El invencible

Hoy estoy de un humor un tanto extraño, así que he jugueteado con la idea de subir una reseña de Disch, pero como eso es algo que prefiero documentar bien antes, al final me he decantado por una de las novelas de ciencia ficción más impactantes que he tenido ocasión de leer, “El invencible”, de Stanislaw Lem.

Lo curioso es que yo a Lem no lo tengo en gran estima. Aprecio la pulcritud de su estilo y su enfoque, diferente de cuanto puebla las estanterías de este género, pero me pasa como con Bradbury: no contecto, en especial cuando se pone en modo satírico. Así pues, empecé a leer “El invencible” con ciertas reservas (para empezar, no lo hubiera adquirido de no encontrármelo en un extraño saldo de Carrefour). Pronto, sin embargo, se desvaneció toda prevención, y me uní a la expedición de la astronave Invencible, la más grande y poderosa de la humanidad, en busca de su hermana gemela, la Cóndor, con la que se perdió contacto mientras exploraba un planeta previamente desconocido, Regis III.

Como se puede apreciar, un planteamiento y una grandilocuencia muy pulperos. Decenas, si no cientos, de novelas, capítulos de teleseries e incluso alguna que otra película han partido de planteamientos similares para contarnos una vulgar space opera de buenos (humanos) y malos (alienígenas). Sin embargo Lem fue el polaco que acusó a la ciencia ficción americana de carencia de interés, escasez de ideas y de ser mala literatura en general (salvo en el caso de Phillip K. Dick, lástima que sus alabanzas pillaran al destacado ya tan perjudicado que incluso escribió al FBI una carta denunciando la conspiración marxista que intentaba pervertir la ciencia ficicón americana, liderada por un comité que publicaba bajo el nombre de Stanislaw Lem). Debemos prepararnos para un desarrollo muy distinto.

La arrogancia de los tripulantes, evidente en el nombre con el que habían bautizado su nave, pronto se enfrenta a su primer adversario: el misterio de un planeta desértico, aunque con trazas de una gran y antigua civilización. Pronto, el orgullo de los exploradores sufre profundas heridas, al encontrar los restos destrozados de la Cóndor, al tiempo que algunos de los integrantes de la expedición son hallados abandonados, con la mente irreversiblemente en blanco. Y lo que es peor, cuando la propia Invencible es atacada, no hay nada que pueda hacer por devolver el golpe.

En el transcurso de una memorable misión acometida por Rohan, el navegante, a la búsqueda de cuatro astronautas desaparecidos, buena parte de los misterios del planeta son desvelados, aunque no es una información de la que pueda obtenerse ninguna ventaja. A la postre, los humanos se ven forzados a abandonar Regis III, derrotados no tanto por su misterioso contrincante (que también), sino por la absoluta futilidad del conflicto.

Uno de los temas predilectos de Lem es el de las dificultades de comunicación con un alienígena. De hecho, su definición de “alienígena” parece incluir como requisito precisamente la imposibilidad de establecer con él un diálogo de cualquier tipo. He ahí una importante diferencia con la ciencia ficción americana, para la que sólo hay problemas difíciles, muy difíciles y dignos de una novela, pero nunca insolubles. Tanto en “El invencible” como en su título más famoso, “Solaris”, la comunicación es intrínsecamente imposible, y no me estoy refiriendo a una dificultad superlativa, sino a un hecho cuya probabilidad es nula, un cero mondo y lirondo.

Filosóficamente, se trata de una verdad dura de digerir. Establece límites a las capacidades humanas, y ese es un concepto con el que no estamos habituados a convivir. De hecho, se nos machaca para que no aceptemos barreras. La historia del ser humano es un continuo empujar contra las fronteras de nuestras conquistas y aptitudes. Si algo nos define como especie quizás sea eso. ¡A la mierda las fronteras! ¡Quiero saber lo que hay tras esa montaña! Situar algo eternamente fuera de nuestro alcance no es una simple cura de humildad, sino un cataclismo que nos obliga a redefinirnos. Eso, ni más ni menos, nos propone Lem.

Pero cuidado, que aún hay más.

Como biólogo, pocas novelas de ciencia ficción me resultan satisfactorias. La evolución, por ejemplo, es un tema que muy pocas veces ha sido tratado con respeto y agudeza. Sí, es difícil plantearlo debido a las escalas en que actúa, pero eso no detiene a autores como Greg Bear para perpetrar horrores como “La radio de Darwin” (lamarquismo puro y duro, con un toque new age y deficientes dotes literarias). “El invencible” es, de hecho, una de las escasas obras que recuerdo que hayan logrado llamar mi atención al respecto.

