frescura (y comete un error fatal: ata todos los cabos sueltos a cien páginas del final, convirtiendo los últimos capítulos en un epílogo excesivamente largo).

Se podría decir que la novela se queda en terreno de nadie. Demasiado autorreferencial para atraer a un público nuevo (la trama es completamente independiente, pero la ambientación se apoya en exceso en elementos externos para suponer una lectura cómoda) y demasiado poco innovadora para ofrecer a los habituales algo más que la dosis anual de Miles (lo cual, para muchos, ya es suficiente).

Dejando de lado estas cuestiones, se trata de un space opera puro y duro. Su objetivo es claro y único: entretener (lo cumple). No es una ciencia ficción de ideas. Utiliza a discreción conceptos comunes dentro del género, pero sin aportar en ningún momento una mayor introspección o examinar aspectos poco desarrollados por sus predecesores. De hecho, los principales temas, tales como la gestación ectópica, el bioarmamento o la modificación genética transhumana, se abordan de un modo tan superficial y poco especulativo que se antojan anacrónicos en una humanidad que se extiende por decenas de sistemas estelares.

Reconozco que el universo creado por Lois McMaster Bujold nunca ha terminado de atraparme, pero los problemas que he ido mencionando hacen de “Inmunidad diplomática” un divertimento aun menos nutritivo que de costumbre. Supongo que es una trampa en la que es fácil caer cuando se escribe en automático. Quizás abandonar temporalmente la saga haya sido una buena idea (aunque todavía no he leído nada de su producción alternativa de fantasía). Veremos con qué nos sorprende una vez cargadas de nuevo las pilas.

(Y, ya que estoy, aprovecho para clamar por la edición en bolsillo de los tomos que faltan, que ya va siendo hora de dejar de jugar con los que apreciamos la serie lo suficiente como para adquirirla entera, pero no al precio desorbitado que alcanza la tapa blanda sobredimensionada; éste me lo acabo de comprar en la feria del libro de ocasión).

Otras opiniones:

Otros libros de la misma autora reseñados en Rescepto:

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~ por Sergio en marzo 8, 2010.

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