Su cara frente a mí

El tercer libro del ovetense Luis Ángel Cofiño se anuncia en su contraportada como “Posiblemente una de las novelas más espectaculares de la historia de la ciencia ficción española”. Es un eslogan atrevido (que hubiera podido serlo más prescindiendo del “posiblemente”). Sitúa mucha presión sobre la obra. ¿Está a la altura de la aseveración?

Diría que sí… con un pequeño matiz técnico.

La protagonista absoluta de la novela es Rose Dunford, mecánico aeroespacial e integrante de la primera misión europea (con financiación privada) a otro sistema estelar. Durante la exploración de un planeta (que a la postre proporcionará un extraordinario descubrimiento) una de las naves de reconocimiento, capitaneada por Christian, el marido de Rose, sufre un grave accidente que conlleva la muerte de toda su tripulación. De vuelta a la Tierra, Rose se va hundiendo en una profunda depresión, de la que sólo la saca la posibilidad, muy remota, de resucitar a su esposo (cuyo cuerpo congelado pudieron recuperar gracias a los sistemas automáticos de la nave).

A partir de este punto, la historia da un giro casi copernicano. De un space opera moderno (en la línea de la escuela británica, con fuertes conexiones con el hard, basado en sólidos principios físicos y utilizando elementos como la nanotecnología o la computación cuántica), deviene en un estudio de personajes (y más que eso, de personaje: Rose) frente a un contexto de dilemas metafísicos y especulación política (de nuevo, temas tratados mucho más en la ciencia ficción europea que en la americana, entroncando en parte con la obra anterior de Cofiño, entre la que destaca las novelas “El Cortafuegos” y “Perros bajo la piel“).

Hace poco comentaba en la crítica a “Incordie a Jack Barron” cómo no me acababa de gustar la forma en que abordaba la posibilidad de una técnica que asegura la inmortalidad, aunque sólo a los más ricos. Se da la coincidencia de que en “Su cara frente a mí” se reproduce la misma situación, aunque eso sí, la respuesta social es mucho más compleja y verosímil (por no hablar de la prueba incontestable de la eficacia de la técnica que ofrecen los “renacidos”). Tras lograr la resurección de Christian, la misma Rose se somete voluntariamente al proceso para poder estar con él, aunque desde el primer momento percibe que algo no está bien, y se pasa varios años de su segunda vida intentado averiguar qué es.

De fondo, Cofiño nos ofrece un interesante entramado político, con una Europa cayendo (de nuevo) en el fascismo, ante la necesidad de un gobierno fuerte que pueda oponerse al Consorcio que monopoliza la técnica del renacimiento (son, por cierto, los financiadores de la misión interestelar original). Las graves tensiones económicas van alterando el equilibrio de poder entre las superpotencias (principalmente Estados Unidos y la Unión Europea), con la incómoda presencia de una superpoderosa institución privada, que se ve obligada a ofrecer la resurección a cualquiera que lo desee, a cambio de un contrato que convierte al renacido en poco menos que un esclavo.

Los temas son abundantes y el tratamiento de los mismos perspicaz. Suficiente para justificar de sobra los parabienes autoproclamados. Queda, sin embargo, la cuestión del matiz que comentaba al principio.

Tal vez sea un dilema muy particular, pero en ningún momento soy capaz de tragarme las explicaciones sobre el sistema de resurección (una técnica de transmisión de la memoria a largo plazo entre el cerebro del cadáver, convenientemente congelado, y un vacuum clon, o clon carente de personalidad). El procedimiento (no revelo demasiado al comentarlo), implica a grandes rasgos un “trasplante” de ARN memorístico, una especulación de Cofiño que, simplemente, no se sostiene desde nuestro conocimiento actual de los fundamentos de la memoria (que depende de las interconexiones neuronales) y de las funciones (y, sobre todo, metabolismo) de los ácidos ribonucleicos. No ayuda, por supuesto, mi formación genética.

