Lazarillo Z

El blog no podía ser ajeno  a la fiebre zombi que nos aqueja (sobre todo con ciertas noticias en putrefacción para este verano, de las que daré cuenta en cuanto maceren) . Hay varios títulos, desde “Guerra Mundial Z” (me entretuvo, pero poco más), que han pegado fuerte. Uno de los más recientes, “Orgullo y prejuicio y zombies”, proponía la revisión de un clásico de las letras británicas en clave muertos vivientes. Aquí no podíamos ser menos, y desde enero acecha en las estanterías de las librerías, con notable éxito (cuanto menos publicitario), “Lazarillo Z: Matar zombies nunca fue pan comido”.

La obra, firmada por el propio Lázaro González Pérez de Tormes, nos relata la verdadera historia tras la vida de uno de los personajes inmortales de las letras castellanas, un auténtico icono que encarna todo un género tan hispano como es la novela picaresca (de la que es tanto precursora como una de sus cumbres). No deja de resultar irónico que una de las culpables de la implantación del realismo a ultranza en nuestra literatura (hasta el punto que incluso hoy en día lo fantástico está proscrito o cuanto menos mal visto por la crítica “seria”, así que sobrevive editorialmente, grandes éxitos importados aparte, en la marginalidad) sea reinterpretado en clave de fantasía (a fuer de ser sincero, la primera continuación apócrifa del Lazarillo, tan temprana como de 1555, ya transforma al protagonista en atún y lo hace vivir aventuras submarinas, aunque gozó de poco éxito y fue duramente criticada por Juan de Luna en su continuación más canónica, y realista, por supuesto, de 1620).

En vista de la singularidad del experimento, cabría juzgarlo en base a dos baremos: como novela fantástica de corte sobrenatural/terrorrífico y como versión de la novela original.

Vayamos con la primera faceta.

Adelanto que “Lazarillo Z” (por abreviar) es una novela sorprendentemente efectiva como obra de terror (en su vertiente de mal rollo) y una aportación muy meritoria al corpus zombi. Entre otras razones porque se cuida mucho de caer en determinados lugares comunes, importados del mundo del cine (que es donde se fraguó la imagen moderna del muerto viviente). Nada hubiera sido más fácil que convertir algún villorio manchego en foco de un apocalipsis zombi al uso, con hordas de muertos saliendo de sus tumbas para devorar a los hambrientos vivos del Siglo de Oro. Sin embargo, el autor de la novela opta por un enfoque mucho menos directo, que le permita integrar a grandes rasgos la trama del Lazarillo que conocemos (con la sucesión de amos y episodios famosos), permitiendo al mismo tiempo que la historia oficial pueda permanecer inalterada (crea así una novela de “historia mágica oculta”, a lo Tim Powers).

En esta versión alternativa, tienen cabida no sólo muertos que se comportan como vivos (y vivos que están muertos por dentro), sino también otras criaturas y escenas de carácter sobrenatural, que confieren al libro de frescura y de un elemento diferenciador extra, que le permite establecer su propia personalidad diferenciada. Muchas de las escenas tienen un sabor más propio de la espada y brujería clásica que del terror literario (en particular, un extraordinario episodio en una iglesia de pueblo, que supone el final de la relación entre Lázaro y el ciego).

La (breve) novela se lee de un tirón y deja un poso muy satisfactorio. Sin embargo, si nos ponemos a rascar un poco, no todo son aciertos, pues cabría analizarla también como versión de “La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades”, y aquí tal vez podría resultar un tanto decepcionante, según cuáles sean las expectativas.

La historia sigue con bastante fidelidad las visicitudes de Lázaro, insertando aquí y allá las reinterpretaciones fantásticas, sin embargo se echa de menos que la labor de imitación se hubiera extendido también al enfoque, e incluso al estilo. Del género picaresco, por ejemplo, apenas conserva el carácter autobiográfico y las anécdotas ya conocidas (que se relatan con diverso grado de profundidad, según convenga a la trama). El mismo personaje principal, por ejemplo, muta de antihéroe a (en cierto sentido) héroe, siendo su patetismo un añadido de la anónima pluma que lo retrata a mala leche (y que deja de ser anónima, aunque no de un modo muy convincente).

El lenguaje es otro aspecto que al principio resulta discordante, pues es muy moderno y directo, bastante simple. No quiere esto decir que no sea efectivo, pero no ayuda a “entrar en situación” (esto, como el asunto de la autoría original, recibe una explicación que poco aporta).  No existe, por ejemplo, diferencia de estilo entre la parte contemporánea (prefacio, interludio y postfacio) y la narración histórica, siendo la frase más elaborada la primera de la obra original, copiada y tachada al inicio de la versión presuntamente expurgada de mentiras.

Del mismo modo, la historia oculta que se nos revela resulta poco convincente, con muchos aspectos mal encajados, aunque es algo comprensible dado el esfuerzo de mantener también cierta coherencia (en la trama) con la obra original (lo cual obliga a simplificar al máximo la historia y a no explorar aspectos que se escapan a las vivencias directas de Lázaro).

Uniendo ambos aspectos, sin embargo, nos queda una obra que, pese a no ser redonda, es muy disfrutable, y que además contiene pasajes de enorme impacto. En contra de lo que cabría esperar, no se limita a excusarse en la premisa para vender un refrito, sino que encuentra su propia voz y la desarrolla, hasta donde el artificio se lo permite, de forma efectiva. Curiosamente, dada su popularidad, podría ejecutar la pirueta definitiva, y ayudar, casi cinco siglos después de que la obra original realizara el mismo truco a la inversa, a publicitar las excelencias del fantástico a un público mayoritariamente decantado por el realismo a ultranza (y del producto fantástico español a una editorial como Mondadori). Se me ocurren embajadores muchísimo menos meritorios.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en febrero 9, 2010.

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