Jem

Existen añadas flojas en las que es más fácil destacar y otras en las que es muy fácil resultar eclipsado por compañeros más brillantes. Tal ha sido, quizás, el destino de “Jem”, de Frederik Pohl, una novela finalista de los premios Hugo y Nebula y segunda en la clasificación de los Locus que, sin embargo, resulta una perfecta desconocida. Es lo que tiene salir en un año en que se publicaron también “Las fuentes del paraíso” de Clarke, “Titán” de Varley y “En alas de la canción” de Dish. Tampoco ayuda, por supuesto, el que desde 1979 tuvieran que pasar veinticuatro años para contar con una edición en España (gracias sin duda al prestigio del autor), lapso que, debido a la temática de la novela, se ha probado excesivo.

No quiero dar entender con esto que “Jem” sea una joya perdida, está muy lejos de reunir las cualidades necesarias para ello, pero sí que, editado en otra época hubiera podido alcanzar mayor resonancia (y justificar así sus galones). ¿Qué época? Bueno, en 1979 había pocos temas más candentes que la política de bloques  y la reactivación de la Guerra Fría (que se había relajado bastante tras el susto de los misiles cubanos en 1962). Mencionaré algunos datos y fechas tan sólo por situar en perspectiva la novela:

1979 se inauguró con la revolución islámica en Irán, que hizo exiliarse al sha y llevó al poder al ayatolá Jomeini. Como consecuencia directa de estos acontecimientos, se desencadenó la segunda crisis energética en EE.UU., con el precio del crudo disparándose hasta alcanzar el máximo en 1980 (con la invasión de Irán por parte de Irak). En primavera, el ejército soviético invadió Afganistán, saliendo por primera vez de las fronteras del Pacto de Varsovia (lo que provocó, entre otras muchas reacciones, el boicot de los juegos olímpicos de Moscú en 1980). En el plano político, en 1979 Margaret Thatcher accedió al poder en Gran Bretaña y en EE.UU. iban fermentando las tensiones que llevarían a la Casa Blanca a Ronald Reagan en 1981. Por otro lado, los segundos acuerdos sobre limitación de armas estratégicas, un tratado clave para mantener la détente, no llegaron a ser ratificados por el Congreso norteamericano, abriendo la puerta a una nueva etapa de escalada armamentística.

Cualquiera que hubiera vivido la crisis de los misiles cubanos en 1962 no podía sino aterrarse ante la repetición de los viejos errores que llevaron al mundo a paso y medio del apocalipsis. O así debería haber sido. No parecía que nadie hubiera aprendido ninguna lección. Así pues, “Jem”, en este contexto, es un aviso desesperado. Grita con todas sus fuerzas su incredulidad, que se podría resumir en: “¿Pero se puede saber qué pasa con vosotros, imbéciles?”. Denuncia el pensamiento militarista de que sea el otro quien recule primero, la paranoia, la desconfianza mutua y las mentiras, y de paso le da para soltar un par de pullas contra el colonialismo, la degradación medioambiental y las políticas de despilfarro.

Los temas son potentes, y ni mucho menos puede afirmarse que estén superados (tan sólo el concepto de bloques ha quedado parcialmente obsoleto). Sin embargo, la novela no termina de cuajar. Tal vez porque no termina de decidirse en ningún momento sobre el tono, oscilando entre una crítica mordaz y una aventura exótica, quedándose a medio camino de cualquiera de los dos extremos.

El mundo descrito por Pohl está dividido en tres grandes bloques: Combustible, Alimentos y Población. A grandes rasgos, se corresponden con la OPEP, una fusión parcial de la OTAN y el Pacto de Varsovia y la Organización de Países No Alineados. Pohl remarca la arbitrariedad de las alianzas separando aliados (EE.UU. y Reino Unido) y juntando enemigos (EE.UU. con Rusia), aunque para ello deba recurrir a una especulación política muy poco creíble. Su situación política, al comienzo de la novela, es de relaciones tensas pero estables, una especie de guerra fría de baja intensidad.