Ojo, la explicación está bien argumentada y construye un esquema teórico interesante. Pero hay dos o tres conceptos clave que no me puedo tragar, y eso repercute en mi capacidad para suspender la incredulidad. Por desgracia, se trata de uno de los pilares de la novela (si no del pilar maestro), así que me veo en la obligación de realizar piruetas mentales para aceptarlo como premisa innegociable y continuar con el resto, mirar por encima de los datos concretos hacia las cuestiones de fondo.

Es, como indicaba, una dificultad personal que tal vez sólo sea aplicable a un uno por mil del público potencial, pero bastante grave, porque la reflexión posterior (sobre la autoconciencia y lo que nos hace humanos) es muy dependiente de este constructo, e incluso la trama principal de la novela se articula en torno a una pieza que falta en el rompecabezas de la resurrección (no ayuda la frialdad narrativa en la descripción de los acontecimientos, con una estructura que se apoya mucho en

Pese a todo, considero que “Su cara frente a mí” ha sido una lectura interesante. La ciencia ficción, por influencia de la escuela clásica americana, raras veces se aventura en política, y cuando lo hace casi siempre es con intencionalidad satírica o, cuanto menos, alegórica (abundan los imperios y los totalitarismos de diversa índole), si no directamente ideológica (aunque entonces más que literatura de especulación es literatura política que utiliza recursos de la ciencia ficción para transmitir su mensaje; Heinlein aparte… o no). En la novela de Cofiño se nos pinta un neofalangismo que no surge de la nada, sino que se alimenta de una dinámica tecnológica y social perfectamente entretejida. El énfasis se encuentra en analizar las causas, no las consecuencias, logrando con ello una especulación de alto nivel, que quizás sea a la larga más incisiva que cualquier análisis o examen revisionista. Desde luego, queda patente que la posibilidad de la inmortalidad puede constituir un motor de cambio poderoso, y el hecho de que personalmente no pueda aceptar como válida la base científica no menoscaba en modo alguno la fuerza de este concepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en enero 15, 2010.

4 comentarios to “Su cara frente a mí”

  1. Hombre, la relación entre ARN y la memoria es un hecho cierto (basta una búsqueda por los interneses para comprobarlo) y ni siquiera Cofiño es original al respecto. Larry Niven ya usó el recurso en algún relato y me suena haber oído hablar en alguna serie de “píldoras de ARN” para la enseñanza “instantánea”. Además, Cofiño es médico, así que habrá que suponer que sabe de lo que habla… o que al menos es capaz de contarlo con la suficiente convicción como para hacerlo creíble ;)

  2. Si precisamente comento que lo hace creíble… si no conoces el estado actual de conocimientos en torno al metabolismo y funciones del ARN.

    La idea de que la memoria a largo plazo está almacenada en el ARN proviene de los experimentos de los años 50 y 60 de James V. McConnell en planarias. Dichos estudios recibieron mucha publicidad en su día (la relación entre ácidos nucleicos e información genética, que por aquella época vivía un continuo desfile de nuevos descubrimientos, abría la puerta a considerar a la molécula de ARN como portadora de cualquier otro tipo de información), pero pronto fueron descartados dentro de la comunidad científica por ser irreproducibles. No antes, sin embargo, de que Larry Niven se hiciera eco de los mismos y concibiera su píldoras de ARN para el aprendizaje de nuevas habilidades.

    Claro que hoy en día estamos a casi cincuenta años de aquel contexto científico. Todos los estudios se decantan por el establecimiento y mantenimiento de redes sinápticas como base de la memoria a largo plazo. Evidentemente, las moléculas de ARN tienen un papel importante en este sistema (desde mensajeros de los genes implicados hasta, quizás, señales de localización), pero éste no consiste en conservar la información codificada.

    Tengo la sospecha de que Cofiño hibridó nociones de informática (sobre encriptado de mensajes) con esta vieja idea del ARN como “molécula de la memoria”, con el propósito de explorar el concepto de “autoconciencia”, desligado del de “recuerdos”. No le falta habilidad para ello, pero leyéndolo a mi, particularmente, se me disparan todas las alarmas.

  3. Copernicano! Copernicano! :P

  4. ¡! ¡! ¡! ¡!

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