La estación del crepúsculo (Donde solían cantar los dulces pájaros)

Hasta 1970 ninguna mujer había ganado un Hugo (la pionera fue Le Guin con “La mano izquierda de la oscuridad“). En los doce años siguientes lo obtuvieron en cinco ocasiones. Por ejemplo, en 1977, con el triunfo de Kate Wilhelm y su novela “Where late the sweet birds sang”.

En otras palabras, los 70 fue la época en que las mujeres reclamaron y conquistaron un territorio que hasta entonces había sido casi privativo de hombres (entre las pioneras se cuentan Le Guin y Alice Bradley Sheldon, aunque era conocida por su seudónimo masculino James Tiptree Jr.). Buena parte de su producción de esta época trataba directamente cuestiones de género, en lo que se conoce como ciencia ficción feminista (de nuevo habría que mencionar a Le Guin, además de autoras como Joanna Russ, Sheri S. Tepper o Vonda McIntyre, de quien ya comenté su novela ganadora en 1979, “Serpiente del sueño“). Sin embargo, otras autoras (e incluso éstas mismas en otros trabajos), optaron por un enfoque más neutro, sin aplicar a los roles sexuales una atención mayor que sus colegas masculinos. Desde 1980 más de un tercio de los Hugo los han conquistado mujeres, por novelas que van desde el space opera hasta la fantasía juvenil.

En 1977 esto todavía era una novedad.

Kate Wilhelm es una relativa desconocida para el público hispanohablante. Apenas tres novelas han sido traducidas hasta la fecha. Sin embargo, dentro de la comunidad de escritores americanos su posición es bien distinta, pues lleva décadas colaborando como profesora en multitud de seminarios de escritura fantástica, siendo especialmente relevante su participación en el seminario de Clarion, donde se dieron a conocer un buen puñado de escritores (“Serpiente del sueño”, por ejemplo, empezó a gestarse como un ejercicio de Clarion).

Su mayor éxito como autora es el Hugo de “Donde solían cantar los dulces pájaros” (recientemente reeditada por Bibliopolis bajo el título de “La estación del crepúsculo”), una novela sobre clonación (que la editorial propone como la mejor novela sobre el particular, punto de vista con el que discrepo profundamente). Hoy en día nos desayunamos semana sí, semana no, con la noticia de que algún nuevo animal ha sido clonado, pero en 1977 la cuestión aún era teórica (en realidad, el primer clon indiscutido lo obtuvo el embriólogo Tong Dizhou en 1963, trabajando con carpas, sólo que como lo publicó en una revista china, la comunidad científica internacional no lo supo hasta muchísimo después; y algo similar le ocurrió al equipo ruso que clonó al primer mamífero, el ratón Masha, diez años antes de que un grupo británico obtuviera a Dolly y publicara su investigación en Science).

Evidentemente, Wilhelm tiene muy poco que decir respecto a cuestiones técnicas (menciona úteros artificiales y poco más). Utiliza, sin embargo, los clones como medio de explorar las bondades de la individualidad y el pensamiento creativo.  Las fatrías de clones representan en esta obra, de forma bastante literal, el estancamiento y la pura ortodoxia intelectual, mientras que los protagonistas, tres, uno para cada una de las novelas cortas que componen la obra completa, son espíritus libres, que actúan a contracorriente, pese a los sinsabores que esto les acarrea.

El tema, como se ve, es interesante. Por desgracia, la concreción se queda muy en la superficie y, lo que es peor, presenta ciertas deficiencias literarias que convierten a “Donde suelen cantar los dulces pájaros” en un premio Hugo bastante anodino. Como he apuntado antes son tres novelas cortas independientes, que a modo de fix-up nos muestran tres etapas en la evolución de una sociedad postapocalíptica, que por problemas de fertilidad nunca explicados se ve en la obligación de recurrir a la clonación como forma de perpetuar la especie. La primera, del mismo título que el conjunto (proviene de un soneto de Shakespeare), narra el inicio de la crisis y el establecimiento del sistema de clones, que pasa de solución provisional a elección vital. Bueno, lo de “narra” es un decir, porque se centra con extraordinaria miopía en el protagonista, David, dejando todo el resto en un segundo plano entrecortado. Este es un defecto de todo el libro, pero aquí está acentuado. No existen las transiciones. La historia avanza saltando de escena crucial en escena crucial, sin que parezca importarle a la autora que por en medio se le haya muerto la mayor parte de la población humana por causas desconocidas (se apunta a un virus, catástrofes ecológicas, desplome de los mercados…).