El panorama cambia con el descubrimiento de un planeta habitable en torno al objeto quasiestelar Kung, que se alza como una promesa de recursos ilimitados para las grandes potencias terrestres, lanzando una carrera a tres bandas por asegurar su control. El que el planeta cuente con tres especies autóctonas sentientes (aunque muy retrasadas tecnológicamente), no supone ningún obstáculo para las pretensiones colonialistas. De hecho, constituyen un valor añadido, ya sea como clientes potenciales de baratijas, como aliados o, directamente, como esclavos. Por supuesto, nadie reconoce estas intenciones. El nuevo planeta (bautizado Jem por los norteamericanos) se presenta, en una muestra muy característica de doble discurso, como un regalo idílico para empezar de nuevo sin reincidir en los errores del pasado.

Sólo es cuestión de tiempo que las presiones impuestas por los gobiernos terrestres, así como las agendas ocultas de los mandos militares, provoquen una escalada de tensiones que conduce en una espiral irreversible hacia la autodestrucción, primero en la Tierra y luego también en Jem.

Pohl apunta a la ambición desmedida (fruto a su vez de conflictos psicológicos internos) de los militares, a su confianza en que “el otro” acabará cediendo (cuando ellos no están dispuestos a hacerlo) y a la pasividad borreguil de los civiles atrapados en sus manejos como principales causas del deterioro de la situación. Le falta, sin embargo, mala leche. No puede evitar sentirse atraído por la faceta heroica de la empresa y, para cuando se quiere dar cuenta, se ve obligado a pegar volantazos en la evolución de sus personajes que los reconduzcan por la senda de la inmolación (a menudo mostrando una estupidez apabullante). La misma especulación política resulta demasiado superficial, vislumbrada a saltos, casi en una sucesión de faits accomplis, saltando entre Jem y la Tierra sin una progresión clara. Incluso el epílogo final (un pegote que hace avanzar la acción sesis generaciones) parece escrito con la intención de clarificar intenciones, como si el propio autor no hubiera quedado del todo satisfecho y quisiera resaltar los puntos principales de su tesis.

Respecto a la faceta de exploración, tampoco parece alcanzar las más altas cotas. Los alienígenas, por ejemplo, son fisiológicamente adecuados, pero sus pensamientos se nos presentan demasiado antropomorfizados. No son sino herramientas para transmitir el mensaje de la novela. Por otra parte, Jem presentan un ambiente exótico, pero muy lejos de los extremos en que se deleita la ciencia ficicón más especulativa (sin ir más lejos, “Titán” ya la superaba ese mismo año y qué decir de experimentos hard como “Cerca del punto crítico“).

Como decía al principio, la combinación de un resultado subóptimo con la obsolescencia de algunos de los conceptos políticos que maneja reduce su impacto actual. El mensaje sigue siendo pertinente (basta con repasar algunos de los acontecimientos recientes), pero las imágenes conjuradas para transmitirlo ya no son las más apropiadas. Hay obras que a base de incisividad se vuelven intemporales (el espíritu humano no cambia, sólo lo hace el contexto), por desgracia “Jem” no es una de ellas. Es posible apreciarla como un entretenimiento menor, e incluso apreciar intelectualmente su trasfondo teniendo en consideración su contexto histórico, pero no mantiene la vigencia de los grandes títulos de Frederik Pohl.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en febrero 13, 2010.

2 comentarios to “Jem”

  1. Joer, ya es casualidad, tuve ayer este libro en la mano cuando fui a la biblioteca, estuve a punto de cogerlo, pero me decanté por la segunda parte del Libro del Sol Nuevo, de Wolfe, no sé si lo conoces, es una saga que me está devolviendo la ilusión por la fantasía.

  2. Esa novela fue premio Nebula 1981.

    La verdad es que no he leído mucho de Wolfe, aunque lo poco que he catado (la novela corta “La quinta cabeza de Cerbero”) me ha parecido muy interesante (más por el estilo que por el contenido).

    La serie de “El Libro del Sol Nuevo” es una de esas lecturas que me gustaría abordar algún día.

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