El cálculo de Dios

Cuando abordo una entrada sobre una novela siempre intento navegar en la imprecisa frontera entre la reseña (simple presentación del libro) y la crítica (disección a fondo de algunos de sus elementos). Pretendo dotar de cierto interés añadido al análisis para quienes hayan leído la obra, sin revelar demasiados datos de la trama que pudieran fastidiar la primera lectura a quienes no la conozcan. En algunos casos, sin embargo, me veo en la necesidad de decantarme por una u otra posición. Ésta va a ser una de ellas, porque “El cálculo de Dios” me ha parecido inaceptable en multitud de aspectos, y argumentarlo me va a exigir adelantar ciertos giros de la trama (que tampoco son muy buenos, todo sea dicho).

La novela arranca con la aparición en el Museo Real de Ontario de un alienígena (parecido a una araña gigante) que solicita, ante el estupor general, hablar con un paleontólogo. Una vez concertada la cita, nos enteramos de que el objetivo de la visita es recabar información para completar una investigación de enorme alcance, que involucra no a una sino a dos civilizaciones extraterrestres, acerca de los objetivos que tuvo Dios para crear el universo e interferir, como mínimo a través de las cinco grandes extinciones, en la evolución de los tres mundos, con el fin (supuesto) de que todos ellos desarrollaran sendas especies inteligentes de forma simultánea. La noticia, y sus implicaciones, sacude a Thomas Jericho, el paleontólogo jefe, un evolucionista convencido (¿cómo podría ser de otro modo?), ateo y, para más inri, recienteme diagnosticado con una enfermedad incurable.

Calculo-Dios

Robert J. Sawyer aprovecha este planteamiento para ejercer de divulgador científico, suministrando a través de las conversaciones entre Hollus (el extraterrestre) y Thomas nociones sobre genética, evolución, palentología, astronomía, psicología y algunas otras disciplinas, todo ello separado por breves interludios en que se nos muestra las tribulaciones del paleontólogo mientras trata de reconciliarse con la devastadora noticia de su inminente muerte y enfrenta su ateísmo a las revelaciones del alienígena sobre la existencia de un dios creador (si bien no personal, al estilo de las tres grandes religiones monoteístas).

Dejemos para más adelante el componente religioso (ambiguo cuanto menos) y centrémonos en la ciencia. El enfoque simplista de Sawyer ofende profundamente mi espíritu científico. Robert Sawyer, como ya demostró en “Recuerdos del futuro“, no tiene ni pajolera idea sobre cómo piensa un hombre de ciencia, y sus conocimientos no alcanzan el nivel mínimo exigible para ejercer una labor divulgativa sin saltar apresuradamente sobre conclusiones sin fundamento o interpretar incorrectamente los datos en bruto. Desde luego, muestra una innegable capacidad literaria y una gran facilidad para transmitir conceptos, el problema es que para empezar él mismo no los tiene demasiado claros (quizás en otros campos podría tragarme sus interpretaciones, ¡pero no en genética evolutiva!).

Sin contar con este problema, incurre en un error todavía más grave: no sabe aplicar el método científico. Toda la novela se basa en el diálogo entre Hollus y Thomas para que este último acepte el concepto de un dios creador, y el lenguaje que presuntamente hablan ambos es la ciencia. Sin embargo, sus pretendidas argumentaciones están repletas de agujeros, fallos de lógica, malinterpretaciones sesgadas y todo tipo de inconsistencias que no aguantarían un examen científico serio (por no hablar de la ingente cantidad de información que no toma siquiera en consideración). Él mismo se da cuenta, así que  se ve obligado a inventar “pruebas”. De acuerdo, la ciencia ficción (dura) a menudo se basa en sacar de la nada una premisa y trabajar a partir de ella considerándola axiomática, por ello se considera literatura especulativa. Sin embargo, “El cálculo de Dios” constituye una retahíla de ases extraídos de la manga para apuntalar el tambaleante castillo de naipes que se está construyendo. A cada objeción de Thomas, Hollus contesta con un “hecho” ficticio (Clarke solía hacer lo mismo con un objetivo totalmente opuesto; en casi todas sus novelas algún personaje “demostraba” científicamente la inexistencia de Dios por decreto, aunque al menos él lo dejaba en una anécdota y no construía toda la trama alrededor de ello).

Robert-J.-Sawyer

Se podría argumentar que el autor pretende en realidad construir un escenario que conteste a la pregunta “¿Y si existira un dios creador?”, pero tal aseveración no se sostiene ya que ello debería servir a algún propósito y en la novela no hay nada más. Con la típica hipermetropía de Sawyer, todo lo que no tenga que ver con los personajes principales aparece desenfocado. Ni un solo párrafo para ofrecernos un atisbo sobre cómo se toma el mundo en general las asombrosas revelaciones de que a) existe vida extraterrestre, y b) ésta cree sin lugar a dudas en la intervención de un creador (sí, hay un par de llamadas que recibe, y no contesta, Thomas de líderes religiosos, así como alguna que otra frase para dar color, pero nada de análisis, como si abrir el foco le diera vértigo).