La historia evolutiva del remoto planeta, tal y como la reconstruye tentativamente Rohan, es fascinante. Los conceptos que manejó Lem en 1964 están a años luz de cuanto elucubraban sus cohetáneos. Tan sólo Asimov (con quien Lem comparte muchos intereses, aunque luego la concreción de sus obras tome trayectorias diametralmente opuestas) llegó a explorar terrenos similares, mas nunca expuso fenómenos tales como la complejidad emergente y los efectos de la presión adaptativa sobre… Bueno, esto me lo callo, que no conviene revelar demasiado y estropearle a alguien la lectura. Baste con afirmar que un concepto tan potente como el de la imposibilidad de comunicación expuesto con anterioridad precisaba de un candidato a interlocutor que lo hiciera creíble, y el autor lo proporciona (sin sacárselo de la manga).

En definitiva, y en contra de la opinión mayoritaria, considero que el “El invencible”, dentro de la bibliografía de Lem, es un obra superior a “Solaris” (y a cualquier otra de las que he leído). A su profunda carga filosófica se le une una especulación de primer nivel y unas escenas que se quedan grabadas en el memoria. Un ejemplo magnífico de ciencia ficicón marginal (lejos de las corrientes predominantes), que demuestra que puede escribirse un material extraodrinario sin necesidad de seguir los caminos abiertos por los autores anglosajones. Claro que para ello quizás sea necesario contar con el talento de Lem.

Otras opiniones (ojo, contienen spoilers que yo he procurado omitir):

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~ por Sergio en enero 26, 2010.

8 comentarios to “El invencible”

  1. Vaya, pues. Me dejaste con la terrible enfermedad de la insana curiosidad…

  2. Pues, Laura, tan sólo puedo recetarte una dosis de Invencibilina (que cura este tipo de curiosidad al 100%). Viene en cómodos paquetes tamaño bolsillo, aunque me temo que sólo se fabricó en 1986 y 2002 (con los envases que reproduzco en la entrada). Al menos la empresa farmacéutica fue Minotauro, con lo que es de esperar que alcanzara una distribución aceptable.

  3. Hmmm, es curioso, tengo que hacer una serie de reseñas de ciencia ficción y este era uno de los libros que había pensado, el otro día me pasé por la biblioteca a cogérmelo para releerlo.

  4. Hablando ya de la novela, fue una de las que me cambió la manera en la que veía la ciencia ficción. No eran sólo aventuras de unos astronautas, si no mucho más. Una de las cosas que más me impactó fue las sensaciónes que transmite, de miedo a lo desconocido, de impotencia… tiene partes que son cercanas al terror.

  5. Lem sabe bien cómo utilizar los tópicos del género para construir sobre ellos sus reflexiones. En parte porque durante la dictadura comunista había temas sobre los que, por culpa de la censura, no se podía tratar abiertamente. Quizás por eso menospreciaba (de forma bastante exagerada) la ciencia ficción americana. Para él se trataba de un poderoso vehículo para la divulgación de ideas (no sólo anticipativas, sino también sociales y políticas), y debía dolerle lo que él percibiría como su frivolización en manos de los autores yanquis.

    El clímax de la expedición de Rohan aúna terror y maravilla en un grado inigualable.

  6. No he leído El invencible, pero a mí Fiasco me gustó más que Solaris. Y el tema es el mismo de Lem de la imposibilidad de la comunicación, así que puede que te resulte interesante.
    Sobre la opinión de Lem sobre la cf yanqui, creo que estoy bastante de acuerdo con su percepción. De hecho es de las cosas que más me interesan dentro del género y al tiempo una de las más olvidadas en favor de la “verosimilitud científica” y el “sentido de la maravilla”.

  7. Hombre, generalizar es malo, y además suele ser injusto. Lo que pasaba (pasa) con la CF americana es que, al ser un mercado activo, hay cancha para el novelón de ideas y para la aventurilla más insustancial, y lo peor es que mucho aficionado talibán (de allí y de aquí) es incapaz de reconocer que ciertas obras de Su género, por muy entretenidas que sean (a veces ni eso), desde una perspectiva literaria son mediocres a lo sumo.

    Ya lo dijo Sturgeon (negando precisamente esta percepción sesgada de la ciencia ficción): “El 90% de todo es basura” incluyendo películas, libros en general, bienes de consumo…, así que resulta injusto exigirle a la cifi que alcance un estándard de calidad más alto del general.

  8. Recomiendo leer esta novela y también Fiasco

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