Sirio

Hace un par de entradas ejemplificaba la evolución de la ciencia ficción en EE.UU. mediante el análisis de “La legión del espacio” de Jack Williamson. Comentaba la forma en que en sus páginas se preconfiguraban buena parte de las características que hoy en día consideramos como propias del género. Sin embargo, en paralelo con la que podríamos llamar escuela americana se estaba desarrollando al otro lado del Atlántico otra forma de afrontar la lilteratura anticipativa, heredera directa de las obras de H.G. Wells, que contaban con gran prestigio, tanto literario como intelectual.

En su seno nacerían obras tan importantes como “Un mundo feliz” (Aldous Huxley, 1932) o “1984” (George Orwell, 1948). Los autores no tenían empacho en escoger este tipo de ficción (que para sus colegas norteamericanos era privativa del pulp) como vehículo de sus ideas filosóficas o políticas, sin descuidar por ello el componente especulativo. De entre este grupo, sin embargo, destaca un nombre, Olaf Stapledon, por la cantidad y calidad de sus novelas de ciencia ficción (romances científicos para él), como nexo entre Wells y los autores en los que se verificaría la fusión entre las dos grandes escuelas (al principio integrándose en la Edad de Oro, como Arthur C. Clarke, y más tarde irrumpiendo con propuestas rupturistas como Brian Aldiss y los autores de la New Wave).

La obra maestra de Stapledon es “Hacedor de estrellas” (1937), un relato abrumador sobre la historia del universo, y de sus maravillas, y de sus razas, y de los universos que hubo antes y habrá después. Sin embargo, desde un punto de vista literario, tal vez esta obra peque de un excesivo descriptivismo y carezca de auténtica trama. Es por ello que “Sirio”, publicada en 1944, podría considerarse una novela más accesible y una mejor carta de presentación ante el lector.

Su planteamiento es bastante simple. Thomas Trelone es un científico especializado en el estudio de la inteligencia, que desarrolla en su granja de Gales una raza de superperros ovejeros (mediante terapia hormonal embriológica, por lo que sus modificaciones no son heredables; en esto y otros muchos aspectos se nota el cuidado del autor por respetar el sustrato científico). El resultado estrella de estos experimentos es Sirio, un cánido muy especial, pues su intelecto es equiparable al de un ser humano, que es criado como un miembro más de la familia, estableciendo vínculos muy estrechos con todos ellos, y en particular con Plaxy, la hija menor.

No suena particularmente prometedor, lo sé. Estamos bastante cansados de leer cosas parecidas. Sin embargo, “Sirio” posee una cualidad especial. No pretende erigirse en una simple fábula moral, denunciando algún aspecto de la sociedad humana a través de los ojos de una criatura ajena a ella. Tampoco se centra obsesivamente en la relación entre creador y creación, rememorando el “Frankenstein” de Mary Shelley. En vez de ello la historia de Sirio da pie a una exploración filosófica en toda regla (Stapledon consiguió en 1925 el título de doctor en filosofía por la universidad de Liverpool), que examina una multitud de temas y relaciones. Lo más asombroso es que la circunstancia de que el protagonista sea un perro no es un mero ardid argumental, una excusa para atacar aquello que “está mal” (al estilo de “Los viajes de Gulliver”, de Jonathan Swift). Su naturaleza canina es fundamental en un viaje de exploración que es más interior que exterior, una búsqueda de autoafirmación. La intención del autor, por supuesto, es que a través de ella podamos atisbar reflexiones perfectamente aplicables a ámbitos más amplios, pero esta intencionalidad no se inmiscuye en la narración, tomando las riendas de forma tiránica. Stapledon es mucho más sutil que todo eso. Es capaz de meditar sin aleccionar, de transformar a Sirio en protagonista y no en mero títere alegórico.

Los grandes temas se entrelazan en la historia de forma inextricable, además pueden despertar en cada cual pensamientos diferentes. Hay, sin embargo, ciertos motivos claramente discernibles, e incluso cuestiones que reflejan tanto la experiencia vital personal del autor como las circunstancias externas (no es casualidad que se escribiera en plena Segunda Guerra Mundial).

