Máscaras de matar

Hoy toca echar un vistazo a una novela que pudo haber marcado un punto de inflexión dentro de la literatura fantástica en castellano. Por desgracia, seis años después de su publicación aquella esperanza se ha convertido en nada, y no precisamente por deméritos propios. Los cuentos de hadas sólo existen en los libros y las políticas editoriales son tan pétreas e inmutables como la Esfinge. La literatura fantástica está condenada en España a vivir en la marginalidad y el Premio Minotauro ha devenido en otro de esos concursos patrocinados por grandes editoriales en los que la elección de ganador resulta cuanto menos discutible y las sorpresas brillan por su ausencia. Y en lo que respecta a la evolución de la literatura fantástica en nuestro idioma, en tan sólo seis ediciones ha conseguido hacerse irrelevante.

Lo peor es que la cosa empezó bastante bien. El primer año el galardón recayó en la novela de que trata esta entrada (cuyos méritos analizaré a continuación), y varios finalistas lograron ser publicados. Sin embargo, pronto se constató que no todo era de color de rosa. La tirada y la promoción asociada fueron minúsculas de acuerdo con el baremo de la dotación económica del premio, que lo convertían en el más importante del mundo para una obra de género fantástico. ¿Confiaban tal vez en el fandom para rentabilizar la inversión? El fandom español es microscópico. No se basta ni para absorber tiradas de mil ejemplares. La política a seguir estaba clara: ampliar el público potencial, alcanzando nuevos sectores al reclamo del certamen (lo cual, por supuesto, hubiera redundado beneficiosamente en el resto de títulos de su catálogo).

La jugada no salió bien. La respuesta de la crítica especializada (el fandom, vamos) fue algo fría, destacando la ambientación de la obra y la construcción de una sociedad compleja y original, aunque declarándola deficiente en el apartado de la trama. Quizás existieran planes de escalar el lanzamiento, a partir de una hipotética base de entusiastas (o tal vez sólo se quisiera emprender la invasión de nuevos mercados cuando el primario ya hubiera sido exprimido). Lo cierto es que todo quedó en un gatillazo, una novela atascada en tierra de nadie y un traspié (comercial) con el que iniciar la andadura del Minotauro. Una oportunidad perdida.

No estoy aquí para repartir culpas. Si lo hiciera, debería empezar por mí mismo. Los comentarios como el arriba expuesto previnieron que me aventurara hasta ahora en el mundo de los Seis Dedos (y territorios aledaños), pues nunca me han gustado las historias que lo circunscriben todo a crear una atmósfera más o menos atractiva, reduciendo la importancia de otros aspectos. Mi tardía lectura (propiciada por la edición en bolsillo) me ha probado que mis preconcepciones eran totalmente erróneas. “Máscaras de matar” es una de las más destacables novelas de fantasía que he leído en mucho tiempo, capaz de aunar tradición e innovación en un escenario fascinante y con unos personajes memorables.

Máscaras de matar

A grandes rasgos, “Máscaras de matar” parece surgir de la confluencia de dos tradiciones literarias. Por un lado, está la fantasía épica, en su forma más primitiva (y podría argüirse que más pura), la espada y brujería. Por otro, su estructura es deudora de la novela histórica, campo en el que León Arsenal es también un autor destacado (y casi exclusivo de un tiempo a esta parte). Es un mestizaje lógico, dado que hay muchos elementos comunes. Sin embargo, la fantasía se ha mostrado muy recatada con sus incursiones en terreno ajeno. Como ávido lector de novela histórica (cuanto más antigua la época mejor), siempre he encontrado una característica suya que me gustaría ver trasladada más a menudo al género fantástico: la historia “real” es caótica. No existen fronteras bien definidas ni conflictos limpios. No existen bandos inmutables, ni batallas definitivas. Los enemigos, los aliados y el azar se empeñan en marearlo todo y en trastocar los planes más cuidadosos… cuando las circunstancias permiten trazarlos, que en general bastante hay con reaccionar a tiempo.

En fantasía los conflictos suelen estar mejor definidos. Las cosas son blancas o negras y el número de variables está controlado. En parte es una cuestión de conveniencia. La historia jamás concluye, pero una novela debe contar con su pequeño arco argumental que lleve de la presentación a la conclusión, pasando por una serie de hitos dramáticos convenientemente distribuidos. La conexión con el lector es muchísimo más simple cuando todo queda bien cerradito (o al menos con los cabos sueltos bien orientados para llevar a la inevitable secuela). También es problema del gigantismo. Desde Tolkien, todo enfrentamiento debe ser El conflicto definitivo entre el Bien y el Mal (o entre el Orden y el Caos, o entre cualesquiera dos contendientes propiciatorios). Ahí no caben las medias tintas. La épica nace del triunfo del bien más allá de toda esperanza. Por desgracia, es un tipo de escenario que le queda grande a muchas historias. Por último, está el problema de la saturación. Cuanto más extraño es el contexto, menos complejidad es capaz de soportar sin que todo se desmorone en un caos de nombres, razas, monstruos y magia.