Sin saber muy bien cómo, nos encontramos con la comunidad de clones ya establecida en la segunda parte, “Shenandoah”, protagonizada por Molly, integrante de una expedición por río a Washington, para obtener repuestos. La separación de sus hermanas supone una terrible prueba que la aliena, haciendo aflorar sus características individuales, algo inadmisible en una sociedad a la que poco le falta para estar formada por grupos de hermanos clónicos que actúan como un único organismo (inaugurando así, quizás, la moda de dotar a los clones, que no dejan de ser simples hermanos gemelos, de facultades sobrehumanas). La tensión generada por esta pieza que ya no encaja termina provocando su expulsión de la comunidad, no sin que antes haya concebido y criado durante cinco años en secreto a un hijo.

Es este joven, Mark, el protagonista del tercer y más amplio segmento, “En el punto de equilibrio”. Como individuo único, criado además en solitario, es poco menos que un fósil viviente. Su comportamiento rebelde le lleva a enfrentarse con el consejo que rige el destino de la comunidad, pero su capacidad para aventurarse en los bosques lo vuelven imprescindible para preparar las futuras tripulaciones de las ya inaplazables misiones de reabastecimiento. Pero el enfrentamiento no puede evitarse. La sociedad de clones se tropieza con un problema que puede resultar fatal, cada sucesiva generación pierde capacidad creativa y es menos capaz de innovar (aquí, Wilhelm introduce de forma bastante artificial el tema del estancamiento, con una tara arbitraria cuando hubiera podido desarrollarse con mayor sutileza como un resultado de la dinámica social de una comunidad de clones).

Este tercer fragento es el más interesante (quizás porque su protagonista es el más sólido). Pese a todo, decepciona la incapacidad de la autora para trascender las conclusiones obvias. Es tan descafeinado como su faceta postapocalíptica (por ejemplo, apenas se da un conflicto en los primeros años con una cuadrilla de saqueadores, y aun éste se despacha en un par de párrafos). Por otro lado, la sociedad ideal clónica parece basarse en La Casa de la Pradera… con úteros artificiales. Este pastoralismo enmascara en mi opinión la incapacidad de (o desinterés por) crear un desarrollo plausible. Podría funcionar con una sublectura (individualidad/conformismo) más incisiva, pero así se queda en una estampa bastante ñoña.

En definitiva, una obra bastante prescindible, que no aporta al tema de la clonación nada que no hubiera apuntado ya Aldous Huxley en 1932 con “Un mundo feliz” (aunque con una profundidad infinitamente mayor). Sin irme tan lejos, es muchísimo más interesante el enfoque de Cofiño en “Su cara frente a mí“. Quitando de esto, representa una novela de anticipación postapocalíptica bastante light, irregular, como no podía ser de otro modo dada su estructura, pero que al menos concluye con el segmento más fuerte.

Vamos, que no acabo de comprender el premio Hugo, al que además hay que añadir el Locus de ese mismo año (el Nebula fue para “Homo Plus” de Frederik Pohl, una obra que sin ser en mi opinión redonda, es la antecesora directa de toda la literatura transhumanista actual). Quizás en 1977 presentara méritos que hoy en día no me son evidentes.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en enero 20, 2010.

4 comentarios to “La estación del crepúsculo (Donde solían cantar los dulces pájaros)”

  1. Tengo la edición de Nova. Y es curioso, aún la tengo sin leer. Empezada en al menos tres ocasiones, siempre desisto en la primera página. Y así sigue… Creo que ha sido la primera novela que compré y no he leído. Luego han venido alguna más, pero no muchas. cuando vi la reedición estuve a punto de comprarla pero no lo hice. Luego me enteré de que era la de los dulces pájaros…Menos mal. :-)

  2. Una vez tuve la idea de hacer una novela con grupos de clones actuando en grupo… Por fortuna nunca la concreté, pues muy original no habría sido. ;)
    Esta no me llama la atención. Leí Casa Inteligente de esta misma autora y me dejó fría.

  3. Me gusto , se que tiene sus limitaciones pero fue original y inspiradora.

  4. Me gusto , se que tiene sus limitaciones pero fue original e inspiradora.
    corregido.

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