La relación de Sirio con los distintos personajes constituye el esqueleto de la novela. En particular, destaca su relación con Plaxy, una historia de amor espiritual completamente desarrollada, con sus épocas de distanciamiento, sus desencuentros y las dificultades surgidas de su pertenencia a especies diferentes, pero al mismo tiempo como una certeza absoluta, un binomio Sirio-Plaxy irrompible. No creo equivocarme al afirmar que se trata de una de las mayores historias de amor jamás escritas (y no me refiero a un amor “especial”, sino al amor de dos almas gemelas en plan de igualdad; con la tragedia inherente a sus distintas naturalezas).

También es de crucial importancia el trato con Thomas, su creador. A la habitual tensión paterno-filial (que opone lealtad, respeto y sumisión a las ansias de individualidad y de abrir un camino propio), se le suma la obligación del secreto, de mantener la existencia de Sirio confidencial para evitarle distracciones e inconvenientes, sí, pero también por cierto orgullo posesivo. La relación deviene en un continuo tira y afloja mientras Sirio se embarca en la búsqueda de su lugar en la vida, sin que éste tenga que coincidir por completo con las expectativas y planes de Thomas.

La guerra también está muy presente, tanto como telón de fondo (la historia concluye el mismo año en que fue publicado el libro), como en forma de reflexión sobre la naturaleza salvaje de las criaturas inteligentes. En el caso de Sirio, esto viene identificado por sus ocasionales regresiones al humor de lobo (debidas en general a la presencia de graves conflictos y frustraciones surgidos a raíz de albergar un espíritu humano en una forma animal). No establece en ningún momento un paralelismo explícito, pero la aplicabilidad de estas reflexiones para tratar de explicar la barbarie de la guerra (el propio Stapledon sirvió durante la Primer Guerra Mundial; en el servicio de ambulancias por ser objetor de conciencia) resulta evidente.

La faceta política no escapa al escrutinio de Stapledon. Las ideas socialistas del autor se ven reflejadas en la obsesión de Sirio por la versatilidad de las manos humanas (que, junto con su deficiente visión, es fuente constante de envidia) y su perplejidad ante el desprecio con que las clases acomodadas contemplan el trabajo manual. De igual modo, las desiguladades sociales se ponen de manifiesto al contraponer los cultos círculos universitarios de Cambridge con la miseria del West End londinense, en donde Sirio completa parte de su educación. Todo ello, por supuesto, sin caer en burdas simplificaciones, pues el mismo Sirio (“socialista por naturaleza como todos los perros”) reflexiona sobre las contradicciones y problemas de una organización de índole comunista (aparición de una minoría decisoria, reducción en la eficacia global de las explotaciones agrícolas, anulación de la iniciativa personal y freno al desarrollo científico). No ofrece respuestas, pero sí plantea preguntas muy pertinentes.

También el sentimiento religioso tiene un hueco en la novela. Sirio (y el propio Stapledon) es agnóstico teísta, es decir, reconoce la existencia de un dios o al menos una entidad espiritual de índole superior, aunque no acepte ni el ritualismo ni los aditamentos de las religiones organizadas humanas. Entronca así con la reflexión final de “Hacedor de estrellas”. Se trata de una faceta muy importante en la vida de Sirio. En el plano espiritual se encuentra verdaderamente equiparado con el resto de seres conscientes, pues en ningún momento cae en la ilusión de pertenecer a la misma especie. Como muestra la de la interacción entre temas, es ésta uno de los principales motivos de conflicto con Thomas, ateo acérrimo. En esta relación es posible detectar el reflejo del distanciamiento que por las mismas razones tuvo Stapledon con su “mentor” Wells (aunque por las múltiples referencias en esta propia novela queda claro el tremendo respeto, cariño incluso, que sentía por sus logros intelectuales)

Y éstos son sólo algunos de los principales temas. Para glosarlos todos tendría que escribir un ensayo tan largo como la propia novela, si no más. “Sirio” versa también sobre el trato a los animales, la tolerancia y su deterioro en tiempos de conflicto, la esencia misma de la inteligencia y la autoconciencia, la culpa, el alineamiento que provoca la vida urbana, la ética científica… Una obra densa en ideas y que, sin embargo, se lee con profundo interés por la identificación que es posible alcanzar con su protagonista absoluto. De no existir todas estas sublecturas, la trama principal seguiría siendo atractiva y digna de unas horas (son sólo 250 páginas que se leen con gran rapidez) de nuestro tiempo. Así, por supuesto, constituye una lectura imprescindible, digna de mucho mayor reconocimiento.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en diciembre 24, 2009.

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