La búsqueda del sentido de la maravilla inclina a menudo la balanza hacia el exotismo en detrimento de la complejidad. León Arsenal en “Máscaras de matar” aplica otro criterio.

Primero crea una sociedad con sus propios valores y una característica definitoria, el uso de máscaras con diversos propósitos, no para ocultar la personalidad, sino para reforzarla. Así pues existen máscaras privadas y públicas, famosas y anónimas, para diversos propósitos y con distintos intereses. El acto de encasquetarse una máscara posee profundas implicaciones, llegando incluso a modificar la personalidad del portador y el modo en que responde a los acontecimientos. Esta respuesta tiene casi tanto de cultural como de mágica, aunque es una magia sencilla, que casi podría tildarse de inexistente (si fuera posible inducir una respuesta sicológica tan extrema en los portadores).

Además, cobran enorme importancia los animales totémicos, que identifican y definen a las principales familias (a muchos niveles, desde cuestiones estéticas a respuestas estereotipadas frente a determinados condicionantes externos). Al igual que en el caso de las máscaras, no se trata de algo sin parangón entre los pueblos primitivos, pero por razones dramáticas la identificación se lleva a extremos nunca alcanzados (ni alcanzables) en sociedades reales. El cóctel se completa con instituciones políticas de diverso tipo, órdenes seudomonásticas, organizaciones como los cazadores de cabezas (encargados de perseguir y castigar a quienes incumplen determinados tabús), brujas, sacerdotisas-guerreras, asesinos e incluso semidioses (o, en todo caso, máscaras de semidioses, que en el contexto de la novela viene a ser casi lo mismo). Para dar cabida a toda esta variedad, el autor se ve obligado a crear un entramado social nacido de la amalgama de múltiples etnias (con sus propias características culturales, aunque la predominante es la de los armas), con una larga historia de enfrentamientos y frágiles alianzas.

Mapa Mascaras de matar I

Los fundamentos de este complicado mosaico se nos presentan en un primer capítulo introductorio, que quizás hubiera funcionado mejor como apéndice al final del libro, pues la explicación es farragosa y predispone un poco en contra de la novela (para mí, es suficientemente autoexplicativa, incluso con menos de trescientas páginas de desarrollo). Por fortuna, pronto se nos lanza en medio de la acción, presentándonos a Corocota, un cazador de cabezas al que se le encarga la misión de matar a una bruja mestiza que ha quemado un santuario (incidentalmente, se trata también del narrador de la historia, por lo que los capítulos en los que interviene están en primera persona, mientras que el resto lo están en tercera).

A partir de aquí, nos introducimos en la sociedad de los Seis Dedos, en una aventura con múltiples actores y frentes que se vertebra en torno a la amenaza de tres reyes-brujos de las llanuras orientales, que están tratando de alzar una coalición de pueblos contra los armas, la etnia dominante. Asistimos a pequeñas escaramuzas y grandes batallas, aunque siempre desde el punto de vista de personajes de importancia media, preocupados únicamente de sobrevivir y hacerlo con honor, dejando las decisiones estratégicas para los grandes intérpretes que están siempre en segundo, o incluso tercer, plano. Las tramas principales (matar a la bruja sacrílega, capturar dos máscaras de gran importancia táctica y simbólica, buscar al discípulo de un sabio del Sursur…) van desarrollándose en medio de este panorama mayor, sometidas al capricho de los acontecimientos y, aunque todas ellas se cierran (incluso el conflicto de orden superior alcanza una resolución), la sensación que deja (la que tiene que dejar) es que los problemas no han desaparecido. Tan sólo se ha pasado una página en la violenta historia de los Seis Dedos.

Para hacer la lectura más compleja (e interesante), la estructura también juega un papel importante en sentar el tono de la novela. Existen secuencias de capítulos encadenados a partir de personajes secundarios que devienen en principales, capítulos puente en los que seguimos a algún protagonista en un viaje que enlaza escenarios, resúmenes de sucesos acaecidos “fuera de cámara” a través de informes o cotilleos y fragmentos narrativos en los que hasta se llega a interpelar al lector, como si fuera el receptor de un relato oral. En este sentido, hay estructuras repetitivas que recuerdan a fórmulas tradicionales, como breves recapitulaciones de los puntos clave del capítulo anterior al principio de uno de los expositivos o el interés casi obsesivo en presentar a los personajes a través de sus nombres, su etnia y animal totémico y su vestidura (o ausencia de la misma).

Con estas complejidades resultaba vital conectar con el lector, extremo que la novela consigue mediante unos nombres muy peculiares y cercanos al público hispano (en contraposición con la típica jerigonza alienante), siendo de tres clases: inventados pero utilizando fonemas más o menos habituales en los idiomas ibéricos, por contracción de palabras españolas (como Aorcabuéis o Espadalombro) o con raíces gallegas (Trapaieiro Porcaián). De este modo, casi se tiene la sensación de estar leyendo sobre aventuras acaecidas en una especie de Iberia prerromana (lo sé, lo sé, el castellano y el gallego provienen del latín, pero la sensación es lo que cuenta), repleta de tribus celtíberas (con la anacrónica inclusión de algún que otro fusil), con sus extrañas costumbres y sus extraños, pero al mismo tiempo cercanos, habitantes (Corocota, por ejemplo, es también el nombre de un bandolero cántabro semimítico en tiempos del emperador Augusto).