Vayamos ahora con la parte religiosa. Sawyer muestra gran preocupación por explorar en sus novelas el hecho religioso y su conflicto con la ciencia (en “El experimento terminal”, por ejemplo, describe un procedimiento científico para detecatar el alma). Su posición, sin embargo, es ambigua. “El cálculo de Dios”, por ejemplo, a buen seguro puede ofender tanto a ateos como a creyentes (de cualquiera de las religiones tradicionales), ya que especula con una deidad que de los atributos divinos sólo posee la fuerza creadora. En los tiempos anteriores a nuestro universo, lo diseñó para asegurarse que sería capaz de albergar vida y, no contento con ello, se dedica a intervenir cada dos por tres para encauzar la evolución de acuerdo con sus planes.

En otras palabras, “El cálculo de Dios” es un panfleto a favor del Diseño Inteligente (y un poco menos en contra de las religiones tradicionales, quizás por ganar puntos de credulidad).

No puedo adivinar cuál era la intención del autor. He leído en críticas anglosajonas que nadie tiene muy claro si pretendía apoyar estas ideas o ridiculizarlas. Lo que sí sé es que se dedica a esparcir mierda poco documentada (a veces incluso inventada) contra conocimientos científicos que apenas entiende, sin pararse a considerar que la ciencia es un todo interconectado: si aceptas una intervención divina directa para ajustar detallitos (como el fundamento genético de los saltos macroevolutivos, algo que aún se desconoce), puedes desestimar de un plumazo toda la ciencia evolutiva. O, en otras palabras, una vez aceptas el diseño inteligente, aceptar cualquier otra causa es redundante e innecesario.

Creo que soy capaz de penetrar un poco en sus intenciones analizando la actuación de los wreed, una de las especies alienígenas de la novela. Los wreed son una raza cuya ciencia apenas está desarrollada debido a sus limitaciones matemáticas, por contra, han elevado el análisis de problemas morales al rango de disciplina exacta. En la historia, cada vez que se les plantea algún conflicto de índole moral entre dos bandos, su respuesta es invariablemente “ninguno de los dos” (por ejemplo, en el conflicto entre “abortistas” y grupos pro-vida). La solución siempre pasa por encontrar el camino medio.

calculating-god

Del mismo modo, Sawyer parece abogar por solucionar el conflicto ciencia/religión apostando por el camino medio entre ambas, arreglándoselas para no dejar contento a nadie. Es un planteamiento que parte de una premisa errónea: que no puede existir la razón absoluta en ningún tema. Así que prefiere ofender a los científicos defendiendo el creacionismo (burlándose para despistar de su forma extrema que defiende la creación en siete días, acaecida hace apenas 4.000 años) y ofender a los religiosos negando la existencia del alma y de un dios que se preocupa por cada persona individual. La posición filosófica se podría definir como una especie de deísmo (postura que ya asumió con muchísimo mayor interés Olaf Stapledon en “Hacedor de estrellas”), con pruebas físicas (inventadas) de intervención divina.

Es una posición indefendible y extraña, sobre todo por las fuentes de que aparenta beber. Dos grandes científicos y divulgadores (agnósticos) parecen ser la inspiración para Thomas Jericho: Carl Sagan (“Cosmos”) y Stephen Jay Gould (“La vida maravillosa”). Precisamente este último defendió en su libro de 1999 “Rocks of ages” la existencia de “Magisterios no solapantes” al referirse a las áreas de influencia, mutuamente excluyentes, de la ciencia y la religión).

Termino con un spoiler (si has llegado hasta aquí, ya no creo que te importe demasiado). En una muestra más de modificación de hechos científicos a conveniencia, hacia el final de la novela el estallido como supernova de Betelgeuse (considerada en la fecha de escritura de la novela a 400 años luz, aunque mediciones más modernas la han empujado hasta los 627 años luz de distancia) amenaza con destruir toda la vida de la Tierra… porque así le conviene, pues a esa distancia el estallido no pasaría de ocasionar pequeñas alteraciones (y alguna que otra aurora espectacular). Para justificarse se inventa que tales cataclismos son, de acuerdo con la ciencia alienígena, muchísimo más potentes de lo que los científicos creen. Es un ejemplo, pero basta para exponer la idea básica tras “El cálculo de Dios”: si la ciencia está en tu contra, machácala, pero no te olvides de aprovechar sus restos para justificar tus convicciones filosóficas.

¿Soy demasiado duro? Quizás, pero lo del diseño inteligente me toca mucho los…

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en septiembre 27, 2009.

7 comentarios to “El cálculo de Dios”

  1. Pues te agradezco que ofrezcas una guía sincera sobre los libros que criticas, pues entre tantos y tantos títulos a veces es difícil decidir cuál vale más la pena intentar. También te agradezco los enlaces a opiniones alternativas. :)

  2. Gracias a ti, Laura, por el apoyo.

    Soy de la opinión de que no hay nada mejor que contar con muchos puntos de vista, pues cada uno se basa en el gusto y conocimientos particulares del crítico. Aquí, sin ir más lejos, tienes la crítica de “El cálculo de Dios” de parte de un biólogo especializado en genética molecular y evolutiva… que se opone frontalmente, por ejemplo, a la del prologuista, ingeniero aeronáutico, doctor en informática y ponente de un curso sobre divulgación científica, además de editor de la criaturita.

