Ladrones de tinta

Dedico principalmente Rescepto Indablog a la literatura fantástica, pero, igual que se cuela de tanto en tanto alguna película, no me cierro en banda a otros géneros, que no sólo de género fantástico me alimento. Entre mis otras aficiones literarias se cuentan la novela histórica y la novela negra (incluso cuando escribo he hibridado en ocasiones entre ciencia ficción, fantasía o terror y alguna de estas dos). El caso es que un libro como “Ladrones de tinta”, del madrileño Alfonso Mateo-Sagasta, que funde ambas, tenía que llamarme la atención, especialmente por su trasfondo. Así pues, aquí le dedico una entrada, y para no salirme por completo del guión, al final aprovecharé para compartir una pequeña reflexión respecto a la fantasía é(tó)pica.

El planteamiento de “Ladrones de tinta” es muy simple. Francisco Robles, el que fuera editor de “El Quijote”, encarga diez años depués a Isidoro de Montemayor, uno de sus empleados, que le encuentre a don Alonso Fernández de Avellaneda, autor de la continuación apócrifa de las desventuras de don Alonso Quijano (que el propio Cervantes lleva tiempo prometiendo, sin acabar de concretarlas).

En la más pura tradición de la novela negra, Montemayor se sumerge en el Madrid del Siglo de Oro, con su turbulenta política, su entramado socioeconómico en pleno colapso y su efervescente actividad cultural. De su mano, nos empapamos de un ambiente único, que fusiona las más altas cumbres creativas con lo peor que pueda concebir la codicia y el egoísmo humanos; un ambiente donde prima la supervivencia sobre casi cualquier otro instinto, donde los poderosos disponen a su antojo de las vidas de sus inferiores, apostándolos a un juego de ambiciones (o por simple capricho), mientras que éstos se pelean por las migajas sobrantes, procurando no inmiscuirse en su camino. Por las páginas discurren personajes como Lope de Vega, Luis de Góngora, Francisco Quevedo, Tirso de Molina, el propio Cervantes, los duques de Lerma y Osuna, el capitán Alonso de Contreras y así decenas de nombres cuya fama ha sobrevivido a los siglos, hasta aparecer incluso, de refilón, un joven (y por entonces poco importante) Conde-Duque de Olivares.

Pero tan importantes como las grandes figuras son también los peones: correctores de imprenta, taberneros, cirujanos-barberos, soldados, putas, comediantes, frailes, tenderos, ciegos… Toda una sociedad que cobra vida, con sus profundas contradicciones y sus preocupaciones cotidianas, sus modestas alegrías y sus reveses, su resplandeciente vitalidad. Se nota que los conocimientos sobre la época de Alfonso Mateo-Sagasta, licenciado en geografía e historia, especializado en historia antigua y medieval, son profundos y, lo más importante, que sabe transmitirlos (en un par de ocasiones hay exposiciones demasiado forzadas, pero en general la ambientación está muy bien integrada en la trama, y choca a veces con nuestras costumbres modernas, por ejemplo en todo lo referido a la higiene y a la “gestión” de desechos).

La investigación en sí es una excusa para hacer que Montemayor vaya rebotando de personaje en personaje y de ambiente en ambiente (desde los más pobres hasta ocasionales incursiones en las altas esferas), mientras se nos pinta un cuadro de la situación política del imperio y los círculos literarios madrileños (un tanto desmitificador, aunque de sobra son conocidas las envidias y trifulcas a que se entregaban los autores más reconocidos, trabando a menudo plumas y en ocasiones aceros). Uno tras otro, Montemayor contempla en el transcurso de su misión las distintas teorías alumbradas sobre la identidad del misterioso Avellaneda (que si fue Lope, que si el duque de Osuna, que si Góngora o algún excompañero de prisión…). La conclusión es casi anecdótica (la pista final ni siquiera se alcanza a través de ningún arduo proceso deductivo, sino que prácticamente se le sirve en bandeja a fuerza de perseverancia). No importa. No es ahí donde reside la fuerza de la novela.

En cualquier caso, si en algo se desmarca “Ladrones de tinta” de la novela negra más tradicional es en la personalidad de su protagonista. Isidoro de Montemayor, pese a sus múltiples problemas (que le obligan a avanzar casi sobre la cuerda floja), su situación social ambigua (ni hidalgo todavía, ni villano), la podedumbre que va descubriendo a su paso (incluso en su entorno más cercano), es un optimista empedernido, que en su fuero interno batalla con todas sus fuerzas para no caer en el cinismo (tan del agrado de los “detectives” del género). Su ingenuidad no es la del que ignora (por desconocimiento o elección) el lado oscuro de la vida, sino la de aquel que, por muy malas que vengan dadas y por muy duros que sean los desengaños, sique confiando en alcanzar algún día la luz al final del tunel, el milagro postrero capaz de redimir cualquier catástrofe.

Madrid, durante el Siglo de Oro no fue quizás el mejor lugar y la mejor época, pero Isidoro no lo sabe, y no le importa, así que se limita a (sobre)vivir. ¿Qué mejor guía para introducirnos en ese fascinante tapiz?

Para terminar, quisiera irme por los cerros de Úbeda, como prometía al principio, relacionando la crítica con uno de los principales males endémicos de la fantasía, en particular de la fantasía épica. Sí, la sombra de Tolkien es alargada, pero basta ya de ambientes medievaloides, sobre todo si están idealizados o peor, modernizados. Mira que hay sociedades donde inspirarse, y todo acaba reducido a A y B. Leer novela histórica lo considero un ejercicio muy instructivo, no ya para estudiar ambientaciones alternativas, sino para saborear el regusto de lo histórico, el aroma de veracidad que proporcionan los hechos bien documentados del trasfondo. A menudo, cuando leo una obra de fantasía, echo en falta esa riqueza que muy posiblemente sea imposible emular. Pero siempre es posible tomar un para de lecciones, y la principal creo que sería que lo verídico en raras ocasiones sigue una estructura regular. Las causas son múltiples, su interracción caótica y los resultados a menudo impredecibles.

Así pues, con todo el rostro del mundo, me atrevo a soltar un par de consejos (que seré el primero en intentar seguir): Busquemos ambientaciones alternativas (sin necesidad de recurrir a ese subgénero tan de moda que es la fantasía histórica)  y que no nos tiemble el pulso a la hora de introducir un poco de caos real en nuestras ordenadas ficciones.

Quien quiera un modelo práctico, despojado eso sí del condimento de la fantasía, bien puede leerse “Ladrones de tinta”.

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~ por Sergio en marzo 4, 2010.

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