En resumidas cuentas, “Máscaras de matar” me parece una aportación muy meritoria al género de la fantasía épica (o espada y brujería). De igual modo, también opino que se trata de un libro difícil (no intrínsecamente, sino por su propia originalidad que no lo hace encajar en ningún molde preconcebido), que sin duda se benefició del premio obtenido (lo hubiera tenido difícil para alcanzar algo que no fuera una tirada testimonial por los cauces tradicionales), aunque se quedó lejos de alcanzar todo su potencial. Supuso un muy prometedor inicio a la andadura del Minotauro que por cuestiones externas (sea cambio de política editorial, deficiente gestión promocional, desinterés o sobrestimación del fandom o simple mala suerte) no acabó de funcionar como se esperaba. Ahora constituye una muestra de lo que pudo ser y no es, y uno de los mejores ejemplos de fantasía nacional que he tenido ocasión de leer. Ojalá algún día una iniciativa de éstas funcione y empecemos a contar con un mercado a la altura de los productos que hay en oferta.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en agosto 29, 2009.

6 comentarios to “Máscaras de matar”

  1. yo solo puedo decir que a mí no me gustó. Aunque leyendo tu reseña me ha parecido que yo debí leer otro libro.
    Está muy conseguido el tema de las máscaras y también la sociedad en sí, pero la trama… por ahí no paso. Tal vez fuera el comienzo de una saga, pero no consiguió engancharme en todo la novela e incluso esa batalla final se me hizo pesada.
    Tendré que releerlo para ver si cambio mi opinión.

  2. Hay que abordarlo como una novela histórica, teniendo en cuenta que el protagonista no es ningún personaje, sino la situación política derivada del alzamiento de los tres reyes-brujos. A mí me ha gustado y me ha parecido una gran aportación a un subgénero de la fantasía que no se caracteriza por la innovación, pero no tiene por qué ser del agrado de todos. Faltaría más.

  3. hola todavia recuerdo cuando pase por un supermercado y tenian un canasto lleno de libros en oferta pero monedas costaban…y no compre ninguno…
    2 semanas despues vuelvo a pasar y de tan barato levante mascaras de matar sin imaginarme ni de casualidad que se convertiria en uno de mis favoritos…lo mismo me ocurrio con la saga de cronicas de ambar..
    nov se si por desconocimiento o a que se debera pero estas obras se las encuentra en ofertas y saldos con mucha frecuencia por estos lados.personalmente,no se por que a mi me trae a la memoria tal vez por los sacrificios vestimentas y algunas costumbres que detalla, me trae a la memoria a las culturas mayas o aztecas .mas alla de estas habia una gran cantidad de pueblos ciudades y culturas sometidas por estas y enfrentadas a estas y entre si y cuyas historias narran el protagonismo que cobraban en las batallas y la vida cotidiana de guerreros y sacerdotes los poderes otorgados por las mascaras… cientos o miles de años antes de la llegada de los europeos a estas tierras las mascaras formaban ya entre los legendarios ejercitos que combatieron por y contra los grandes imperios…no olvidemos que la historia que conocemos de estas culturas es de su periodo final de decadencia pero de su nacimientos y esplendor casi nada sabemos…y me gusta pensar que se asemejaba en algo o en mucho a este maravilloso libro…un saludo

    • ¡Ay, los saldos! Tan jugosos y, al mismo tiempo, tan tristes por lo que representan. Sí, es sorprendente lo que llega a saldarse (en el caso de “Máscaras de matar”, al menos, fue para dar paso a la edición en bolsillo).

      Por cierto, una casualidad. Una de las críticas previstas para este mes (dudo que se retrase más de una semana) es la de “Los nueve príncipes de Ámbar”.

  4. Si?..
    Espero lpoder ver esa critica y que te parece que la tengan en cuenta par auna trilogia en cine…y ya se que me voy por las ramas pero tambien seria genial verla en pantalla grande a el vencedor de dragones…drago sbane creo que es e titul originallo compreor ña ilustracion de juan jimenez que esta fantastica al igual que el libro y eso que lo compre hace mas de 25 años

    • Ya ha habido al menos dos intentos de adaptar los libros de Ámbar, como película en 1998 y como miniserie en 2002 de la mano de Sci-Fi Channel. Es posible que el fracaso (justificadísimo) de la serie de “Terramar” abortara la idea (y que se concibiera a raíz del éxito de la de “Las nieblas de Avalon”).

      Sea como sea, en cuanto a adaptaciones soy bastante cauto.

      Salvo casos contadísimos, la adaptación hace muy poco por beneficiar o incluso hacer justicia al original. Más bien preferiría que se abordaran proyectos fantásticos concebidos directamente para la gran pantalla, que permitieran explorar nuevas posibilidades sin las restricciones que impone seguir una historia concebida originalmente para otro medio.

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