    Poner los enlaces a otras opiniones me da libertad para ser tan negativo o tan positivo como me sienta, sin pararme a considerar la subjetividad intrínseca de mi postura, que para contrarrestarla, en su caso, ya están otros.

  3. Hola Sergio, visito poco tu blog (por razones de tiempo) pero me ilustras mucho al respecto.
    Es tremendo lo del diseño inteligente y aún no nos ha llegado a España de forma clara. Vamos apañados en cuanto pase la crisis.
    Respecto a la crítica (independientemente de que coincida contigo) es como yo la entiendo, mojándose el crítico y demostrando que se critica porque se conoce el paño.
    Un saludo

  4. Gracias Jorge.

    Lo del diseño inteligente me calienta enormemente porque es uno de los ejemplos más claros de mal uso de la (seudo)ciencia. No basta con socavar el conocimiento científico, sino que además lo hace pervirtiendo sus propias herramientas y volviéndolas contra él. No debería ser difícil distinguir entre el original y la mala copia, pero claro, como hace unos años la cultura científica estaba desprestigiada y ahora lo está la cultura en general…

  5. Estoy bastante de acuerdo con la crítica. Me parece un mal panfleto en favor del diseño inteligente. Con un nivel muy básico de conocimiento sobre evolución, como el mío, es algo que salta a la vista. A mí esto no me parecería mal si el fundamento para ello viniese de otro lugar o el mensaje implícito en el texto estuviese defendido con más inteligencia.

    Podría plantear una reflexión basada en la física, en la química, y con una base cosmológica más potente, para defender la idea de un creador pero que luego, salvo en ciertos momentos, abandona su obra. Pero no tenemos argumentos antrópicos, reflexiones sobre la naturaleza de la realidad, o similares. Tenemos un par de hechos chungos que unos bichos dicen que son una prueba de la existencia de Dios, y nada más.

    Una defensa apologética del teísmo, que no del supuesto deísmo de Sawyer, me parecería más honesta intelectualmente y más digna de crédito. Y como digo, puede plantearse una base teórica para ello, muy discutible, pero al menos verosímil para un lector no especializado en evolución.

    Si bien cuando lo leí, nada más salió en Nova (porque aún no era consciente de como Barceló vende la moto de que ciertas obras son cf hard cuando en realidad son panfletos religiosos chungos, y para eso me quedo con los autores católicos canónicos del géneros fantástico) no me desagradó, con el paso del tiempo me ido dando cuenta del juego de Sawyer y lo mala que es la novela desde el punto de vista narrativo.

    Sobre lo que comentas de las especialidades es muy relativo, como digo la novela flaquea en la parte de ciencias físicas que se supone que Barceló debería de conocer. Y es que cualquier lector de divulgación sobre física y cosmología puede encontrar argumentos de diseño (como digo más que discutibles, pero al menos son argumentos) que los que emplea Sawyer.

  6. Sawyer, desde luego, no es un escritor hard, por mucho que se intente vender como tal. La ciencia es más que un montón de datos y teorías, es una metodología, un modo de interpretar y sistematizar el universo para analizarlo dentro de las capacidades (y quizás carencias) de la mente humana. En “El cálculo de Dios” Sawyer trata de emular este sistema y falla estrepitosamente (incluso admitiendo las invenciones, trata de fundamentar sus “demostraciones” sobre resultados negativos y salta a conclusiones que no se siguen inequívocamente de las premisas).

    Lo peor, desde mi punto de vista, es que toda esta pantomima (incluyo aquí el concepto mismo de “diseño inteligente”) está dirigida a desprestigiar la ciencia real, simulando plantar batalla en las mismas condiciones, cuando no es más que una cáscara vacía. Por desgracia, se está potenciando el espíritu acrítico y no son muchos los lectores que sienten siquiera la necesidad de apretar un poquito a ver si la estructura es firme o se desmorona.

    Vamos, que “El cálculo de Dios” es a la cosmología lo que “El código Da Vinci” a la historia.

    Y sí, lo más triste quizás sea constatar que todo el planteamiento no obedece a otro fin que regodearse en la seudodemostración. No hay examen filosófico ulterior, ni auténtica exploración de lo que implicaría que la premisa de la novela fuera cierta (la conclusión, a este respecto, es de risa).

    Da que pensar que una novela tan vacía lograra ser una de las más destacadas de su año.

  7. La tesis de la novela es patética y se desmonta por si misma. Se resume diciendo que el universo entero y las diferentes especies sólo existen como parte del enrevesado método de reproducción de una “superespecie”, que a pesar de su inconmensurable tamaño no deja de estar basado en el mismo ADN que sus inferiores. Crea un problema mayor que el que resuelve: ¿quién diseñó al diseñador?

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