FlashForward (Recuerdos del futuro)

Lo que son las cosas. Una novela pasa sin pena ni gloria por las estanterías, entonces llegan los americanos y se montan una serie en torno a su premisa y, voilà, reedición con la imagen promocional de la serie (aunque los personajes de una y otra no tengan nada que ver) y retorno al título original, dejando olvidado el que se consideró más adecuado para la traducción.

Nada que objetar. Son las reglas de mercado. Incluso yo voy a aprovechar esta conyuntura para rescatar una antigua reseña que publiqué en su momento en Scifiworld (hoy no me llegaba la inspiración para escribir nada nuevo, así que retomaré aquellas líneas y las remozaré donde sea necesario).

Por cierto, para quien haya podido llegar hasta aquí buscando una opinión sobre la serie, lo cierto es que lo que sigue podría ser en parte aplicable a la misma, pues pese a la actualización (pasando de 1.999 al 2.009) y a haber sido purgada de buena parte de sus componentes de ciencia ficicón, presenta algunos de los mismos problemas argumentales (Sawyer no tiene ni idea de qué hacer con sus, a menudo magníficos, planteamientos una vez expuestos), que son a la postre los que la van a llevar al limbo de las cancelaciones.

Pero vayamos con la crítica de la novela:

El canadiense Robert J. Sawyer es, desde principios de los 90, una de las voces más destacadas dentro del panorama de la ciencia ficción. Aunque se le etiqueta como escritor de cifi dura, lo cierto es que, dejando de lado la trabajada base científica de sus novelas, ésta no suele ser sino el marco para desarrollar reflexiones en torno a temas sociales o filosóficos, con una ambientación de futuro-cercano y desembocando a menudo en conclusiones de una rigurosidad más que discutible. “Recuerdos del futuro” /”Flashforward”, publicada originalmente an 1.999, no es una excepción.

La novela arranca en el año 2.009, con un experimento que se debió llevar a cabo en el Gran Colisionador de Hadrones del CERN (en la realidad, el acelerador de partículas, que debía haberse puesto en funcionamiento a finales del 2008, de ahí la fecha escogida por Sawyer, por diversas averías y errores de diseño no funcionará a pleno rendimiento hasta el 2.011), cuyo objetivo consiste en detectar el bosón de Higgs (aunque la novela no haga mucho hincapié en ello, no está de más comentar que esta partícula elemental, descrita por la teoría, es la única del modelo estándar de la física de partículas, que explica la unión de las fuerzas electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil, que aún no ha sido observada directamente). El caso es que la prueba tiene un efecto inesperado, pues durante un minuto y cuarenta y tres segundos la consciencia de todos los seres humanos es proyectada veintiún años en el futuro (en vez de los meros seis meses de la serie), ofreciendo a aquellos que aún estarán vivos por entonces un atisbo de lo que les depara el destino. El período de inconsciencia tiene consecuencias catastróficas, tanto inmediatas, con un reguero de terribles accidentes acontecidos a escala planetaria, como psicológicas a más largo plazo, a medida que va calando la noción de que las visiones corresponden a un futuro que tal vez sea inmutable.

A partir de esta premisa, Robert J. Sawyer desgrana los dilemas (colectivos y personales) a los que se enfrenta una humanidad conmocionada. Sin contar con los centenares de miles de fallecidos, cada cual debe hacer frente a aquello que le ha sido revelado, bien sea la confirmación de sus expectativas, la aniquilación de sus sueños o peor todavía, la certeza de una muerte relativamente próxima. ¿Cómo afecta el conocimiento previo al cumplimiento de las visiones? ¿Es el futuro inmutable? En caso afirmativo, ¿dónde queda el libre albedrío? El autor explora todas estas cuestiones a través de la vida de media docena de científicos relacionados con el CERN. Las posibilidades son estremecedoras. Lástima que carezca de la visión o la habilidad necesarias para terminar de rematar la faena. Pese a sus esfuerzos, los personajes no acaban de cobrar volumen, conduciéndose con una frialdad impropia de la situación en que se encuentran. Además, como tantos otros escritores de ciencia ficción, Sawyer parece no comprender cómo piensan y actúan los científicos, y se estrella contra el obstáculo que supone introducir de forma plausible las explicaciones científicas en la narración (pese a todo, lo hace mil veces mejor que Greg Bear).

Estos dos defectos hacen que durante el tercio central la novela se resienta, pues estamos en todo momento esperando que termine de explotar y alcance el potencial que se percibe, tanto desde una perspectiva humanista como especulativa (en cuanto a la primera faceta, me encantaría descubrir qué hubiera podido lograr Stephen King con una premisa parecida). Sin embargo, “FlashForward” navega entre dos aguas, sin acabar de soltar el golpe definitivo ni quedarse a ninguna carta, así que cuando llega el momento de echar el resto no hay suficientes cimientos para construir una conclusión memorable.

No quiero decir con lo anterior que no hayan ideas fascinantes; todo lo contrario, pero no llegan a cristalizar en ningún armazón sólido. La exploración sobre el libre albedrío se cierra en falso, con la conclusión aparente de que existe (en franca oposición a los modelos teóricos, punto que jamás se explica sino que se acepta como una cuestión de fe); se apunta hacia la confirmación de la interpretación de Copenhague para la física cuántica, con importancia crucial del observador en el colapso de la función de onda (pero una vez más se pasa de puntillas sobre el particular) y las heridas de la catástrofe cicatrizan con extraordinaria facilidad. Demasiado superficial, demasiado apresurado; deja la sensación de una oportunidad desperdiciada para haber conseguido algo en verdad memorable. Rober J. Sawyer ha reunido con gran maestría todos los ingredientes, pero al final no ha sabido combinarlos para ofrecer un plato a la altura de las expectativas.

En todo caso, tal vez valga la pena catar “FlashForward”, aunque sólo sea por examinar a título personal todo ese potencial que el autor no sabe extraer. Las ideas, no del todo maduras, son potentes y atractivas; invitan a la reflexión. En cuanto al entramado especulativo, éste es impecable (con las dosis justas de anticipación). Tan sólo chocan un tanto las predicciones que en 1.999 realizó Sawyer sobre el mundo en que ahora vivimos (consecuencia de tener que ubicar temporalmente su historia en la época en que el Gran Colisionador de Hadrones debía empezar a funcionar). Los detalles incongruentes hacen que una novela con apenas once años ya tenga un leve tufillo a desfasada (no quiero ni pensar cuán desfasada estará en el 2.030). Son los riesgos que tiene tratar con el futuro cercano.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Anuncios

~ por Sergio en marzo 2, 2010.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: