Jonathan Strange y el señor Norrell

La última década ha supuesto para los Hugo un período de inestabilidad. A cierta indefinición respecto a estilos y corrientes destacables (que no es sino reflejo de la ausencia de referentes claros en la ciencia ficción del siglo XXI), se le une decisiones más que discutibles. Prueba de la “pérdida” de rumbo la encontramos en que cinco de los nueve últimos ganadores son obras de fantasía pura, algo inédito en las cuarenta y seis ediciones anteriores. Pese a ello, no quisiera dar la falsa impresión de que los galardonados de ciencia ficción son buenos y los de fantasía malos. Hay de todo en ambas corrientes.

Así pues, tan criticado como fue el premio del año 2001 para “Harry Potter y el cáliz de fuego”, la concesión del Hugo de 2005 a Susanna Clarke por su primera novela, “Jonathan Strange y el señor Norrell”, fue unánimemente aplaudida, habiendo alcanzado ya un estatus que le permite codearse con los mejores libros de fantasía británicos de todos lo tiempos.

Esta obra supuso un soplo de aire fresco en el encorsetado panorama de la literatura de fantasía, dominado desde hace unos cuantos años por clones de productos de éxito, epopeyas medievaloides y partidas de rol noveladas. Resulta difícil innovar en un campo que lleva siglos evolucionando, y en justicia la aportación de Clarke es de una originalidad relativa. Se limitó (es un decir) a utilizar recursos dramáticos y estilísticos clásicos, que nunca se habían aplicado antes al género (si acaso, con pinceladas en el steampunk, aunque la intencionalidad es muy diferente). Para ser concreto, Susanna Clarke escribió un libro de fantasía como pastiche de la literatura decimonónica inglesa, introduciendo en ella un elemento nuevo, la magia, aunque procurando ser fiel a sus fundamentos estéticos (ideológicamente se aparta un poco más, abordando cuestiones como la posición social y el racismo desde una perspectiva mucho más moderna de lo que hubiera sido posible en la época).

Jonathan Strange y el señor Norrell

Lo cierto es que no es un planteamiento que a priori me resultara interesante. Yo, por lo que al siglo XIX en literatura se refiere, me posiciono del bando francés de todas todas. Sin embargo, Susanna Clarke consigue limar en parte la pomposidad que tanto me repele con una pátina de sutil ironía que impregna la historia, transformándola a un tiempo en sentido homenaje y amable reinterpretación. Esta intencionalidad se pone de manifiesto en la propia estructura de la obra, que ofrece un repaso a todas las corrientes principales decimonónicas, empezando por la comedia de costumbres de Jean Austen (admirada por la autora) y finalizando con recursos propios del terror gótico, pasando por el romanticismo de Lord Byron.

La novela arranca en otoño del año 1806 con la irrupción en la vida pública del señor Norrell, el primer mago práctico inglés en siglos, y toda la primera parte detalla sus esfuerzos por ser admitido en la alta sociedad londinense, objetivo por el que está dispuesto incluso a cerrar tratos poco claros con el mundo feérico, que se ha mantenido separado del real desde tiempos del legendario Rey Cuervo, el más importante mago inglés de todos los tiempos (a medias tirano y gran patrón de la magia, que desapareció mucho tiempo atrás del mundo).

El segundo volumen detalla la entrada en escena de Jonathan Strange, un caballero dispuesto a aprender los secretos de la magia y ayudar al señor Norrell a restaurarla en Inglaterra. Sin embargo, nada más lejos de la mente de éste que compartir sus secretos, así que, pese a admitirlo como pupilo, no deja de racanearle el conocimiento acumulado en sus libros avariciosamente recopilados. Para dificultar aún más las realaciones, sus carácteres no podrían ser más contrapuestos. Allá donde Norrell es introvertido e introspectivo, Strange exuda confianza, y pronto se convierte en un personaje muy solicitado en la alta sociedad (consiguiendo, sin aparente esfuerzo, lo que tanto le costó a su maestro). Las diferencias se extienden a su concepción de la magia, y en particular del papel pasado futuro del Rey Cuervo, controversia que acaba propiciando la ruptura de relaciones entre ambos, no sin que antes Strange haya participado en las guerras napoleónicas junto al duque de Wellington.

En el tercer volumen, las precipitadas acciones del señor Norrell al principio del libro se cobran su tributo, afectando muy de cerca a Jonathan Strange (su mujer, que creía muerta, está atrapada en el mundo feérico). Y hasta aquí puedo leer, que tampoco es cuestión de destripar el libro.

En cuanto a los temas tratados, destaca la relación entre los dos protagonistas, que sustituye el típico amor/odio por aprecio/rivalidad. Son dos estudiosos que se respetan mutuamente, pero cuyas diferencias ideológicas e impulsos les impiden conectar. De hecho, la relación entre el sabio maduro y metódico y un pupilo impetuoso no está exenta de ejemplos históricos. A mí, por deformación profesional, no puede dejar de recordarme al caso de Charles Darwin, que se pasó veinte años refinando su teoría y no la publicó hasta recibir el acicate de Alfred Russell Wallace, quien había llegado a las mismas conclusiones por separado.

strangenorell

También es evidente la “anglicidad”, como el conjunto de virtudes (y defectos) que definieron el carácter ideal inglés del siglo XIX. Esto se pone de manifiesto en multitud de detalles, pero yo destacaría uno como ejemplo perfecto que me ahorrará el ahondar sobre el tema, pues resulta suficientemente autoexplicativo. Durante el servicio de Strange a las órdenes de Wellington en la península Ibérica, éste le pregunta: “¿Podría un mago matar a alguien utilizando la magia?”. A lo cual responde Strange profundamente ofendido: “Un mago quizás, señor, pero jamás un caballero”.

Para finalizar, quisiera comentar algo sobre el estilo. Por desgracia, en la traducción nos perdemos parte de la gracia pues Susanna Clarke emplea a menudo construcciones arcaicas, e incluso formas antiguas de determinadas palabras, algo difícil de trasladar pues para encontrar el mismo grado de variación en español deberíamos retroceder unos cuantos siglos extra, con lo cual se perdería el valor contextualizador de este recurso. Lo que sí es trasladable es el juego metarreferencial que se establece con el uso de las notas a pie de página (183 en total, algunas de ellas de considerable extensión), que profundizan en el conocimiento de la magia inglesa, a menudo citando presuntos libros escritos bien por el señor Norrell, bien por Jonathan Strange. Este entramado ayuda a conferir verosimilitud al conjunto (junto con la profusa utilización, aunque sólo sea en cameos, de multitud de personajes históricos).

“Jonathan Strange y el señor Norrell” es una novela singular (que le llevó a la autora diez años escribir). Una obra que ha logrado aunar a la crítica (además del Hugo obtuvo el World Fantasy, el Mythopoeic y varios premios menores) y al público (éxito absoluto en todo el mundo, gracias a la confianza de Bloomsbury, que realizó un lanzamiento de primer orden para la opera prima de una autora desconocida para el gran público). La demostración palpable de que aún quedan muchos caminos por explorar en el género fantástico.

Como curiosidad, los cinco candidatos al Hugo del año 2005 fueron escritores británicos: Susanna Clarke, Ian McDonald, Iain M. Banks, Charles Stross y China Miéville.

(Algunas) Otras opiniones:

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~ por Sergio en septiembre 17, 2009.

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